Torre de Doña Otxanda

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La torre de doña Otxanda era la actual sede del Museo de Ciencias Naturales. Restaurada en los años sesenta, su torre cuadrada medieval era una fiel copia de otras similares que habían campado por tierras alavesas en otros tiempos, como la torre de los Mendoza y la de los Varona. Junto a su sólida puerta de madera, unas letras doradas anunciaban la herboristería y librería de Eneko Ruiz de Gauna. A través de sus oscuros escaparates se podían ver desde bolas de cristal, amuletos y saquitos de infusiones hasta libros de segunda mano de templarios, mitología vasca y ufología. Traspasé la puerta y el tintineo de unas cañas de bambú colgadas del techo anunció mi llegada. Había un eguzkilore colgado del marco de la puerta, pero a diferencia de todos los que había visto a lo largo y ancho de todos los caseríos del norte, esta vez estaba colgado de puertas hacia dentro, como si fuese el mundo exterior el que tuviera que protegerse de lo que albergaba en su interior.

GARCÍA SÁENZ DE URTURI, Eva. El silencio de la ciudad blanca. Barcelona : Planeta, 2016

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Shosholoza

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Emmanuel se estaba adentrando en el veld cuando un segundo grupo de criados, decididos a despejar la zona blanca del pueblo antes del toque de queda, pasaron andando a buen paso y cantando. Emmanuel conocía la canción:

– Shosholoza, shosholoza… Kulezontaba

La traducción aproximada era «Ve más deprisa, andas vagando por esas montañas. El tren viene de Sudáfrica». La propia palabra shosholoza sonaba como el silbido de un tren de vapor. El aire trajo el rítmico canto de los criados a sus oídos y Emmanuel sintió el calor de la noche africana en su piel y su pelo. Las voces de los criados se fueron apagando y él se volvió hacia la casa del comisario.

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NUNN, Malla. Un hermoso lugar para morir. Madrid : Siruela, 2012

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Ruso blanco

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 2 partes de vodka

1 parte de licor de café,

preferentemente Kalhúa

Leche o crema ligera

 

Mezcle el vodka, preferentemente muy frío, con el licor de café. Sírvalo en un vaso corto con hielos. Ponga la crema al gusto muy despacio, para lograr un efecto visual especial de la crema mezclándose lentamente con el alcohol.

Éste es un coctel para muchas ocasiones. Lleva su nombre en honor de los «anti-bolcheviques», los rusos blancos de la Revolución rusa. No es una bebida rusa, pero se prepara con vodka, una bebida femenina y alcahueta. The Dude en Big Lebowski la llamaba, cariñosamente, «caucásica». Cest si bon, de Eartha Kitt y Henri Rene, tampoco es rusa, pero es igual de buena.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

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The Stranglers – Peaches

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Tengo tonos de llamada personalizados según quién me llame. Para Viktor Sokolnikov, el Ejército Rojo canta una famosa canción tradicional rusa llamada Kalinka. El de Zarco es London Calling, de The Clash. El de Sonja es I’m So Excited, de las Pointer Sisters. Esta vez no era ninguno de esos. Peaches, de The Stranglers, significaba que era Maurice McShane (lo había relacionado con el actor Ian McShane, que aparecía en Sexy Beast); Maurice era asesor personal y negociador extraoficial del City y la primera línea de defensa en cualquier crisis que estallara fuera del terreno de juego. Su labor consistía en ayudar a nuestros jugadores, pagados en exceso y a menudo ingenuos, en todo tipo de cosas: desde abrir una cuenta bancaria en un paraíso fiscal hasta pagar a algún capullo al que alguno de ellos le ha dado una paliza. Eso significaba que Maurice era uno de los hombres más ocupados de la ciudad deportiva. Los jugadores suelen confiar problemas al auxiliar que ni se plantearían mencionar al director técnico; solo ahora se los confiesan a Maurice, que a veces —si el asunto es de gravedad— me informa de ello. Lo de contratar a Maurice fue idea mía; lo había conocido en el talego y en los cinco meses que llevábamos juntos en el City ya habíamos atajado varios escándalos. No entraré en eso ahora mismo. Baste decir que jamás hemos hecho nada ilegal. Solo cosas que mantenían alejados a nuestros jugadores de los periódicos por un motivo u otro.

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KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015

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Rita Hayworth

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No sé por qué me vino a la cabeza una anécdota de Rita Hayworth. La actriz se lamentaba, al final de sus días, de que su vida había sido una constante decepción. Los hombres se acostaban con Gilda y se despertaban con ella. Margarita conocía la anécdota. La había oído alguna vez. Y siempre le pareció una frase linda y poco más. Una frase de muro de Facebook que no se correspondía con la realidad de las mujeres de carne y hueso. Claro. Estaba bonita Rita Hayworth para hablar. A ella, a Esponda, le gustaría haberla visto acabada de despertar. No era Gilda, no. Pero era Rita Hayworth. Joder. Seguía siendo una mujer bellísima. Con legañas, el pelo revuelto y el aliento a hiena. Bellísima. Además, seguro que despertaría junto a un guayabo de hombre. Un actor, un deportista, un modelo. Que no jodiera Rita Hayworth.

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CORREA, José Luis. El verano que murió Chavela. Alba, 2014

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Daniel Lanois – Jolie Louise

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Esa tarde había muchísima gente en el parque para asistir al partido de béisbol, y los bomberos habían instalado un puesto de cangrejo hervido en el pabellón al aire libre. El cielo crepuscular estaba veteado de lila y rosa, y el viento del sur soplaba fresco y prometía lluvia. Nos tomamos nuestra cena de picnic en una mesa de madera a la sombra de los robles contemplando el partido de la Legión Americana y a los grupos de estudiantes de instituto y universitarios que deambulaban de aquí para allá, entre las gradas y las camionetas donde tenían cervezas en barreños con hielo. Al fondo, en el bayou, el barco turístico de ruedas de paletas, con sus cubiertas iluminadas, se deslizaba por delante de la silueta oscura de los cipreses y las casas de antes de la guerra de Secesión de la orilla opuesta. Los árboles estaban llenos de humo de las barbacoas, y me llegaba el olor de los cangrejos del pabellón y el boudin caliente que vendía un negro en un carrito. Entonces oí una banda de cuerda francesa tocando Jolie Louise en el pabellón, y volví a sentirme como si estuviese mirando por un agujero dimensional a la Luisiana del sur en la que me había criado. Jolie blonde, gardez done c’est t’as fait. Ta m’as quitté pour t’en aller, Pour t’en aller avec un autre que moi. Jolie blonde, muchacha bonita, flor de mi corazón, te querré siempre mi jolie

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BURKE, James Lee. Los prisioneros del cielo. Barcelona : RBA, 2013

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Involtini de pez espada

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En la trattoria de Enzo, aun habiendo hecho el propósito de mantenerse dentro de límites razonables, perdió el control ante un plato de involtini de pez espada y pidió otra ración, a pesar de que ya había comido una extensa variedad de marisco como aperitivo y un gran plato de espaguetis con almejas.

El paseo por el muelle hasta el faro fue, por tanto, más que necesario, y también sentarse en la roca plana para fumar unos cigarrillos.

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CAMILLERI, Andrea. La búsqueda del tesoro. Salamandra, 2013

No he podido encontrar una receta en condiciones de los involtini en youtube, pero creo que la cosa queda muy bien ilustrada con las explicaciones del blog cocinaitaliana.eu.

 

 

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