Red Hot Chili Pepers – Throw Away Your Television

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Un ruido de vasos subrayó la frase, al mismo tiempo que el grito de un borracho asociaba la alegría a la rabia. Luego sólo se escuchó al cantante de Red Hot Chili Peppers. Con su voz imperiosa incitaba a la gente a deshacerse de los televisores. Throw away your television. Time to make this clear decision. El bajo bombardeaba duro. El solo de guitarra le respondía con violencia. Ingrid explicó que era el grupo preferido de Dylan Klapesch. El director se pasó una mano temblorosa por el pelo.

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SYLVAIN, Dominique. El pasadizo del deseo. Madrid, Suma de letras, 2008.

Red Hot Chili Pepers – Don’t Forget Me

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El director arengó a sus hordas. Tras muchas palabras sepultadas bajo la energía del grupo californiano, los amigos de Dylan Klapesch se sentaron uno a uno. La música se detuvo, volvió a sonar, saltó, Kantor buscaba en el CD la canción indicada. Lentamente disminuyó la iluminación, la sala se emocionó con una introducción de guitarra melódica, el cantante empezó: I’m an ocean in your bedroom. Make your feel warm. Make you want to reassume… Y el telón se abrió ante un cono de luz en el centro, del cual se erguía una enorme hechicera con abundante melena negra y tez pálida. Desplegó unos brazos muy largos hacia un cielo imaginario.

Los guantes de satén brillante llegaban muy arriba, tan arriba que sólo dejaban los hombros al descubierto. El vestido multicolor ocultaba todo y terminaba en una corola venenosa. En un principio, sólo bailaron los brazos. Ondulaba uno tras otro, en un suplicio calibrado por mil años de magia negra. Los guantes recorrieron las columnas marmóreas. La bailarina castigaba a su público haciéndolos girar y los lanzó como un óbolo. Los espectadores, invisibles, guardaban perfecto silencio. Llegó el turno de las caderas, de cimbrearlas al ritmo sostenido de la voz del hombre. Separó un lado del vestido y surgió una pierna. Sin los tacones altos, engañosos, se convertía en Esmeralda.

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SYLVAIN, Dominique. En: El pasadizo del deseo. Madrid, Suma de letras, 2008. p. 204

Lina – I’m not the enemy

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Reinó la oscuridad. Una cortina de llamas explotó al fondo del escenario en el mismo momento en que una voz de cantante negra americana pegaba a la audiencia a su asiento

You can’t love nobody

Unless you love yourself.

Don’t take it out on me babe,

I’m not the enemy.

Llegó ceñida en una piel roja; el largísimo cabello pelirrojo le caía en cascada sobre los hombros. Alta, musculosa, senos de una belleza feroz, caderas desarrolladas y piernas elegantes.

Are you the man I love,

The man I know loves me?

Come on, talk to me, boy,

I’m not the enemy.

—Guau —resopló Maxime. Y empezó el strip-tease. Clásico, sin mesas de baile, sin barra de acero. Un espectáculo sólido, una historia ancestral. Nadie decía ni una palabra, ni se pestañeaba. (…)

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SILVAIN, Dominique. En: El pasadizo del deseo. Madrid, Suma de letras, 2008. p. 168

Sakuras

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—Solucionas el asunto de Papy Dynamyte y luego nos vamos a Japón a ver los sakuras.

—¿Qué es esa mezcla?

—Te hablo de los cerezos en flor.

—Sé qué son los sakuras, Ingrid, ¿y qué?

—En Tokio y en Kioto el momento culmen de la floración es a finales de marzo. Visitamos a tu hijo y a tus nietas y, luego, para no incordiarles demasiado tiempo, nos vamos de camping bajo los sakuras y nos inflamos de sushi y sake, igual que los japoneses. Tengo algunos ahorros y tú también. Anda, venga, como tú dices. Aunque hemos de calcular las fechas, porque la floración es efímera. Después de las flores llega la gran nada. Los pétalos vuelan inexorablemente y surge la melancolía de la nieve primaveral. Los sakuras no dan cerezas. Ese viaje será tu zanahoria para resolver el asunto Bonin.

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SYLVAIN, Dominique. En: La hija del samurái. Madrid, Sumadeletras, 2010. p. 31

La imagen, en Flickr, es de  Josh Liba

Ensalada de lentejas

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Aunque el restaurante aún no estaba oficialmente abierto, se instalaron en la mesa de costumbre de Lola. Maxime andaba entre los fogones, Chloé ponía los cubiertos en las mesas de comedor. Ni rastro de Jadiya.

—Está en un cásting —explicó Chloé—. Llegará más tarde.

—Tráenos algo de comer —dijo Lola.

—Sú, pero ¿qué?

—Lo que tengas preparado. Y calienta café.

—Por supuesto, doña Lola.

Chloé regreró con dos platos de ensalada de lentejas. No olvidó el vino de la casa.

—Si bebemos, nos caeremos de bruces encima del plato —comentó Ingrid.

—«Comer es una necesidad del estómago, beber es una necesidad del alma» —respondió Lola al tiempo que llenaba los vasos.

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SILVAIN, Dominique. En: El pasadizo del deseo. Madrid, Suma de letras, 2008. p. 116