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Calamares a la romana

Ya contaba, hace ya unos meses, que la primera novela de la serie Gordiano el Sabueso, Sangre romana, me había encantado; así que era de obligado cumplimiento el volver a personarme en la Biblioteca de Ibaiondo para pedir el segundo libro de la serie por préstamo interbibliotecario.

Y una vez que me llamaron para recoger la novela lo primero que compruebo es que en esta ocasión me voy a encontrar a Gordiano unos años más viejo pero instalado en su misma casa de la Subura. Ha mejorado un tanto su situación económica y la novedad que más choca al lector es la presencia como coprotagonista de su hijo Eco, al que conocimos en su anterior aventura y que ya es lo suficientemente adulto como para acompañarle en sus andanzas. Bueno,por lo menos en ésta.

Así, el argumento de esta nueva novela le va a llevar a Gordiano a aventurarse hasta la Crátera, la zona residencial para las personas más ricas de la península itálica, justo a los pies del Vesubio, y donde ha ocurrido una tragedia que si Gordiano no lo remedia puede acabar con la vida de noventa y nueve esclavos.

Y sobre eso básicamente versa esta novela, que conozcamos que para los ciudadanos romanos de la época los esclavos eran poco más importantes que un armario o un par de sandalias. Es también interesante que al mismo tiempo el levantamiento de Espartaco esté en su máximo apogeo, y qué reflexiones al respecto defienden las personas que acogen al Sabueso.

Y en este ambiente tan revuelto vamos conociendo también cómo vivían los romanos de aquella época la muerte y sus rituales, y se nos habla sobre el poder, las apariencias, lo poco que vale la vida de los que nacen o acaban como esclavos…. si bien Gordiano parece al margen de estos estereotipos y se mueve según otros parámetros.

Como en la anterior novela, tendremos ocasión de comprobar el gran trabajo de documentación que realiza Saylor y lo mucho y bien que conoce la sociedad y la época sobre la que escribe. Todo lo cual, revierte en una lectura atractiva, ligera y muy entretenida.

Y en los tiempos que corren, conseguir eso con una de romanos, no está pero que nada mal.

Steven Saylor

El brazo de la justicia

Traducción de María Eugenia Ciocchini

Círculo de lectores, 1998

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Un cuento chino

Aparte del fenómeno nórdico, que desde hace ya una larga temporada ha ido pasando por nuestras librerías y bibliotecas como si de una tormenta de hielo se tratara, en los últimos años también se observa un mayor interés por los autores chinos, así como por cómo se tratan los problemas de esta gran comunidad tanto en la propia China como en la diáspora.

Hemos podido leer los esfuerzos por recensionar todo esto por parte de Alice Silver, y hemos tenido incluso la ocasión de poder leer cómo se acercaba Mankell a esta comunidad en su obra el Chino, de la que ya hablamos hace tiempo por aquí.

Y ahora me encuentro con que Padura nos presenta una historia de su detective Mario Conde en la que contándonos una antigua investigación ha de entrar en contacto con la exigua y anciana comunidad que aún puebla el barrio chino de La Habana. Bueno, en realidad es una versión corregida de la original, publicada en 1988.

Y como todo lo que toca Padura, y más cuando en vez de escribir un novelón se contenta con contarnos la historia en formato breve, la verdad es que vuelve a armar un libro maravilloso.

Lo borda al presentarnos a su protagonista tan voluble como siempre, con sus dudas, con los sofocones producidos por ese estar siempre preparado para el sexo e incluso sus prejuicios hacia la comunidad china. Y lo sigue bordando cuando nos volvemos a encontrar La Habana, la suya, justo sostenida por cuatro puntales mal puestos y que pareciera que se fuesen a venir abajo en cualquier momento.

