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Cien años de soledad

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El domingo una borrasca atlántica aparcó sobre Irlanda y estuvo lloviendo tan fuerte que podría haber sido el 12 de julio o cualquiera de esos otros días de fiesta en que Dios vierte su ira líquida sobre los unionistas que desfilan por las calles con sus sombreros de hongo y sus bandas. No salí de casa en todo el día. Estaba tan aburrido que casi me fui al Salón del Evangelio de Victoria Road donde se suponía que hablaban lenguas, danzaban con serpientes y después te invitaban a un trozo de pastel Dundee gratis. En vez de eso, me puse a oír música y a leer Cien años de soledad, que me habían mandado del club del libro. Era una buena novela, pero, como dijo aquel, tal vez setenta y cinco años de soledad hubieran sido suficientes.

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McKINTY, Adrian. Oigo sirenas en la calle. Alianza, 2013

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Diez Negritos

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—¿Acaso me has visto leer alguna vez una novela policiaca? Es un género que odio.

—¡Pero sí que leíste…!

—¡Diez negritos! Me iba de viaje a Wyoming y mi padre pensó que era la mejor manera de prepararme para la mentalidad americana. La geografía nunca fue su fuerte.

—Al final —dijo Camille—, se parece algo a mí, que leo poco.

—Yo prefiero el cine… —dijo ella con una sonrisa felina.

—Lo sé —respondió él con una sonrisa filosófica.

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LEMAITRE, Pierre. Irène. Barcelona : Alfaguara, 2015

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Juan Carlos Onetti – Dejemos hablar al viento

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El hombrecillo rubio y el ex marinero de la letra K tatuada en el antebrazo salieron de la habitación al paso lento que los dolores de éste último marcaban. El juego de vasos había quedado encima del ejemplar de Monroy de Dejemos hablar al viento, cuyo lomo presentaba la mancha de dos o tres salpicaduras, casi imperceptibles, de sangre.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008

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Johnny Winter – Prodigal Son

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Quinn había puesto el Johnny Winter And en la platina, y el clásico del blues metal sonaba a poco volumen por toda la tienda. Syreeta, la propietaria del negocio que rara vez lo visitaba, había conminado a sus empleados a poner los vinilos usados de sus existencias para anunciar la mercancía. El disco, con su descolorida cubierta en blanco y negro, acababa de entrar en el inventario como parte de una gran adquisición, una caja de álbumes de los setenta.

Para Quinn esas tardes tranquilas en la tienda eran un don preciado.

El cliente, un hombre delgado de cuarenta y pocos años, llevó una novela de bolsillo hasta la caja registradora y la dejó sobre el mostrador de cristal. Se trataba de El desconocido nº 89, de Elmore Leonard, una de las publicaciones de Avon para el mercado de masas con ilustración virguera de cubierta con un montaje de los elementos del libro; en este caso se veía un revolver calibre 38 de cañón corto, cartuchos desparramados y un vaso de chupito volcado.

—¿Se ha leído sus westerns? —preguntó Quinn—. Son los mejores, en mi opinión. —A mí me van las de detectives ambientadas en Detroit. Hay un montón de lectores diferentes de Leonard y todos tienen su opinión.—Señaló uno de los altavoces montados en la pared—. Hacía bastante que no oía esto.

—Acaba de llegar. El vinilo está en buenas condiciones, si le interesa.

—Ya lo tengo, pero hace mucho que no lo saco de la estantería. La segunda guitarra es de Rick Derringer.

—¿Quién?

—Ya, usted es demasiado joven. Él y Johnny se salieron en esta sesión. Es pura electricidad. Escuche “Prodigal Son”, la primera de la segunda cara.

—Lo haré. —Le dio el cambio y la factura—. Muchas gracias y cuídese ¿vale?

—Lo mismo digo.
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PELECANOS, George P. Ojo por ojo. Barcelona: Diagonal, 2003. p. 182

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Georges Simenon – Los Pitard

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Se levantó de un salto, entró y se plantó delante de la librería. Tenía que tratarse de un libro que había leído a la vez que Livia. Casi independientemente de su cerebro, su brazo derecho se levantó para coger un volumen de cubierta azul celeste: Los Pitard, de Georges Simenon, una obra maestra. Le había gustado mucho, tanto que la había leído otras dos veces por su cuenta. Lo abrió. Ahí estaba, el protagonista de la novela, el capitán Émile Lannec de Ruán, propietario de un viejo vapor, el Rayo del cielo.

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CAMILLERI, Andrea. La edad de la duda. Barcelona, Salamandra, 2012. p. 59

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