The animals – The House of the Rising Sun

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Vince se repantingó en el asiento y la vio bailar para él, igual que bailó, supuso, aquella noche para Beresford. Movía el cuerpo esbelto sin esfuerzo, siguiendo el ritmo de la música. Y todo tipo de inhibición o de distinción de clase salió por la ventana en cuanto ella se subió a la mesa. Los ritmos sucios del rhythm & blues contribuían sin duda a la igualdad de clases. No bailaba como una chica blanca y estirada que no sabía llevar el ritmo, sino como una de las Ronettes atrapada en la cascada del sonido cuando pusieron Be My Baby.

Sacó lo mejor de su repertorio cuando Vince pinchó The House of the Rising Sun, de Eric Burdon and the Animals.

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MILLER, Danny. Suerte Maldita. Madrid : Siruela, 2016

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Imperio Argentina – Los Piconeros

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Le bastó un minuto más para darme las gracias, decirme que le había salvado la vida, que se llamaba Candi y que era muy amiga de Yoli, que, cualquier cosa que necesitara, no tenía más que pedirla. Se quedó esperando a que le dijera mi nombre y, como permanecí en silencio, no se cortó en preguntarlo.

—Adrián.

Pensé que iba a ofrecerme la mano para estrechársela, pero me plantó un beso en la mejilla. Olía a tabaco, maquillaje, sudor y pecado. Después de darme las gracias un par de veces más, repitió que si necesitaba algo, que se lo dijera, que para eso están los vecinos.

Ahora, mientras escribo esto, la escucho canturrear Los piconeros. No sé si está limpiando la casa o preparando la cena, pero la oigo ahí, al otro lado de la pared, cantando eso de Ya viene el día, ya viene, mare, y la imagino con sus mallas negras, sus sandalias y su top de algodón, imaginando a su vez que yo la escucho y la imagino.

Dijo que si necesitaba algo que se lo dijera. Yo sé lo que necesito ahora mismo. Pero eso traería problemas. Está claro. No solo por el tío pálido que suele ir con ella (y que puede que hasta viva ahí), sino porque ese tipo de mujeres siempre los traen.

No obstante, sigue cantando, por tu culpa culpita yo tengo negro negrito mi corazón y yo la escucho y la imagino y vuelvo a oler ese aroma a pecado.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf 2013

Tigres del Norte – Camelia, la Texana

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Algunos ya hacían fila y permanecían de pie o sentados en el suelo, mientras otros habían dejado sus mochilas y motetes, y aun bloques de construcción, en señal del sitio que les correspondía. Debajo de un frondoso mango de hojas lustrosas sembrado en la vereda, unos habían arrimado piedras para encender un fogón y calentaban café en una lata de leche condensada, y otros dormían sobre el cemento de la acera, abrigados con hojas de papel periódico o plásticos negros, de los mismos de embalar basura.

En un radio de baterías que sonaba quedamente, el locutor nocturno de La Picosa animaba a solicitar complacencias, y una radioescucha del barrio Campo Bruce pidió Camelia, la Texana, que empezó a escucharse de inmediato. Con el olor del café se esparcía el tufo de orines y ropa enmohecida, y desde la calle llegaba en oleadas la pestilencia de los promontorios de desperdicios.

Era una clientela de veteranos, al punto de matricular sus puestos en la fila con tanta confianza. Si Marcela había traspuesto aquel portón, alguno de ellos debió haberla visto, y ya el dato en mano, sólo era asunto de entrevistarse con esa reverenda Úrsula que decía Justin. De confirmarle ella que la muchacha se hallaba refugiada allí, asunto terminado. Le pasaría el dato a Mónica, y todos contentos.

—A lo mejor la desaparecida quiere purgar sus remordimientos de clase lavando los platos en la cocina de este refugio —dijo Lord Dixon.

