Imperio Argentina – Los Piconeros

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Le bastó un minuto más para darme las gracias, decirme que le había salvado la vida, que se llamaba Candi y que era muy amiga de Yoli, que, cualquier cosa que necesitara, no tenía más que pedirla. Se quedó esperando a que le dijera mi nombre y, como permanecí en silencio, no se cortó en preguntarlo.

—Adrián.

Pensé que iba a ofrecerme la mano para estrechársela, pero me plantó un beso en la mejilla. Olía a tabaco, maquillaje, sudor y pecado. Después de darme las gracias un par de veces más, repitió que si necesitaba algo, que se lo dijera, que para eso están los vecinos.

Ahora, mientras escribo esto, la escucho canturrear Los piconeros. No sé si está limpiando la casa o preparando la cena, pero la oigo ahí, al otro lado de la pared, cantando eso de Ya viene el día, ya viene, mare, y la imagino con sus mallas negras, sus sandalias y su top de algodón, imaginando a su vez que yo la escucho y la imagino.

Dijo que si necesitaba algo que se lo dijera. Yo sé lo que necesito ahora mismo. Pero eso traería problemas. Está claro. No solo por el tío pálido que suele ir con ella (y que puede que hasta viva ahí), sino porque ese tipo de mujeres siempre los traen.

No obstante, sigue cantando, por tu culpa culpita yo tengo negro negrito mi corazón y yo la escucho y la imagino y vuelvo a oler ese aroma a pecado.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf 2013

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Espaguetis “Eladio Monroy”

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Gloria rebañó el plato y pidió más. Cuando Monroy hacía aquellos espaguetis, ella siempre quería más. La receta, que alguien le había soplado y él había ido perfeccionando a lo largo de los años, carecía de credenciales, no figuraba en la carta de restaurante alguno y ni siquiera tenía nombre oficial, pero el resultado era una delicia. El antiguo jefe de máquinas solía comenzar por hacer un sofrito de cebolla, ajo, beicon, berenjenas y setas, todo cortado en trozos muy pequeños y cocinado a fuego muy lento, para que se pochara sin quemarse. Después subía el fuego y, cuando rompía a hervir, añadía un lingotazo de vino blanco y media taza de caldo. Solo cuando se había reducido agregaba un generoso chorro de aceto balsámico y permitía que la salsa volviera a reducirse antes de apagar el fuego y espolvorearla con unas hojas de estragón. Servida sobre la pasta recién hecha, en la cual se había dejado derretir previamente un poco de mantequilla, constituía todo un manjar del cual era imposible consumir únicamente una ración. Si, además, se lo acompañaba de un vino blanco muy frío, como el Barbadillo que había tenido la precaución de meter en la nevera nada más llegar a casa, el resultado era irresistible.

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RAVELO, Alexis. Morir despacio. Anroart, 2012.

Y como es imposible encontrar la receta en ningún sitio, he pensado que lo mejor podría ser acompañarla con una imagen del padre del personaje que es, a fin de cuentas, el que se encarga realmente de la “cocina”.

Misericordia

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El trullo, en realidad, te enseña pocas cosas: a mentir convincentemente, a mantener la boca cerrada, a cubrirte lo mejor posible cuando no tienes posibilidad de ganar una pelea y a hacer tu maleta en cinco minutos. Esta vez tardé diez. Metí lo indispensable en el bolso de viaje. Para el final dejé el transistor, el libro de Hirschberger, el libro que estoy leyendo en estos días (una novela de Samuel Beckett que me gustaría poder terminar) y el ejemplar de Misericordia que Candi había leído. Ese libro había estado en sus manos. Sería el único recuerdo suyo que me llevara, ahora que me había duchado y el chorro se había llevado al desagüe su sudor y su saliva.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf, 2013

Lou Red – Perfect Day

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Dejé el pico y la pala en el pañol, me sacudí como pude la tierra y eché sobre el piso el contenido de una de las garrafas de agua. No limpiaron la sangre. Solo sirvieron para extender más la mancha. No quise gastar la otra garrafa. Desperdiciar agua es pecado. Eso siempre decía el viejo. Me cambié de camisa y, tras asegurarme de que todo quedaba bien cerrado, me metí en la Trans y arranqué.

