Percy Sledge – Take Time to Know Her

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Willis estaba al volante, llenando el marco de la ventanilla con su gran cuerpo y siguiendo con la cabeza el ritmo de la nueva canción de Percy Sledge, Take Time to Know Her, que llegaba, débil y distorsionada, desde el altavoz instalado bajo el salpicadero.

—Percy suena bien en ésta —dijo Willis, un hombre de anchos hombros y musculosos brazos que habría sido atractivo de no haber tenido los dientes salidos.

—Cualquier idiota suena bien cuando estás colocado —dijo Dennis Strange.

Dennis prefería los nuevos sonidos que estaban llegando, como Sly and the Family Stone, los Chambers Brothers y ese tipo de gente. Le molaba el aspecto de esos tipos, que parecían capaces de hacer lo que les diera la gana sin importarles un carajo lo que pensara la gente. ¿Percy Sledge? Para Dennis, era uno de esos negratas anticuados y domesticados, un prisionero de la casa de discos. Llevaba esmoquin y aún se ponía gomina, pero eso último no se lo habría mencionado a su amigo Kenneth porque éste también se la ponía.

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PELECANOS, George. Revolución en las calles. Zeta bolsillo, 2005

 

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Led Zeppelin – No Quarter

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Conduje hacia el norte pasando por Ballypatrick, Ballycastle y Ballintoy.

Aparqué en la Calzada del Gigante y cuando la lluvia amainó saqué mi walkman, me subí la cremallera de mi chaqueta de cuero, que llevaba encima de una sudadera con capucha, y caminé sobre las rocas hasta el punto máximo en que se internaban en el Atlántico Norte.

Era bastante más tarde de la medianoche. No había gente, ni pájaros, ni nada.

Alcancé a divisar algunas luces de las aldeas de la península de Kintyre, en Escocia. Nada más. Me senté sobre una de las columnas hexagonales más próximas al agua y puse Houses of the Holy de Led Zeppelin en el reproductor. Avancé a gran velocidad la casete hasta que llegué a «No Quarter». Quemé un poco de resina de cannabis y la froté para añadirla a un cigarrillo liado.

Lo encendí y me eché la capucha hacia atrás. El cielo estaba formado por espejos. Estrellas de ojos empañados de cuyos verdaderos nombres e historias estábamos destinados a no saber nada. Inhalé el cannabis negro. Lo retuve. Lo solté. La luna sabía. Había visto mucho en su elipse de cuatro mil millones de años. Pasaría mucho tiempo hasta que perdonara nuestro sacrilegio de habernos presentado ante ella espontáneamente en 1969.

Cerré los ojos. El clima era cálido. Reinaba un aroma a sal y espuma. El mar rompía suavemente contra el cabo, en este sendero oculto entre los reinos. El camino que todavía existe para aquellos que pueden ver de verdad. Me tumbé sobre las rocas planas.

—¿Qué voy a hacer ahora? —le dije al mar en voz alta—. ¿Qué voy a hacer ahora que he enderezado el mundo?

El mar, como siempre, se guardó su consejo. Yaceré aquí y me ofreceré a Lyr, el dios del agua rota. La casete terminó. El agua lamió las piedras y aquella débil nota era lo único que había en el gran pentagrama de la noche, en medio de todo aquel épico silencio.

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McKINTY, Adrian. Por la mañana me habré ido. Alianza, 2016

Tracy Chapman – Fast Car

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 Lene Galtung estaba en el salón mirando por los cristales dobles, contemplando la doble imagen que se reflejaba en ellos. En el iPod sonaba Tracy Chapman. «Fast Car.» Era capaz de escucharla una y otra vez, no se cansaba nunca. Trataba de una chica pobre que quería huir de todo, sentarse en el bólido de su novio y dejar atrás la vida que tenía, el trabajo de cajera en el supermercado, la responsabilidad de su padre alcohólico, quemar todos los puentes. Nada más lejos de lo que era la vida de Lene y, aun así, aquella canción trataba de ella. La Lene que podía haber sido. Que en realidad era. Una de las dos a las que veía en la doble imagen de los cristales. La normal, sosa.

