Van Morrison “Hard Nose the Highway

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Esa noche, Rebus estaba en casa sentado en su sillón, dormitando, cuando sonó el timbre. Se levantó, se frotó la cara para devolver la vida a los músculos faciales y levantó la aguja de Hard Nose the Highway antes de dirigirse al recibidor. Pulsó el botón del interfono para preguntar quién era.

—Stefan —fue la respuesta—. Tenemos que hablar.

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RANKIN, Ian. La Biblia de las tinieblas. Barcelona: RBA. 2014

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Joy Division – Transmission

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Después de dejar a Søs en el apartamento de Sognsvann, Harry bajó al centro, donde siguió conduciendo, avanzando por los meandros de calles de dirección única, de calles en obras, de calles sin salida. Cruzó calles de putas, calles de tiendas, calles de droga, y hasta que no llegó y tuvo la ciudad a sus pies, no comprendió que iba rumbo a los búnkeres alemanes. Llamó a Øystein, que se presentó a los diez minutos, aparcó el taxi al lado de su coche, dejó la puerta entornada, subió el volumen de la música, trepó al muro y se sentó al lado de Harry.

—Coma —dijo Harry—. No estoy muy seguro de que sea tan malo. ¿Tienes un cigarrillo?

Se quedaron allí escuchando a Joy Division. «Transmission.» Ian Curtis. A Øystein siempre le habían gustado los cantantes que morían jóvenes.

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NESBO, Jo. El leopardo. Random House, 2014

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Lou Red – Perfect Day

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Dejé el pico y la pala en el pañol, me sacudí como pude la tierra y eché sobre el piso el contenido de una de las garrafas de agua. No limpiaron la sangre. Solo sirvieron para extender más la mancha. No quise gastar la otra garrafa. Desperdiciar agua es pecado. Eso siempre decía el viejo. Me cambié de camisa y, tras asegurarme de que todo quedaba bien cerrado, me metí en la Trans y arranqué.

En la radio daban una canción de Lou Reed, Perfect Day, y yo la escuché mientras a lo lejos las luces de Playa del Inglés se iban acercando. Solo entonces me permití encender un cigarrillo.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf 2013

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4 Non Blondes – What’s Up

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Una vez cogimos del vestuario un cartel antiguo, un trapecista con maillot pasando a través de un aro en llamas. Se llamaba Rustam Trifon y trabajaba en el circo de Moldavia. Era guapísimo, como un dios, rubio con ojos acerados.

Nos prestábamos el póster, una semana cada una. Nos chiflaba tener a Rustam Trifon como ídolo. No tenía nada que ver con Filip Nikolic, de los 2Be3. Nos desgañitábamos cantando What’s up, de las 4 Non Blondes, soñando con echar a andar por los caminos de Transnistria… Allí era donde vivía Rustam.

Hicimos nuestra primera colonia como monitoras en 2001, en Bois-Plage-en-Ré. Frédéric era el director y Mimy seguía encontrándolo igual de guapo con el pelo corto y el ukelele. Eran los mismos niños de los barrios de Elbeuf, o sus primos, sus hermanos pequeños, tal vez ya sus hijos. Mimy y yo nos tronchábamos de risa cuando los levantábamos por la noche para que fueran a hacer pipí y comprobábamos si el colchón y el pijama estaban secos.

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BUSSI, Michel. No lo olvides jamás. Punto de lectura, 2016

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Spassky

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A nuestro control llegó otro Land Rover proveniente de la RUC de Ballymena y los polis hablaban en un dialecto tan cerrado que nos costó entenderlos. Gran parte de su conversación parecía tener que ver con Jesús y los tractores, una combinación improbable para cualquiera que no conozca Ballymena. Y al anochecer llegó un Land Rover. Este transportaba a muchachos desde un lugar tan lejano como Coleraine. A nadie se le había ocurrido traer chocolate caliente o comida o cigarrillos, pero el inspector de la RUC de Coleraine sí se había venido con un tablero de ajedrez, solo por la satisfacción de ganarnos a todos. Le conté una anécdota sobre Boris Spassky (Periodista: «¿Qué prefiere, señor Spassky, el ajedrez o el sexo?». Spassky: «Depende mucho de la posición»). Pero no quedó impresionado y me hizo jaque mate en once jugadas.

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McKINTY, Adrian. Por la mañana me habré ido. Alianza, 2016

Pawn2

 

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Frank

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Extrechinato y tu – Abrazado a la tristeza

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Alguien que me conocía muy bien, probablemente Estíbaliz, habló más de la cuenta y contó que mi canción favorita era el Abrazado a la tristeza de Extrechinato y tú, y por los altavoces de mi plaza comenzó a escucharse la primera estrofa que yo había repetido billones de veces:

He salido a la calle abrazado a la tristeza.

Vi lo que no mira nadie y me dio vergüenza y pena.

Los llantos desconsolados que estrangulan las gargantas,

los ancianos encorvados, parece que la tierra les llama.

Para el imaginario popular de la ciudad quedó que el abuelo no se separó de mí, que no comió, que no durmió, que ni siquiera bebió agua y que los médicos entendieron que aquel hombre había echado raíces y nadie iba a sacarle de la UCI si no era con los pies por delante.

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GARCÍA SÁENZ DE URTURI, Eva. El silencio de la ciudad blanca.: Planeta, 2016

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Kamikaze

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1 parte de vodka

1 parte de triple sec o cointreau

1 parte de jugo de limón

Mezcle todo. Agítelo con hielo. Sírvalo en un vaso corto o caballito tequilero. Se le puede agregar azúcar para endulzarlo. Si se quiere un color fluorescente, agregue una parte de curaçao azul. Si quiere algo más movido, pruebe con Summertime blues de Eddie Cochran.

El coctel kamikaze fue bautizado así en honor a los pilotos suicidas japoneses de la segunda guerra mundial. Quien lo prueba recibe, en efecto, una bomba, pero debe ser tomado todo de golpe, de un trago, con lo que se incrementa el golpe.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

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