Involtini de pez espada

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En la trattoria de Enzo, aun habiendo hecho el propósito de mantenerse dentro de límites razonables, perdió el control ante un plato de involtini de pez espada y pidió otra ración, a pesar de que ya había comido una extensa variedad de marisco como aperitivo y un gran plato de espaguetis con almejas.

El paseo por el muelle hasta el faro fue, por tanto, más que necesario, y también sentarse en la roca plana para fumar unos cigarrillos.

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CAMILLERI, Andrea. La búsqueda del tesoro. Salamandra, 2013

No he podido encontrar una receta en condiciones de los involtini en youtube, pero creo que la cosa queda muy bien ilustrada con las explicaciones del blog cocinaitaliana.eu.

 

 

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Berenjenas a la parmesana

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Abrió el frigorífico. No había nada. Abrió el horno y se le iluminaron los ojos. Adelina le había preparado una bandeja de berenjenas a la parmesana para cuatro personas que olía de maravilla. Puso la mesa en la galería, empezó a comer y se sintió reconfortado. Después de cenar, como todavía le quedaba una hora, se dio una ducha y se puso un traje viejo pero cómodo. Sonó el teléfono. Era Angelica. Su corazón empezó a petardear como un viejo tren cuesta arriba.

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CAMILLERI, Andrea. La sonrisa de Angelica. Barcelona : Salamandra, 2013

Y para poner en práctica la receta, nadie mejor que la gente del canal “Cocineros italianos”. Bokata y fuga!.

 

Espaguetis con sepia en su tinta

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—¿Esta noche lo ha traicionado Adelina? —le preguntó Enzo al verlo entrar.

—No se encontraba bien y no ha podido preparar nada. ¿Qué me ofreces tú?

—Lo que usía quiera.

Empezó con unos entrantes marineros variados, y el pescadito frito estaba tan crujiente que pidió otro plato sólo de eso. Siguió con un generoso plato de espaguetis con sepia en su tinta, y terminó con una ración doble de salmonetes y herreras.

Al salir, vio clarísimo que necesitaba un paseo nocturno hasta el faro. No hizo el recorrido largo para ver los dos barcos. El muelle estaba desierto. Había dos grandes buques atracados, completamente a oscuras. Caminó a paso lento, sin prisa.

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CAMILLERI, Andrea. La edad de la duda. Barcelona, Salamandra, 2012

Para acompañar esta receta, os dejo la versión de la misma que hace Sergi Arola. Tienen buena pinta. 🙂

Georges Simenon – Los Pitard

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Se levantó de un salto, entró y se plantó delante de la librería. Tenía que tratarse de un libro que había leído a la vez que Livia. Casi independientemente de su cerebro, su brazo derecho se levantó para coger un volumen de cubierta azul celeste: Los Pitard, de Georges Simenon, una obra maestra. Le había gustado mucho, tanto que la había leído otras dos veces por su cuenta. Lo abrió. Ahí estaba, el protagonista de la novela, el capitán Émile Lannec de Ruán, propietario de un viejo vapor, el Rayo del cielo.

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CAMILLERI, Andrea. La edad de la duda. Barcelona, Salamandra, 2012. p. 59

Cannoli

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Cuando llegó y preguntó por Pasquano, un auxiliar le contestó que el doctor aún estaba trabajando y que había dado orden de que lo esperara en su despacho.

Lo primero que vio el comisario encima del escritorio de Pasquano, entre papeles y fotografías de asesinados, fue una bandeja de cannoli gigantes —esos dulces rellenos de ricotta— al lado de una botella de passito de Pantelleria —el vino de uvas pasas propio de la isla— y un vaso. Era bien sabido que Pasquano era tremendamente aficionado a los dulces. Montalbano se inclinó para aspirar el aroma de los cannoli: estaban recién hechos. Entonces vertió un poco de passito en el vaso, cogió un cannolo y empezó a zampárselo, contemplando el paisaje a través de la ventana abierta.

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CAMILLERI, Andrea. El campo del alfarero. Barcelona: Salamandra, 2010, p. 26

Amistad moldeada con barro

Creo recordar que fue el anterior libro de Montalbano, La pista de arena, uno de los primeros sobre los que se me ocurrió escribir unas líneas en la Negra con puntillo, hace ya de esto unos cuantos meses. Y si no me falla la memoria, diría que aquellos primeros renglones los titulaba “Llega Camilleri, llega el veranito”. Eso, o al revés, que tanto monta.

