Lou Red – Perfect Day

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Dejé el pico y la pala en el pañol, me sacudí como pude la tierra y eché sobre el piso el contenido de una de las garrafas de agua. No limpiaron la sangre. Solo sirvieron para extender más la mancha. No quise gastar la otra garrafa. Desperdiciar agua es pecado. Eso siempre decía el viejo. Me cambié de camisa y, tras asegurarme de que todo quedaba bien cerrado, me metí en la Trans y arranqué.

En la radio daban una canción de Lou Reed, Perfect Day, y yo la escuché mientras a lo lejos las luces de Playa del Inglés se iban acercando. Solo entonces me permití encender un cigarrillo.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf 2013

Lou Reed – Vicious

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 Arranqué, procurando no hacer ningún movimiento brusco, dando tiempo a que Willy nos siguiera con comodidad. Le pregunté a Andrade si le importaba que pusiera la radio.

—Haz lo que te salga de la pinga —contestó, poniéndose cómodo.

Estaban dando Vicious, de Lou Reed. Me divirtió mucho la coincidencia: conducir hacia la salida Sur de la ciudad llevando en la furgona al padre de la Patri y que sonara precisamente esa canción, Vicious, que habla de una tía viciosa que quiere que le den leña. Estuve a punto de hacer partícipe al poli de estos pensamientos, pero provocarle hubiera podido precipitar demasiado las cosas.

Continuamos avanzando por entre el tráfico de la autopista, escuchando rock hasta más allá de Telde. Creo recordar que pusieron el Young Americans de David Bowie y una de Frank Zappa, Apostrophe. Después, pasando Vecindario, justo cuando estaba comenzando Voodoo Longue, la señal se perdió y aquella banda fue invadida por una de esas emisoras del sudeste que dan música pachanguera.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Madrid : Edaf 2013

Croquetas de Seitán

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Nunca sabría exactamente por qué lo hizo, pero, esa tarde, Monroy se presentó en la librería de Gloria con una americana de hilo en color crudo y una invitación para cenar. Gloria, sorprendida, no supo decirle que no.

Eligieron un restaurante vegetariano, bastante tranquilo, de la zona de Vegueta. Allí, ante unas setas a la plancha y unas croquetas de seitán, Gloria decidió preguntarle a qué se debía todo aquello.

—Nada —respondió Monroy—. Pensé que nunca habíamos hecho esto.

—¿Qué? ¿Cenar?

—Nunca te había ido a buscar a la salida del trabajo. Nunca te había invitado a cenar en un restaurante.

Gloria sonrió. Tomó un sorbo de vino blanco y le miró por encima de las gafas.

—Ten cuidado, Eladio Monroy. Corres el riesgo de convertirte en una persona normal.

—Siempre he sido normal.

—Sí. Normal como un gato con seis patas.

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RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroat, 2006

 

 

Arroz con leche

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Sarito insistió tanto y el caldo de papas olía tan bien que Monroy no pudo resistirse a la invitación. Almorzaron los tres, los dos ancianos y él, en el comedor, con profusión de bromas y queso tierno recién traído de Fuerteventura por el hijo de Paco Nieves, que iba allá por negocios dos veces a la semana.

El ex marinero terminaba ahora la segunda taza de arroz con leche, con un aire de fruición que ponía en su semblante la expresión de un niño.

—Ay, cómo me gusta verte comer, querido —dijo Sarito, poniéndole una mano en el hombro—. Si quieres más, hay más, ¿eh?

Monroy la miró con pánico.

—Sarito, me vas a reventar… Si ya estoy embostado.

Paco Nieves rió todo lo estruendosamente que sus pulmones se lo permitieron.

—Pero, mi niño, si no has comido nada… —insistió Sarito—. Ese cuerpo lo tienes que llenar.

—Sarito, te lo juro: no me cabe ya ni una peladilla. Ella enarboló una sonrisa mientras se levantaba.

—Bueno, un cafecito sí —propuso.

—Ah. Eso sí.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008

 

Jefferson Airplane – White Rabbit

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El disyóquey de Radio Revival anunció que llegaba el momento de las pastillas que te hacen crecer o te hacen menguar, no como las que te daba mamá, que no te hacen nada, mientras sonaban los primeros acordes de White Rabbit, de Jefferson Airplane, y, como si también estuviera escuchándola, un tipo asomó por la esquina dirigiéndose al portal casi al ritmo del bajo y la caja de la batería. Llevaba una camisa estampada, unos shorts y chancletas y, cuando salí de la furgona y me acerqué, averigüé que el estampado de la camisa era de flores azules sobre fondo blanco, que el tipo venía de beber en alguno de los bares de la zona, que llevaba la cabeza totalmente afeitada y que, efectivamente, era Felo.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Madrid : Edaf, 2013

 

Leonard Cohen – Dance me to the end of love

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Se desembarazó de las llaves, el tabaco, el mechero, la cartera y el bolígrafo metálico de resorte que siempre llevaba encima por si acaso. Pinchó un disco de Leonard Cohen y se fue a la cocina mientras el canadiense cantaba aquello de dance me thru the panic with a burning violin. Sacó de la nevera la carne de cochino, la puso en una fuente e hizo llover sobre ella un puñado de sal gorda. En el almirez, machacó comino, ajo, perejil, tomillo y orégano. Luego agregó pimentón, una pizca de vinagre y un buen chorro de aceite. Vertió todo el majado sobre la carne y lo cubrió todo con vino blanco, mezclando bien. Cuando acabó, ya Cohen había cantado un par de temas y se dedicaba a contar que puedes pasar toda la noche junto a Suzanne en su escondite junto al río. Dejaría reposar la carne al menos una hora antes de freiría. Tenía que haber hecho aquello la noche antes, pero, aun así, obtendría una carne adobada en condiciones.

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RAVELO, Alexis. Los tipos duros no leen poesía. Las Palmas : Anroart, 2011.

Ulrike Meinhof

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Yo, sin embargo, pienso en Ulrike Meinhof, una periodista alemana de izquierdas que acabó militando en la Rote Armee Fraktion, la Fracción del Ejército Rojo, un grupo terrorista de extrema izquierda liderado en un principio por Andreas Baader y que acabó llamándose la banda Baader-Meinhof. ¿Qué es eso de la crueldad más absoluta? Ulrike no era una asesina en serie, no era una sádica, no era un monstruo. Era solo una periodista progre que se dejó llevar por el ideal ismo, ayudó a fugarse a Baader de prisión con la excusa de una entrevista y acabó uniéndose a la RAF, abandonando a su marido burgués y a sus pequeñas hijas. Por supuesto, Meinhof y su grupo causaron mucho dolor. Pero, para ellos, matar no era un fin, sino un medio, un mal necesario. Igual que para cualquier otro grupo armado, para cualquier ejército, para cualquier Estado en el que exista la pena de muerte. Así pues, ¿qué era aquello de buscar en su cerebro la crueldad más absoluta? ¿Acaso existe algo así, una predisposición innata a la crueldad? Y, si existe, ¿es el cerebro el sitio donde habría que buscarla?

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Madrid : Edaf 2013

Ulrike Meinhof Univerity Berlin 1968

La imagen, con licencia Creative Commons, está en Flickr, y es de seven resist.  Además, en la Wikipedia puedes encontrar más información sobre la Fracción del Ejército Rojo.