Croquetas de Seitán

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Nunca sabría exactamente por qué lo hizo, pero, esa tarde, Monroy se presentó en la librería de Gloria con una americana de hilo en color crudo y una invitación para cenar. Gloria, sorprendida, no supo decirle que no.

Eligieron un restaurante vegetariano, bastante tranquilo, de la zona de Vegueta. Allí, ante unas setas a la plancha y unas croquetas de seitán, Gloria decidió preguntarle a qué se debía todo aquello.

—Nada —respondió Monroy—. Pensé que nunca habíamos hecho esto.

—¿Qué? ¿Cenar?

—Nunca te había ido a buscar a la salida del trabajo. Nunca te había invitado a cenar en un restaurante.

Gloria sonrió. Tomó un sorbo de vino blanco y le miró por encima de las gafas.

—Ten cuidado, Eladio Monroy. Corres el riesgo de convertirte en una persona normal.

—Siempre he sido normal.

—Sí. Normal como un gato con seis patas.

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RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroat, 2006

 

 

Arroz con leche

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Sarito insistió tanto y el caldo de papas olía tan bien que Monroy no pudo resistirse a la invitación. Almorzaron los tres, los dos ancianos y él, en el comedor, con profusión de bromas y queso tierno recién traído de Fuerteventura por el hijo de Paco Nieves, que iba allá por negocios dos veces a la semana.

El ex marinero terminaba ahora la segunda taza de arroz con leche, con un aire de fruición que ponía en su semblante la expresión de un niño.

—Ay, cómo me gusta verte comer, querido —dijo Sarito, poniéndole una mano en el hombro—. Si quieres más, hay más, ¿eh?

Monroy la miró con pánico.

—Sarito, me vas a reventar… Si ya estoy embostado.

Paco Nieves rió todo lo estruendosamente que sus pulmones se lo permitieron.

—Pero, mi niño, si no has comido nada… —insistió Sarito—. Ese cuerpo lo tienes que llenar.

—Sarito, te lo juro: no me cabe ya ni una peladilla. Ella enarboló una sonrisa mientras se levantaba.

—Bueno, un cafecito sí —propuso.

—Ah. Eso sí.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008

 

Leonard Cohen – Dance me to the end of love

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Se desembarazó de las llaves, el tabaco, el mechero, la cartera y el bolígrafo metálico de resorte que siempre llevaba encima por si acaso. Pinchó un disco de Leonard Cohen y se fue a la cocina mientras el canadiense cantaba aquello de dance me thru the panic with a burning violin. Sacó de la nevera la carne de cochino, la puso en una fuente e hizo llover sobre ella un puñado de sal gorda. En el almirez, machacó comino, ajo, perejil, tomillo y orégano. Luego agregó pimentón, una pizca de vinagre y un buen chorro de aceite. Vertió todo el majado sobre la carne y lo cubrió todo con vino blanco, mezclando bien. Cuando acabó, ya Cohen había cantado un par de temas y se dedicaba a contar que puedes pasar toda la noche junto a Suzanne en su escondite junto al río. Dejaría reposar la carne al menos una hora antes de freiría. Tenía que haber hecho aquello la noche antes, pero, aun así, obtendría una carne adobada en condiciones.

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RAVELO, Alexis. Los tipos duros no leen poesía. Las Palmas : Anroart, 2011.

George Michael – Roxanne

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Monroy llegó a la casa y entró por la puerta de atrás, la de la cocina. Dejó allí la bolsa del supermercado con las cosas que había comprado: leche, huevos, un par de latas de atún. Cosas que había echado en falta. También un par de botellas de vino y seis latas de cerveza. Ya lo ordenaría todo más tarde. Ahora le apetecía poner música y leer un rato. Subió por la escalera de caracol, se dirigió al mueble donde estaba el aparato de música y rebuscó entre los discos. Se dio cuenta de que los gustos de Blas no coincidían con los suyos, pero, cuando ya iba a darse por vencido y sintonizar alguna emisora de radio, dio con un ejemplar de Songs From The Last Century. Lo reprodujo a partir del segundo corte, una irreconocible versión de Roxanne. El bajo dio paso a una big band que atacó el tema con cadencia de balada, llenando la casa con una atmósfera elegantemente melancólica.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas : Anroat, 2008