En la radio daban una canción de Lou Reed, Perfect Day, y yo la escuché mientras a lo lejos las luces de Playa del Inglés se iban acercando. Solo entonces me permití encender un cigarrillo.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf 2013

Lou Reed – Vicious

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 Arranqué, procurando no hacer ningún movimiento brusco, dando tiempo a que Willy nos siguiera con comodidad. Le pregunté a Andrade si le importaba que pusiera la radio.

—Haz lo que te salga de la pinga —contestó, poniéndose cómodo.

Estaban dando Vicious, de Lou Reed. Me divirtió mucho la coincidencia: conducir hacia la salida Sur de la ciudad llevando en la furgona al padre de la Patri y que sonara precisamente esa canción, Vicious, que habla de una tía viciosa que quiere que le den leña. Estuve a punto de hacer partícipe al poli de estos pensamientos, pero provocarle hubiera podido precipitar demasiado las cosas.

Continuamos avanzando por entre el tráfico de la autopista, escuchando rock hasta más allá de Telde. Creo recordar que pusieron el Young Americans de David Bowie y una de Frank Zappa, Apostrophe. Después, pasando Vecindario, justo cuando estaba comenzando Voodoo Longue, la señal se perdió y aquella banda fue invadida por una de esas emisoras del sudeste que dan música pachanguera.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Madrid : Edaf 2013

Croquetas de Seitán

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Nunca sabría exactamente por qué lo hizo, pero, esa tarde, Monroy se presentó en la librería de Gloria con una americana de hilo en color crudo y una invitación para cenar. Gloria, sorprendida, no supo decirle que no.

Eligieron un restaurante vegetariano, bastante tranquilo, de la zona de Vegueta. Allí, ante unas setas a la plancha y unas croquetas de seitán, Gloria decidió preguntarle a qué se debía todo aquello.

—Nada —respondió Monroy—. Pensé que nunca habíamos hecho esto.

—¿Qué? ¿Cenar?

—Nunca te había ido a buscar a la salida del trabajo. Nunca te había invitado a cenar en un restaurante.

Gloria sonrió. Tomó un sorbo de vino blanco y le miró por encima de las gafas.

—Ten cuidado, Eladio Monroy. Corres el riesgo de convertirte en una persona normal.

—Siempre he sido normal.

—Sí. Normal como un gato con seis patas.

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RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroat, 2006

 

 

Arroz con leche

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Sarito insistió tanto y el caldo de papas olía tan bien que Monroy no pudo resistirse a la invitación. Almorzaron los tres, los dos ancianos y él, en el comedor, con profusión de bromas y queso tierno recién traído de Fuerteventura por el hijo de Paco Nieves, que iba allá por negocios dos veces a la semana.

El ex marinero terminaba ahora la segunda taza de arroz con leche, con un aire de fruición que ponía en su semblante la expresión de un niño.

—Ay, cómo me gusta verte comer, querido —dijo Sarito, poniéndole una mano en el hombro—. Si quieres más, hay más, ¿eh?

Monroy la miró con pánico.

—Sarito, me vas a reventar… Si ya estoy embostado.

Paco Nieves rió todo lo estruendosamente que sus pulmones se lo permitieron.

—Pero, mi niño, si no has comido nada… —insistió Sarito—. Ese cuerpo lo tienes que llenar.

—Sarito, te lo juro: no me cabe ya ni una peladilla. Ella enarboló una sonrisa mientras se levantaba.

—Bueno, un cafecito sí —propuso.

—Ah. Eso sí.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008