Dicen los matarifes….

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Dicen los matarifes que, a veces, algunos animales, mientras el resto de la manada corre en tropel por los angostos pasillos del matadero, azuzados por las voces y las varas de quienes serán sus inmediatos verdugos, y oliendo ya la sangre de las reses anteriormente sacrificadas, alzan la vista un instante y se quedan mirándolos muy fijamente. Dicen también que es una mirada aterradora, inolvidable, profunda y humanizada, una ráfaga de lucidez que intuye y antecede todo lo que después va a ocurrirles. Es una mirada de miedo, pero también de aceptación, una mirada donde ya no cabe la sorpresa.

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JURADO, Francisco José. Benegas. Córdoba: Almuzara, 2009. p. 212

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons, es de Gabriel FM

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Córdoba

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Desde que regresó a Córdoba, hará veintipocos años, tras un largo periplo de destinos y vicisitudes, Benegas había constatado día sí, día también, que esta era una ciudad difícilmente superable en el terreno de las paradojas. Tal vez por eso se sintiese tan a gusto en ella. Así, el antiguo cementerio ostentaba por surreal nombre el de “Nuestra Señora de la Salud”, a pesar de que, por muchos milagros que obrase la pequeña imagen gótica que presidía el recinto, los que allí iban a parar quedaban claramente fuera de su jurisdicción; el reluciente y moderno macroedificio de la O.N.C.E se encontraba en la adinerada zona de Vistalegre, insuperable el sarcasmo de los redactores del plan general de ordenación urbana que quedó en pura filfa cuando el mayor centro de desintoxicación para yonquis de la vieja escuela, tiernos pastilleros sin control y ex alcohólicos de toda Andalucía Occidental se inauguró en una barriada periférica que los cordobeses conocían como “Los Olivos Borrachos”, debido a que en esa zona los árboles siempre habían crecido doblados y bamboleantes por efecto de la fuerza de un viento endemoniado procedente de Sierra Morena.

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JURADO, Francisco José. Benegas. Córdoba: Almuzara, 2009. p. 124

La, imagen, en Flickr, es de siborita

Rocío Jurado – Mi amigo

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-¿Y qué os dijo? -preguntó, neutro, Benegas.

-Que cuando lo besó, notó que tenía los labios fríos -contestó Marita, haciendo una mueca de sorpresa.

-¡Los labios fríos! -exclamó Benegas perplejo-. ¡Joder, como para no tenerlos con las heladas que están cayendo! ¡Si yo me tuviera que desnudar ahora se me congelaría hasta la sangre! ¡Y otra cosa ya ni te digo! -chiste fácil del inspector, que no desperdiciaba la ocasión.

Frío, como la línea de tus labios fría; frío, como un beso de pecado, que pregonaba la copla aquella de los sesenta, escrita expresamente para la hija de la Piquer. Benegas no dejó de canturrear esas primeras estrofas durante todo el rato que Sampedro condujo rumbo a casa de Susana Vidal. ¡En qué cosas más extrañas reparan y se fijan las mujeres!, se dijo. En qué estaría pensando ahora mismo Blanca, por ejemplo, pensó él a su vez: ¿en matrimonios sin obligaciones?, ¿en las obligaciones que mataron su matrimonio? En un momento dado, miró su reloj y vio la hora que era. Lanzó algo parecido a un bufido. Ciertamente llevaba un día desquiciado, de locos, y a esas alturas de la tarde tenía ya un hambrazo que se caía de espaldas.

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JURADO, Francisco José. En: Benegas. Córdoba: Almuzara, 2009. p. 116

Mi amigo

 

¿Por qué tienes ojeras esta tarde?

¿Dónde estabas, amor de madrugada,

cuando busqué tu palidez cobarde

en la nieve sin sol de la almohada?

Tienes la línea de los labios fría,

fría por algún beso de pecado

beso que yo no sé quién te daría,

pero que estoy segura te lo han dado.

¿Qué terciopelo negro te amorena

el perfil de tus ojos de buen trigo?

¿Qué azul de vena o mapa te condena

al látigo de miel de mi castigo?

Y por qué me causaste esta pena

si sabes, ay amor, ¡Tú bien lo sabes!

que eres mi amigo, mi amigo.

Tienes la línea de los labios fría,

fría por algún beso de pecado

beso que yo no sé quién te daría,

pero que estoy segura te lo han dado.

¿Qué terciopelo negro te amorena

el perfil de tus ojos de buen trigo?

¿Qué azul de vena o mapa te condena

al látigo de miel de mi castigo?

Y por qué me causaste esta pena

si sabes, ay amor, ¡Tú bien lo sabes!

que eres mi amigo, mi amigo.

¡Mi amigo!