Y nos reímos con él, por cómo él se ríe de sí mismo y de las cosas que le pasan. Y nos cautiva la poesía, la sensibilidad y el sentimiento que destila toda la novela. Da igual lo que nos cuente. Da igual que pasemos de la risa al llanto. Da igual. Todo lo que hacen Padura y el Conde se hace con cuidado. Desde el trago de orujo que se lleva un par de cuerdas vocales a su paso, a las conversaciones con Carlitos, su amigo inválido. Desde cómo aprieta a un chivato que el Conde sabe que es un pobre diablo, a las conversaciones con los ancianos chinos, siempre delante de suculentos platos de comida.

Hace ya unos años leí una novela de Padura, con este mismo personaje, que me dejó KO total; era “Adios Hemingway”. Hoy, un poco más pellejos los tres, Padura, el Conde y yo, he creído sentir un mareo similar al sumergirme en las páginas de esta gran y entrañable novelita.

Novelita,  novelón, cuento chino…. todo eso y mucho más.

La cola de la serpiente

Leonardo Padura

Tusquets, 2011

(Andanzas ; 690/7)

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Venecia Baturra

Hay libros que nos marcan, por las razones que sean, y de los que siempre te vas a acordar. Cuestión de galones ha sido uno de esos libros de los que seguramente no me voy a olvidar.

Fíjate: ni se me había pasado por la imaginación agenciarme un dispositivo para leer libros electrónicos… y de repente veo que el Bosque edita una novela nueva sólo para leerse en digital. Oooooño, me dije. Si el Kamarada Ricardo se ha tirado al monte con lo de los ebooks hay que pensarse la historia. Y es que quizá no lo he dicho, pero tengo debilidad por el editor de La Balacera, Calibre 38 y este hombre es de los que, en materia negrocriminal, se apunta a los bombardeos buenos.

Y dicho y hecho. Entre que voy viendo que Ulises Sopena va adquiriendo vida propia, ahora con un libro ya editado y esto, lo otro y lo de más allá, de repente me encuentro con que tengo que aprender cómo funciona el Kindl que me han mandado a casa.

Y el primer libro que me cargo y leo es Cuestión de galones, una novela bastante marciana porque nos plantea la acción en una Zaragoza futurista en la que las principales calles y avenidas están inundadas, consecuencia de la expo del agua aquella de la quizá todavía te acuerdes. ¿Difícil imaginarse a los descendientes de “Orgullo baturro” cantando encima de una almadía? Quita, quita, si Ricardo nos dice que hay que ir imaginándose a esta población ebráica yéndose a casar en góndola, y al de la cocacola descargando de una gran piragua, no seremos nosotros los que pongamos cortapisas a la imaginación.

Piensa además, que en esta Zaragoza que cala hasta los huesos, la policía se mueve en motos acuáticas y la gente en vaporettos de lo más apañados. Y por último, y ya nos va costando entrar en materia, donde antes “reinaba” el Zaragoza Club de Fútbol, la ciudad ahora rinde pleitesía a los reyes del waterpolo, el Zarawater y las reinas de la natación sincronizada. A mi, por cierto, tampoco me parece mal cambio.

Y en medio de esta húmeda Zaragoza se mueve Ulises Sopena, un policía más o menos solitario, nostálgico de la música de final de siglo XX, bastante saladillo y salidillo y que trasmite cantidad de simpatía y buen rollo. Ulises y su gente. Su mascota, sus compañeros, sus jefes, los contactos… todo es más o menos parecido a lo que podría ocurrir hoy en día en una menos acuosa ciudad del valle del Ebro, solo que parece que al doblar cualquier inundada esquina te vayas a encontrar con precursores kevincostnerianos enfilando las principales avenidas con sus catamaranes derrapando en plan waterworld.