Juan Carlos Onetti – Dejemos hablar al viento

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El hombrecillo rubio y el ex marinero de la letra K tatuada en el antebrazo salieron de la habitación al paso lento que los dolores de éste último marcaban. El juego de vasos había quedado encima del ejemplar de Monroy de Dejemos hablar al viento, cuyo lomo presentaba la mancha de dos o tres salpicaduras, casi imperceptibles, de sangre.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008

Revuelto de puerros

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Procuró que el resto de la mañana fuese lo más agradable posible. Bajó a casa, se duchó y se cambió de ropa. Después, salió a la calle, compró la prensa y un paquete de cigarrillos. Dio un uso apropiado a ambos productos en el bar Casablanca hasta mediodía. Al volver a casa, telefoneó a Gloria para citarse con ella y fue a la cocina a preparar algo. Decidió que un revuelto de puerros y una ensalada eran una buena opción. Un almuerzo ligero era lo más apropiado para pasar dignamente aquella canícula que llevaba ya semanas caldeando la ciudad. Justamente al abrir el refrigerador, sonó el timbre.

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RAVELO, Alexis: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroart, 2011. p. 178

Una receta sencillita pero con la que te puedes complicar todo lo que quieras. Para muestra, te dejo con las explicaciones de David de Jorge, el famoso Robin Food.

Soledades

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Pensó en lo que había querido decir Ortiz. Quizá era sincero. Lo cierto es que aquel fenómeno de la soledad del emperador siempre le había interesado. Recordó alguna novela de García Márquez, leída en una sala de máquinas, como muchos de los libros que había leído. ¿Y la soledad del jefe de máquinas? No era tan novelable como la soledad del poderoso. Pero sí era, acaso, más cierta. Recordaba las largas horas de guardia, junto a motores enervantes que, tras los primeros días, se habían convertido en uno de esos ruidos permanentes que ya casi no se advierten, como los latidos del propio corazón, el compás del pulso propio en las sienes.

Reparó en otras soledades más literarias. La del mediofondista, por ejemplo. Si alguien había convertido la soledad de un corredor en materia literaria, ¿por qué no iba a ser novelable la del jefe de máquinas? La de los capitanes. Eso sí que había dado literatura. Desde Homero a Conrad. Y en medio, Stevenson, Melville. Quién sabe cuántos más. Pero el maquinista… La soledad de Lear. La del astronauta. Una versión de la del capitán. Más espectacular. Pero luego, la soledad de Hölderlin. La soledad de Pessoa. La de Mishima. La soledad de José K. La soledad de Mersault. La de Roquentin. La soledad de Giovanni Drogo. La de Morel. Eso eran verdaderas soledades, reales o de ficción (la realidad y la verdad a veces no guardan una relación unívoca), pero verdaderas soledades. Decidió que no se dejaría engañar por las lágrimas de cocodrilo del director general. Ningún poderoso es inocente. Lear, por ejemplo, no lo era. Nadie es inocente. Pero, mucho menos, el poderoso. Aunque se disfrazara de persona agradable. Con el rico y el poderoso, hay que ser orgulloso, decía el proverbio. Aunque se pusieran pieles de cordero, no dejaban de ser lobos. Peor que los lobos. Porque los lobos sólo son implacables cuando tienen hambre. Así que, tras pensarlo un poco más, determinó que el tal Ortiz de Guzmán seguía cayéndole soberanamente mal. Como una patada en las ingles, para ser exactos. Daba igual que conversaran o se rieran juntos. Una cosa es andar entre la mierda y otra muy distinta es revolcarse en ella.

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RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroart, 2011. p. 64

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons es de Public Places