Rash

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Las primeras administraciones de la heroína se reciben con un fuerte desagrado: destacan las náuseas y los dolores abdominales: sin embargo, el heroinómano avezado, nada más pincharse la dosis, experimenta un brote de euforia o una sensación placentera conocida como rash: después de esa sensación inicial viene un desinterés por los asuntos habituales, acompañado de un entumecimiento que se desliza hacia un semisueño bastante parecido a la ebriedad: suele producir unas horas de calma lúcida y de propensión al contacto con los otros y a la introspección: la piel se sonroja, la boca se seca y los brazos y las piernas se vuelven pesados: el heroinómano se siente volando: dormido y despierto a la vez: la mente navega entre la niebla: el sistema nervioso central se ha debilitado.

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LLORENTE, David. Te quiero porque me das de comer. Alreves, 2014.

La imagen es de Wikipedia Commons.

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La Grange – ZZ Top

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 El silencio entre Mona y yo habría podido durar una eternidad. El riff de La Grange, de ZZ Top, sonó antes de que la investigadora se alejara.

¡La melodía de mi móvil! Había recibido un mensaje. Con un gesto impaciente, rescaté el teléfono del fondo de un bolsillo.

—¿Una admiradora? —me preguntó Mona con curiosidad. Parecía encantada de que un elemento exterior rasgara la telaraña en la que nos debatíamos. Leí el mensaje y opté por el apaciguamiento.

—No sabes la razón que tienes…

—¿Joven y guapa?

—Guapa, sí. Pero demasiado joven.

—¿Qué edad tiene?

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BUSSI, Michel. No lo olvides jamás. Punto de lectura, 2016

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Negroni

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1 parte de gin

1 parte de campari

1 parte de vermut dulce

Agite los ingredientes con hielo para enfriar. Sirva en copa de coctel con una cáscara de limón para adornar.

Según la tradición, el negroni fue inventado en Florencia, Italia, a principios de los años veinte, en honor al conde Camillo Negroni, quien pidió al cantinero agregar ginebra al coctel americano. Pero el nombre del negroni no aparece en Estados Unidos hasta 1947. Es un coctel para abrir el apetito con Sammy Davis Jr. cantando The Girl of Ipanema.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

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Lou Reed – Vicious

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 Arranqué, procurando no hacer ningún movimiento brusco, dando tiempo a que Willy nos siguiera con comodidad. Le pregunté a Andrade si le importaba que pusiera la radio.

—Haz lo que te salga de la pinga —contestó, poniéndose cómodo.

Estaban dando Vicious, de Lou Reed. Me divirtió mucho la coincidencia: conducir hacia la salida Sur de la ciudad llevando en la furgona al padre de la Patri y que sonara precisamente esa canción, Vicious, que habla de una tía viciosa que quiere que le den leña. Estuve a punto de hacer partícipe al poli de estos pensamientos, pero provocarle hubiera podido precipitar demasiado las cosas.

Continuamos avanzando por entre el tráfico de la autopista, escuchando rock hasta más allá de Telde. Creo recordar que pusieron el Young Americans de David Bowie y una de Frank Zappa, Apostrophe. Después, pasando Vecindario, justo cuando estaba comenzando Voodoo Longue, la señal se perdió y aquella banda fue invadida por una de esas emisoras del sudeste que dan música pachanguera.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Madrid : Edaf 2013

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Cien años de soledad

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El domingo una borrasca atlántica aparcó sobre Irlanda y estuvo lloviendo tan fuerte que podría haber sido el 12 de julio o cualquiera de esos otros días de fiesta en que Dios vierte su ira líquida sobre los unionistas que desfilan por las calles con sus sombreros de hongo y sus bandas. No salí de casa en todo el día. Estaba tan aburrido que casi me fui al Salón del Evangelio de Victoria Road donde se suponía que hablaban lenguas, danzaban con serpientes y después te invitaban a un trozo de pastel Dundee gratis. En vez de eso, me puse a oír música y a leer Cien años de soledad, que me habían mandado del club del libro. Era una buena novela, pero, como dijo aquel, tal vez setenta y cinco años de soledad hubieran sido suficientes.

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McKINTY, Adrian. Oigo sirenas en la calle. Alianza, 2013

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Ry Cooder – Teardrops Will Fall

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Me llevé el teléfono móvil al bolsillo. No más llamadas. Estábamos a última hora del viernes por la tarde. Era mejor que me olvidara del caso y lo retomara por la mañana. Todo podía esperar hasta entonces.

—Rojas, pon un poco de música. ¡Ha llegado el fin de semana, hombre! Rojas pulsó la tecla del reproductor de discos compactos en el salpicadero. Me había olvidado de qué disco había puesto la última vez, pero pronto identifiqué la canción como la versión que había hecho Ry Cooder de Teardrops Will Fall, aquel tema clásico de los años sesenta que aparecía en la recopilación de lo mejor del cantante. Era una buena canción, y muy apropiada. Una canción sobre el amor perdido y el abandono.

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CONNELLY, Michael. El quinto testigo. Barcelona : RBA, 2015

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Príapo

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El sendero adoquinado llevaba por jardines colgantes, unas veces en pendiente, otras con escalones, serpenteando a derecha e izquierda a medida que ascendía. Los terrenos a un lado y a otro estaban cubiertos por un manto de tonos grises y pardos invernales, la monotonía de los árboles y arbustos desnudos se mitigaba con estatuas de mármol o bronce aquí y allá. Un regio cisne, que podía ser Júpiter seduciendo a Leda, embellecía el pequeño estanque circular. Pasamos junto a un muro bajo, en donde había un niño esclavo sentado, quitándose una espina del pie; estaba pintado con colores tan vivos que lo habría confundido con uno de carne y hueso, de no ser porque andaba en cueros bajo aquel tibio sol. No vi dioses ni diosas en el jardín hasta que llegamos ante el socorrido Príapo, guardián y promotor de las cosas que crecen, que ocupaba una hornacina situada en un alto seto, sonriendo lascivamente y exhibiendo una erección casi tan grande como el resto de su cuerpo. La punta del falo de mármol se había vuelto suave y brillante por las constantes caricias de los que por allí pasaban.

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SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

La imagen es de la Wikipedia

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