Me parece de ley destacar esta nueva forma de edición, y no me refiero simplemente a la aventura que supone editar solo en formatos digitales, sino todo el trabajo que en redes sociales lleva a cabo el autor presentándonos al personaje meses antes de que vea oficialmente la luz, desgranándonos poco a poco su biografía, la música que le gusta…. generando expectativas y ganas de leer la novela. Hasta el punto de que la elección de la portada, si Ricardo no me corrige, se hizo por votación entre gente de la comunidad “Ulises” entre unos cuantos diseños previamente elegidos.

Una nueva forma de editar, una nueva forma de promoción, una nueva forma de vivir la literatura… pero que en el fondo, lo que hay y lo que funciona es lo de siempre; porque el amigo Ricardo sigue siendo fiel a un estilo donde impera la originalidad y donde es obligatorio el sentido del humor, dos aspectos marca de la casa, difíciles de encontrar y que a mi me encantan.

Ah, y que sepas que el muchacho se sigue superando en cada entrega. Me gustaron las dos aventuras de Tana Marqués: Manda flores a mi entierro y Suicidio a crédito, pero esta peripecia de Ulises me ha gustado más.

Y eso, que os dejo a ver si pongo a punto la moto de agua, que he quedado con la cuchipandi para echar unas cañas.

Ricardo Bosque

Cuestión de Galones.

Literaturas Com Libros, 2011

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Vikingos muy delincuentes

Con este comentario se finiquita la lectura de la Trilogía de Estocolmo, la enciclopédica obra de Jens Lapidus en la que se nos ha ido describiendo la cara B, la cara criminal, de uno de los países más civilizados de mundo. Una historia contada, además, con un estilo bastante lejano a la forma de narrar de los negrocriminales nórdicos. Estilo directo, rápido y sin concesiones. Se acabaron los devaneos de Martin Beck o las comidas de tarro de Wallander. Aquí lo que cotiza en bolsa es que haya acción. Los monólogos reflexivos y las largas diatribas sobre “hacia dónde se encamina nuestra sociedad” y “qué va a ser del estado del bienestar que tanto nos ha costado construir”, pasan a un segundo plano.

Me quedo con la sensación de haber leído una obra que se ha ido desinflando según han ido llegando nuevas entregas y en la que el gran descubrimiento para mi ha sido JW, un personaje muy original y muy bien logrado. Todo un arquetipo el de este joven que quería ser y vivir como un pijo; y que para ser uno de ellos, va a hacer lo que haga falta, desde conducir un taxi por los barrios por los que sus amigos nunca irían, pasar a ser el traficante de la jetset local o aprendiz de blanqueador de toda corona negra que pase ante sus despiertos ojos una vez que se da cuenta que es ahí, entre banqueros y testaferros donde está realmente el negocio. Un chaval que ve que la única forma de llegar a ser un vikingo distinguido es sabiéndose mover tanto con la gente de esa cara B de Estocolmo de la que hablaba un poco más arriba como con la aristocracia sueca.

En esta tercera entrega vuelven a aparecer casi todos los personajes que iniciaban la acción en “Dinero fácil” y algunos que también aparecían en “Nunca la jodas“: el ya mencionado JW que ha aprendido durante la acción del segundo libro lo poco que aun no sabía sobre blanqueo de dinero y delitos económicos; Jorge, acompañado de Mahmud, que ha decidido salir de la miseria dando un golpe en condiciones; el capo mafioso Radovan Kranjic, aunque el protagonismo se lo cede a su joven hija, Natalie… y luego algún personaje nuevo, como Hägerström, un policía infiltrado que es de lo más interesante de esta entrega.

Y me da la sensación de que en el momento en que Lapidus tiene que rematar la jugada, una historia que se ha ido fraguando poco a poco a lo largo de dos gruesos libros, pierde la oportunidad de hacer una gran novela negra. Que aunque la novela esté bien, con algunos personajes más que prometedores como los mencionados Natalie y Hägerström, hay otros que quedan muy desdibujados o pierden protagonismo. Es el inexplicable caso de Mahmmud, con sus eternas dudas entre el vivir como un sueco de verdad y la presión de la tradición musulmana. Otros, como en el caso de JW y Jorge, pierden gran parte de la fuerza que tenían cuando aparecieron en la primera novela. Están bien pero les falta un punto de genialidad.