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NESBO, Jo. El leopardo. Random House, 2014

Daiquirí

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2 oz de ron blanco

El jugo de dos limones

1 cucharadita de azúcar

10 gotas de licor de maraschino

Mezcle el ron, el azúcar y el jugo del limón con hielo en un mezclador. Si lo desea frapé, mezcle en licuadora. Sírvalo en vaso corto, adornando con una rebanada de naranja. Haga una línea de conga y baile al ritmo de Desi Arnaz su éxito Babalú.

El daiquirí es toda una familia de cocteles. Sus ingredientes primarios fueron el ron y el jugo de limón. Hay tantas versiones como sabores de frutas, pero el de fama internacional fue el que nació en uno de los bares más famosos del mundo: La Floridita en La Habana. Daiquirí es el nombre de una playa cercana a Santiago, ahí existe una mina de acero. Se dice que un ingeniero estadunidense, Jennings Cox, lo inventó con el sencillo nombre de daiquirí natural. Tomada después por Constantino Ribalaigua Vert, barman y dueño del Floridita, llegó a ser conocido el lugar como el palacio del Daiquirí. Ernest Hemingway, al probar su versión, lo apodó El grande constante. Sus inicios imperialistas tuvieron eco en los sesenta. El daiquirí era la bebida preferida por John F. Kennedy para acompañar sus comidas.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

Associates – Even Dogs in the Wild

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—Todavía crees que puedes con él, ¿verdad? —dijo Rebus.

Cafferty se detuvo sin darse la vuelta y levantó el dedo índice. Rebus sabía qué significaba aquel gesto.

«Todavía puedo librar una batalla…».

No lo dudó ni por un segundo.

Rebus se montó en el Saab y acarició a Brillo antes de arrancar. Vio cómo desaparecía la figura de Cafferty y luego cogió un CD del asiento del acompañante y lo puso en el reproductor. Había llegado por correo a primera hora de la mañana. El disco se titulaba The Affectionate Punch. Fue directo a la canción número siete y escuchó a Billy Mackenzie cantar sobre un niño, un niño asustado, ignorado, abandonado. Padres e hijos, pensó: Malcolm y Mitch Fox, Dennis y Joe Stark, Jordan Foyle y Bryan Holroyd. El teléfono lo avisó de que había recibido un mensaje. Era de Samantha. Había enviado la foto que le pidió, en la que aparecían él y Carrie. La contempló unos instantes y se la mostró a un perplejo Brillo. Luego subió el volumen de la radio, salió de la plaza de aparcamiento dando marcha atrás y volvió a la ciudad.

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RANKIN, Ian. Perros salvajes. RBA, 2016

Bobby Goldsboro – Honey

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Eso era preocupante. De las deudas sabía cómo salir: apretándose el cinturón, acudiendo menos a restaurantes, trasladándose más en trole y funicular que en taxi, negándose a darle aumento salarial al bueno de Suzuki. Las cuentas eran como las latas de refresco: se las podía ir pateando calle abajo por los adoquines, pero una carta del propietario del edificio, en cambio, era un bloque de hormigón. Siempre implicaba algo ineludible y definitivo. Expulsó el último aire tóxico de Santiago que le quedaba en los pulmones, se alzó el cuello de la chaqueta y sintonizó compungido la radio Oasis. Bobby Goldsboro cantaba «Honey».

—¿Y qué dice la carta? —masculló.

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AMPUERO, Roberto. Bahía de los misterios. Plaza y Janés, 2014

Iron Maiden – The Trooper

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Por el barrio de Carabanchel circula la leyenda del taxista roquero: se dice (se quiere creer) que existe un taxi en el que suenan a todo volumen las canciones de los Maiden, Megadeth, W.A.S.P., Motorhead y Anthrax: la tapicería es negra y del techo cuelgan murciélagos, esqueletos y Eddies: el taxista es un melenudo (pendientes, cicatrices, tatuajes, patillas) que conduce con chupa de cuero: el volante tiene forma de serpiente, la bola de la caja de cambios es una calavera y el claxon suena como los primeros acordes de «The Trooper».

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LLORENTE, David. Te quiero porque me das de comer. Alrevés, 2014.