Pues bien, aunque por estas tierras norteñas nos esté costando, parece que vuelve a llegar el veranito y aquí tenemos de nuevo al tándem Camilleri-Montalbano dándose una vuelta por aquí. En esta ocasión, y como casi siempre ocurre con las aventuras del comisario más famoso de Sicilia, todo empieza de forma casi casual. Casualmente aparece un cadáver difícil de identificar en un campo de arcilla y casualmente la historia se va a ir enredando y complicando hasta el punto de que el comisario tendrá que utilizar todas sus dotes de encantador de serpientes y toda su capacidad para moverse en el sistema y fuera de él para conseguir que se haga justicia… o algo parecido.

Como curiosidad, diré que adquirí el ejemplar a los pocos días de publicarse, y me sorprendió que la joven que estaba en la caja de la librería a la que acudo habitualmente y que es muy aficionada a lo negrocriminal me sonrió en cuanto vio que había cogido El campo del alfarero y simplemente me comentó: “-qué viejillo está Montalbano-”.

Y es evidente que el propio Montalbano se ve más achacoso y viejillo, pero para mí eso no ha sido lo más importante de esta novela, ya que si bien es cierto que el paso del tiempo y el hacerse viejo es un tema que parece va a ser ya una constante en esta saga, esa trama sería como mucho el contracanto. Yo en esta obra he sentido que se nos habla sobre todo del sentido de la amistad, de la lealtad, y de cómo el Comisario Montalbano será capaz de remover Roma con Santiago para salvar de la quema a un amigo. Para esto, se valdrá de todo ese micromundo que tiene organizado alrededor de la comisaría de Vigatà, y desde Fazio a Catarella, todos serán importantes para que los planes del Comisario lleguen a buen puerto.

Os dejo con esta historia de amistad en dialecto siciliano en la que se irán cruzando desde siniestros personajes de la mafia local que manejan el arte de la semiótica mafiosa, a bellas mujeres de ojos negros, jóvenes que pierden la cabeza, y un equipo de polis capitaneados por un achacoso comisario que harán lo posible y lo imposible por deshacer el entuerto, hasta el punto que hasta Catarella, reconvertido en conciencia de Montalbano, tiene un papel determinante. De locos.

Andrea Camilleri

El campo del alfarero

Traducción de María Antonia Menini Pagés

Salamandra, 2011 

Semiología mafiosa

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El autor le estaba facilitando deliberadamente información concreta acerca del porqué y el cómo del asesinato.

Por de pronto, el homicidio lo había llevado a cabo —o lo había ordenado, que era lo mismo— alguien que todavía actuaba según el respeto a las reglas de la vieja mafia.

¿Por qué?

Fácil respuesta: porque la nueva mafia dispara a lo loco, a diestro y siniestro, a ancianos y niños, caiga donde caiga, y jamás se digna dar una explicación de lo que ha hecho.

La vieja mafia no: ésta explicaba, se decía. Claro que no de palabra o por escrito, eso no, pero sí con signos.

La vieja mafia era maestra en semiología, que es la ciencia de los signos utilizados para comunicar.

¿Muerto con un tallo de higo chumbo sobre el cuerpo?

Lo hemos hecho porque nos ha pinchado con demasiadas espinas, con demasiados disgustos

¿Muerto con una piedra en el interior de la boca?

Lo hemos hecho porque hablaba demasiado.

¿Muerto con las manos cortadas?

Lo hemos sorprendido con las manos en la masa.

¿Muerto con los cojones en la boca?

Lo hemos hecho porque ha ido a follar donde no debía.

¿Muerto con los zapatos sobre el pecho?

Lo hemos hecho porque quería escapar.

¿Muerto con los ojos sacados?

Lo hemos hecho porque no quería rendirse a la evidencia.

¿Muerto con los dientes arrancados?

Lo hemos hecho porque quería comer demasiado.

Y así sucesivamente.

Por eso la descodificación del mensaje le resultó muy clara y rápida: lo hemos matado tal como merecía porque nos ha traicionado por treinta denarios, como Judas.

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CAMILLERI, Andrea. En: El campo del alfarero. Barcelona: Salamandra, 2010, p. 90

La imagen, en Flickr, es de Landahlauts