Así que me he quedado un tanto decepcionado… y eso que el final está bastante bien resuelto, con sus sorpresas, equívocos… Un final bastante abierto que si no da pie a que a la trilogía le nazca por sorpresa un hermanito pequeño, quizá sí a que Lapidus pueda tirar de algún personaje de los que llegan vivos al final de la novela para escribir alguna novela más.

Ah!, y me ha gustado también cómo al final queda plasmando de forma bastante clara que la primera pregunta que debemos hacernos es cuál es la cara A y B del disco, y que cuando se habla de criminalidad, si nos ponemos a pintar en el suelo una raya y gritamos “que se pongan a este lado los criminales”, nos encontraremos en ese bando a personas que no esperaríamos.

Bueno, o quizá sí.

Una vida de lujo

Jens Lapidus

Traducción de Martin Simonson

Suma de letras, 2011

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Atila, episodio huno

Mala Hostia es la segunda novela que el @Clubnoir_ se propuso como lectura para ir intercambiando pareceres durante el mes de febrero de 2012. Si no sabes bien qué ese eso del @Clubnoir_ unicamente es un pequeño esfuerzo por juntar a un puñado de personas apasionadas por el género negro que nos movemos en Twitter y en el que se propone una lectura al mes para ir comentando la jugada. Todo muy poco estructurado y en plan un poco salvaje; como el propio espíritu de Twitter, vamos.

Tras una primera lectura en la que se le hincó el diente a Cosecha Roja, y viendo que la idea de empezar por los clásicos tampoco había sido una buena decisión, cambiamos totalmente el rumbo y nos decantamos por Gutiérrez Maluenda, un autor que nos gusta mucho a la gente que solemos mover los hilos del @clubnoir_, que es bastante desconocido para lo buen escritor que es y que tiene algo que yo suelo buscar en los libros que leo como si de pepitas de oro se tratara, y es el ser capaz de darle a sus historias unos buenos brochazos de sentido del humor. Es mucho más habitual que te encuentres con novelas negras que se pasen de frenada en lo que a truculencia se refiere y que para pasar página tengas que apartar un par de cadáveres que encontrarte una obra que se pase (o que simplemente lo intente) a la hora de utilizar el sentido del humor.

Es verdad que de Atila esperaba más. Está muy bien la novela y está muy bien el personaje, pero en todo momento lo iba comparando con Humphrey, otro personaje de Gutiérrez Maluenda que se mueve por las mismas calles que Atila y que a mi me gusta mucho más. Quizá porque Atila es más hijoputa, más seco, un tipo que no duda a la hora de tirar de gatillo… pero no sé, me gusta más Humphrey, quizá un personaje mucho más literario y menos real, pero, qué hostias, esto es literatura, y a cada cual le gusta lo que le gusta. Por cierto, puedes leer una reseñita que escribí sobre la primera novela de este personaje, Los muertos no tienen amigos.

Me ha recordado un poco la lectura de Mala hostia a las novelas de Ken Bruen con Taylor como protagonista. Son novelas, igual que ésta de Gutiérrez Maluenda muy contundentes, con una banda sonora bestial (si te gustan los tangos te lo vas a pasar de miedo leyendo a Atila. Gardel va haciendo un bonito repaso a algunos tangos legendarios a lo largo de esta novela)… pero es un personaje que vive tanto tiempo en el filo de la navaja que en alguna ocasión acaba cortándose. Eso me ha pasado a mi con Atila.

Que lo que aquí te digo no sea obstáculo para que en cuanto puedas te agencies esta novela y empieces a leerla. Vas a darte una vuelta por la parte menos turística de El Raval y te vas a ver enseguida atrapado por una historia de puticlubs y de mujeres muy blancas que llegaron a nuestras tierras buscando una vida mejor y que no salen bien paradas.