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RAMÍREZ, Sergio. Ya nadie llora por mí. Madrid : Alfaguara, 2017

The Kinks – You Really Got Me

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Él fue hasta el equipo de alta fidelidad, junto al que todavía estaban desperdigados por el suelo los discos sencillos. Los había de música clásica, buenos instrumentistas de jazz, y algo de motown y de soul sureño. Algunos de aquellos pecados veniales sonaron en la noche de autos. Como si leyera en la mente de Vince, Isabel dijo:

—Johnny podía llegar a encasillarse en algunas cosas, pero no en la música. Escuchaba de todo.

La selección ya la habían hecho y Vince solo tenía que mirar al suelo: eran los discos sencillos que estaban fuera de sus fundas, todos los cortes que habían sonado en aquella noche fatídica, como You Really Got Me, de los Kinks.

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MILLER, Danny. Suerte Maldita. Madrid : Siruela, 2016

Jimi Hendrix – Hey Joe

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 —¿Sabe que en el interior de la cabina hemos encontrado una bolsa de marihuana? —había añadido el jefe superior Corsi.

Rocco había sonreído y abierto los brazos de nuevo.

—¡Qué quiere, jefe! Esa gente no tiene escrúpulos.

—Desde luego. ¡Conducir semejante mastodonte fumados como Jimi Hendrix! Menudos locos.

—¿Usted conoce a Jimi Hendrix?

El jefe lo miró.

—Querido Schiavone —le dijo por fin—, cuando usted todavía no iba al instituto, el aquí presente bailaba al ritmo de Hey Joe, Little Wing y Killing Floor delante de la Facultad de Arquitectura.

—¡No puedo creerlo! ¿Usted participó en el sesenta y ocho?

—Tenía diecinueve años y estaba enamorado.

—¿Y se enfrentaba con la policía?

—No. Salía corriendo. Pero creo que ahora los dos tenemos cosas más importantes que hacer, ¿verdad?

El resto del domingo, Rocco lo pasó durmiendo. Y se perdió el Roma-Udinese. Pero no fue una gran pérdida. Los rojoamarillos recibieron una soberana paliza.

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MANZINI, Antonio. Pista negra. Barcelona : Salamandra, 2015

Juan D’Arienzo – Derecho viejo

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Un año después comenzaban los atentados, las bombas, los asaltos a las comisarías. Y el traslado a Contrainsurgencia. Y junto con el pase llegó ese viaje a Centroamérica, que ya ni quería recordar.

—Comisario. —El policía entró con las tazas vacías de café.

—Sí.

—Disculpe que me meta, pero los muchachos, afuera, están congelados.

Valtierra le dio la espalda, fue hasta una mesita y prendió la radio. Sintonizó Una voz en el Camino y escuchó la orquesta de Fresedo interpretando Derecho viejo.

—¡Arolas! —dijo en voz alta.

—¿Cómo?

Giró la cabeza.

—Nada, nada. Decile que entren

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BUFANO, Sergio. Una bala para el comisario Valtierra. RBA, 2012

Michel Petrucciani – Caravan

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—¡Los antecedentes penales de Jallateau! He tardado siglos en reventar el sistema de seguridad de la prefectura, pero lo he conseguido: Jallateau, sin antecedentes.

Capestan, que al principio no daba crédito, intentó reponerse. Durante varias horas había estado viendo cómo el teniente manejaba el ratón en todas direcciones y aporreaba el teclado al ritmo de un Petrucciani puesto de anfetas. Con la frente brillante de sudor, Dax solo había parado una vez para beberse tres pintas de agua del grifo hasta la última gota. Tanta energía y tanto empeño para finalmente dar con un documento que ya estaba incluido en el expediente original de la Criminal. Capestan sonrió amablemente para disimular lo consternada que estaba:

—Ha hecho un gran esfuerzo, teniente. Pero los antecedentes ya los teníamos. Rosière ha llamado para actualizarlos. Se lo comenté a usted hace un rato…

—Ah.

Dax se mordió la mejilla unos instantes:

—Pues es que, como oí algo de antecedentes, me puse a buscar.

Capestan asintió como si aquella conclusión estuviera plenamente justificada y se fue a la cocina. Necesitaba un buen café.

(…)

HÉNAFF, Sophie. La brigada de Anne Capestan. Alfaguara, 2016.