Mc Ahan

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Y luego estaba Maqueijan, que nunca se iba de vacaciones. Simplemente, no se dejaba ver semana y media por Comisaría. En realidad, nadie recordaba cómo se llamaba Maqueijan. Pasaba un poco como con él, con Benegas, pues salvo su madre -y en diminutivo, además, lo cual lo hacía aún más ridículo- nadie lo llamaba por su nombre de pila desde hacía más de treinta años. Incluido él mismo en las cada vez más frecuentes ocasiones en que se descubría hablando solo, bien para reñirse bien para aclararse las ideas, “diálogos introspectivos” los llamaba el inspector. A Maqueijan todo el mundo lo llamaba así por Zebulón McAhan, aquel personaje legendario de “la Conquista del Oeste”, esa serie que echaron por televisión hará unos veinte años y que hizo que a todos los tipos altos y desgarbados del país se les llamase “maqueijan” durante un tiempo. Pues bien, a este se le había quedado el mote para siempre. Además era clavado en los andares al mítico Zebulón, demasiado bamboleantes, escorado a babor y estribor continuamente, como un gorila incómodo porque le hubiesen afeitado las ingles. Maqueijan era el todoterreno de la Brigada: si había que ser sagaz, lo era, aunque tampoco había que pasarse, y si había que dar un par de hostias, las daba. También servía como paño de lágrimas porque no era muy locuaz el hombre y te dejaba largar carrete.

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JURADO, Francisco José. En: Benegas. Córdoba: Almuzara, 2009. p. 37

Not guilty

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“En fin, qué se le va a hacer, uno no ha inventado la rueda del mundo ni la forma de pararla”, que solía decir Benegas para consolarse de contrariedades como ésta. Cuando le ocurría una cosa así, el inspector no podía evitar acordarse del modelo judicial anglosajón. Allí existe una fórmula por la que un juez, si no encuentra pruebas suficientes para condenar a alguien, pero está seguro de que ese alguien tampoco es trigo limpio, lo absuelve tras dictaminar que esa persona es “not guilty”; o sea, no culpable, que no es lo mismo, ni muchísimo menos, que decir que es absolutamente inocente. Parece se que los hijos de Roma no hilamos tan fino.

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JURADO, Francisco José. En: Benegas. Córdoba: Almuzara, 2009. p. 300

La imagen en Flickr es de trackrecord

Elefantes

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Benegas jugueteó con la punta del entrecot y la bañó en salsa. Chasqueó la lengua y esbozó una mueca que bien podría traslucir su incredulidad o dar a entender “!entonces sí que estamos bien jodidos!”, sobre todo como empezasen a encajar todas las piezas según las estaba dejando caer Jiménez. ¿Pero en qué berenjenal se había metido el desgraciado de Frankie Jurado sin darse cuenta?, pobre peón machacado en una partida que no era la suya. En casos como éste, Benegas siempre recordaba una frase de esas que suelen encabezar las agendas y los calendarios y que él se aprendió de memoria para soltarla de vez en cuando y epatar, un proverbio masai creía que era: “cuando dos elefantes se pelean, siempre pierde la hierba”. Pues de Frankie Jurado no quedaría ni una brizna en esta batalla, pensó Benegas, rematando un jugoso trozo de carne.

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JURADO, Francisco José. En: Benegas. Córdoba: Almuzara, 2009. p. 248

La imagen en Flickr es de  anda ♥

Matrimonio

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¿Cuál es el secreto de su matrimonio?, le preguntó una vez un joven periodista a Marlene Dietrich, ciertamente extrañado por la duración del que ya hacía su cuarto o quinto sí quiero. Vivimos separados, contestó el témpano. ¿En casas diferentes, quiere decir?, se animó el plumífero, dos palabras seguidas de la diva sin un mínimo repunte de mala leche bien podían interpretarse como una invitación a la cháchara. Veo que no me ha entendido, repuso el ángel de hielo, un brillo acerado de malicia afilándole ya el tono. ¿Se refiere entonces a que su marido y usted viven en ciudades distintas? Ella lo miró, puede que en ese momento exhalase una mínima y cansada voluta de humo. Tal vez esa fuese la mejor respuesta. Pero decidió continuar, cosas de la promoción y los contratos. Así es, concedió el espejo de Venus. Vivimos en ciudades distintas, en países distintos y en continentes distintos: él en Nueva York y yo en París. La vida me ha enseñado -en este punto le faltó llamarlo hijo mío o algo por el estilo-, que la única manera de mantener vivo un matrimonio es estar lo más lejos posible el uno del otro y verse lo imprescindible.

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JURADO, Francisco José. En: Benegas. Córdoba: Almuzara, 2009. p. 197

La foto en Flickr es de Andrea Balducci