La historia de Atilano, aprendiz de Huno y politoxicómano del drinkin, que como los detectives clásicos es de los que no suelta la presa una vez que ha empezado a morder, pero que en su ir derribando obstáculos que le lleven a la resolución del misterio arrastra toda un mochilón de recuerdos, nostalgias y descreimientos que le hacen ver la vida con un escepticismo que raya lo brutal.

Y de banda sonora, Gardel.

Atila

Luis Gutiérrez Maluenda

Al revés, 2011

Y que no se me olvide recomendarte una visita a otro puntillo de vista, el de Aramys Romero, el auténtico motor del @Clubnoir_

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Guayabera, bermudas y chancletas para Marlowe

Ocurre pocas veces, pero ocurre. Que acabas una novela con pena y diciendo: vaya novelón. Algo de eso me ha pasado a mi al llegar al universo negro de Alexis Ravelo, un novelista del que tenía muy buenas referencias desde hace tiempo y que incluso mi amiga Yolandita me había recomendado con entusiamo al encontrarse con una de sus novelas en un viaje a las Islas afortunadas.

Y sin embargo, no ha sido hasta que me hice seguidor de Alexis en Twitter, @AlexisRavelo1, cuando me pareció que tenía que intentar aprobar esa asignatura pendiente. Y vaya si la he aprobado, porque Tres funerales para Eladio Monroy es, como ya dije en su momento a la comunidad tuitera, un novelón.

Un novelón donde destacaría un par de cosas. Por un lado, que Ravelo ha creado un personaje absolutamente rotundo. Ya nos cuenta un poquillo al final de la novela el trabajo de marquetería que ha tenido que hacer para crear el personaje tan entrañable, duro, cercano, y honrado a carta cabal que es Eladio Monroy. Un tipo con la rectitud moral de los detectives clásicos (en principio su código ético no desmerece del de Marlow o Lew Archer), pero colocado a pocos kilómetros de Africa y de profesión, jefe de máquinas.

Un jefe de máquinas íntegro, al que no le gusta lo artificial, que ama su tierra y ama su gente, que le gusta ir con la verdad por delante, que tiene dos puños como dos mazas y del que hay que alejarse en cuanto hace ademán de coger su bolígrafo. Ah, y jefe de máquinas con biblioteca para echar de comer aparte.

Este es el principal personaje y el principal activo de esta novela. Pero no me quiero olvidar de cómo trata Alexis Ravelo a su ciudad, Las Palmas, como un personaje más. Una ciudad amada por Eladio Monroy porque para Eladio las ciudades son las personas, y virguerías arquitectónicas al margen, ahí encuentra gente a la que poder amar, gente con la que poder hablar, gente con la que poder estar.

Una novela adictiva y absolutamente recomendable, de uno de esos autores a los que les cuesta salir en las antologías, que debe pagar el peaje de moverse lejos de los ejes sobre los que pivota el negocio literario…. pero un escritor de los que me gustan.

Me ha quedado un pero, y es que para mi cómo resuelve Eladio la situación, como se resuelve la historia (no te digo más, te vas a tener que leer la novela), me ha dejado un poco mosca. Claro, que esto prefiero discutirlo, si ha lugar, con el autor, delante de un Areucas o una cervecita bien fría, ya sea en territorio insular o donde coincidamos (Semana Negra de dondesehaga, Barcelona negra…), eso sí, en territorio negro.

Bien negro.

