Las aventuras del Peregrino Pickle

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Neal se tumbó en la bañera que venía con la habitación de invitados. La había llenado con agua humeante para intentar aliviar el dolor de su cuerpo y de su alma. El primer sorbo de escocés extendió una calidez relajante por sus entrañas y al cabo de unos minutos fue capaz de sacar su ejemplar en rústica de Las aventuras del peregrino Pickle y perderse en el siglo XVIII. Que era, en cualquier caso, el objetivo de su vida.

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WINSLOW, Don. Un soplo de aire fresco. Mondadori, 2013.

 

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Odio

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-Tal vez sería mejor que nos lo contara desde el principio. Háblenos de lo que hizo el miércoles de marras.- La voz de Martin Beck.

B.S.: Mis vacaciones habían empezado el lunes, así que tenía el día libre. Por la mañana no hice nada en particular; estuve en casa. Lavé unas camisas y ropa interior, porque con este calor hay que cambiarse de ropa a menudo. Luego me comí un par de huevos fritos y tomé un poco de café para almorzar y, nada más terminar de fregar los platos salí a hacer la compra. Me fui a Tempo, en la plaza Värnhems. No es la tienda más cercana, quería matar un poco de tiempo. En Malmö no tengo muchos conocidos, sólo unos cuantos compañeros de trabajo, pero estábamos de vacaciones y todo el mundo se había ido con sus familias por allí. Cuando terminé la compra, volví a casa. Hacía un calor terrible, así que no me apetecía volver a salir y me tumbé en la cama a leer un libro que me había comprado en Tempo: El odio, de Ed McBain.* Luego, por la tarde, refrescó un poco, y a eso de las seis y media me fui en bici al campo de tiro.

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SJÖWALL, Maj y WAHLÖÖ, Per. Asesinato en el Savoy. RBA, 2010.

 

Burmese Days

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—¿Y tus ladies? —preguntó Ferrer—. ¿Se quedó alguna?

—No, la duquesa y su séquito regresaron a Londres antes de esta guilladura colectiva. Se han ido hasta las cocottes francesas.

—Te debes aburrir mucho sin mujeres —bromeó Regina.

—Me ha salvado una inglesa preciosa con la que no tengo esperanza alguna: está casada y enamorada, que es peor; Eileen, se llama. —Los ojos del casanova se iluminaron por primera vez— Su marido es un inglés larguirucho que vino para pelear con el POUM en Aragón. Ahora el hombre está aquí, en el teatro Poliorama disparando contra los guardias que se atrincheraron en el café Moka.

Eddy sacó un libro del bolsillo de su chaqueta. Burmese Days. Tenía la cubierta rota y las esquinas dobladas por muchas lecturas.

—Es escritor, aunque usa un seudónimo para firmar. —Le pasó el libro a Regina.

—George Orwell —leyó ella—. No he oído hablar de él.

—Yo tampoco, hasta que Eileen me regaló el libro; estoy convencido de que algún día será famoso. —Eddy volvió a guardarse el volumen—. Escribe bien y ha vivido mucho, ¿qué más se le puede pedir?

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IBÁÑEZ, José Luis. También mueren ángeles en primavera. Espasa Calpe, 2009

 

Misericordia

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El trullo, en realidad, te enseña pocas cosas: a mentir convincentemente, a mantener la boca cerrada, a cubrirte lo mejor posible cuando no tienes posibilidad de ganar una pelea y a hacer tu maleta en cinco minutos. Esta vez tardé diez. Metí lo indispensable en el bolso de viaje. Para el final dejé el transistor, el libro de Hirschberger, el libro que estoy leyendo en estos días (una novela de Samuel Beckett que me gustaría poder terminar) y el ejemplar de Misericordia que Candi había leído. Ese libro había estado en sus manos. Sería el único recuerdo suyo que me llevara, ahora que me había duchado y el chorro se había llevado al desagüe su sudor y su saliva.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf, 2013

Cien años de soledad

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El domingo una borrasca atlántica aparcó sobre Irlanda y estuvo lloviendo tan fuerte que podría haber sido el 12 de julio o cualquiera de esos otros días de fiesta en que Dios vierte su ira líquida sobre los unionistas que desfilan por las calles con sus sombreros de hongo y sus bandas. No salí de casa en todo el día. Estaba tan aburrido que casi me fui al Salón del Evangelio de Victoria Road donde se suponía que hablaban lenguas, danzaban con serpientes y después te invitaban a un trozo de pastel Dundee gratis. En vez de eso, me puse a oír música y a leer Cien años de soledad, que me habían mandado del club del libro. Era una buena novela, pero, como dijo aquel, tal vez setenta y cinco años de soledad hubieran sido suficientes.

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McKINTY, Adrian. Oigo sirenas en la calle. Alianza, 2013

Diez Negritos

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—¿Acaso me has visto leer alguna vez una novela policiaca? Es un género que odio.

—¡Pero sí que leíste…!

—¡Diez negritos! Me iba de viaje a Wyoming y mi padre pensó que era la mejor manera de prepararme para la mentalidad americana. La geografía nunca fue su fuerte.

—Al final —dijo Camille—, se parece algo a mí, que leo poco.

—Yo prefiero el cine… —dijo ella con una sonrisa felina.

—Lo sé —respondió él con una sonrisa filosófica.

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LEMAITRE, Pierre. Irène. Barcelona : Alfaguara, 2015

Juan Carlos Onetti – Dejemos hablar al viento

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El hombrecillo rubio y el ex marinero de la letra K tatuada en el antebrazo salieron de la habitación al paso lento que los dolores de éste último marcaban. El juego de vasos había quedado encima del ejemplar de Monroy de Dejemos hablar al viento, cuyo lomo presentaba la mancha de dos o tres salpicaduras, casi imperceptibles, de sangre.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008