Alexis Ravelo

Tres funerales para Eladio Monroy

Anroart ediciones, 2006

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Entre naranjeros rojinegros

Sigue siendo un misterio qué mecanismos me llevan, de repente, a dar el paso definitivo para leer un libro haciéndolo escalar de la base de la pila de lecturas pendientes a lo alto de la montaña. Y además, pasando de lecturas programadas, de lecturas compartidas o de la inexorable fecha de devolución de las bibliotecas. Lo cierto es que tenía los dos libros de José Luis Ibáñez de la serie Toni Ferrer con una gran diana desde hace mucho tiempo porque son de esas obras que a priori sabes que te van a gustar. Una novela que mezcla historia y género negro es una novela a la que me apunto de cabeza, y más, si la trama se sitúa en plena Guerra Civil en una Barcelona tremendamente convulsionada por la propia tensión de la guerra y la rivalidad entre las distintas facciones que peleaban al lado de la República, en este caso con protagonismo especial para la CNT. Para frotarse las manos, vamos.

Porque casi todas las obras que he leído que se desarrollan en este período histórico se colocaban al otro lado de la barricada. La serie de Arturo Andrade de Ignacio del Valle es un buen ejemplo de buena literatura, con mención especial a la novela ahora llevada al cine “El tiempo de los emperadores extraños”. Tampoco me quiero olvidar de Rebecca Pawell y su “Muerte de un nacional”, una novela que no me gustó casi nada y que nos narraba las peripecias de un guardia civil falangista en una Madrid recién conquistada por los nacionales y donde los únicos que sonreían eran los quintacolumnistas. Una novela que me pareció muy bien documentada pero a la que le habían arrebatado el alma, ya que no me dijo gran cosa.

Quedan por ahí otras obras a las que cada mes que pasa se les va agrandando la diana, como los “Cuatro días de enero” de Serra i Fabra… y bueno, si conoces otras novelas ambientadas en la época y que merezcan la pena, ya sabes, se aceptan recomendaciones por los canales habituales.

Y creo que me he encontrado ante una muy buena novela, con una descripción de la Barcelona de las barricadas que me ha parecido muy lograda y que creo que acerca de una manera muy  certera qué pueden sentir las personas a las que les toca protagonizar una guerra, empezando por el miedo, el horror, el caos… aunque también haya lugar el valor, la justicia o el amor.

Otro de los aciertos de José Luis Ibáñez es colocar toda la trama en el lado de los más puros. Aquí no te vas a encontrar una historia de rencillas y rivalidades entre los diferentes partidos que luchaban del lado de la República. Esta es una historia de anarquistas, bueno, la historia de un outsider al que los propios anarquistas le piden que investigue, ya que están pasando cosas raras entre la gente de sus filas, y ya han muerto tres milicianos en extrañas circunstancias.

Eso es lo grande, y eso es lo triste de esta novela. El volver a comprobar que no hay guerra buena, ni conflicto que no saque lo peor de las personas a las que les toca, normalmente de forma involuntaria, ser protagonistas. Una Barcelona entre la prerrevolución y la hecatombe en la que también llevan el pañuelo rojinegro los prestamistas y cambistas, los especuladores y los estraperlistas y donde se pasea no solo por motivos políticos sino también por llenar la bolsa. Aquí también, debajo de los monos cenetistas se esconden personas capaces de lo mejor y de lo peor. Y de eso no se salvan ni los hijos de Lenin, los lectores de Bakunin, ni los adoradores de Nin. Una historia que ya me la sabía pero que da un poco de pena que me la cuenten.

Y eso es lo que consigue el autor. Y no me parece para nada poco. Un protagonista muy sólido y muy bien construido, con una historia muy interesante paralela a la investigación, un ambiente y una ciudad muy bien documentados, y un puñado de personajes que se van sumando a la fiesta y van mejorando lo que vamos leyendo (Fantômas, La Suiza, los anarquistas García Oliver, Aurelio o Albert el falsificador, sin olvidar al chupasangre Ripoll).

Nadie debería matar en otoño, no, al menos en ese otoño en el que una Barcelona  llena de naranjeros rojinegros se iba desangrando lentamente entre gritos de “Salud” y “Libertad”.

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