Espaguetis “Eladio Monroy”

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Gloria rebañó el plato y pidió más. Cuando Monroy hacía aquellos espaguetis, ella siempre quería más. La receta, que alguien le había soplado y él había ido perfeccionando a lo largo de los años, carecía de credenciales, no figuraba en la carta de restaurante alguno y ni siquiera tenía nombre oficial, pero el resultado era una delicia. El antiguo jefe de máquinas solía comenzar por hacer un sofrito de cebolla, ajo, beicon, berenjenas y setas, todo cortado en trozos muy pequeños y cocinado a fuego muy lento, para que se pochara sin quemarse. Después subía el fuego y, cuando rompía a hervir, añadía un lingotazo de vino blanco y media taza de caldo. Solo cuando se había reducido agregaba un generoso chorro de aceto balsámico y permitía que la salsa volviera a reducirse antes de apagar el fuego y espolvorearla con unas hojas de estragón. Servida sobre la pasta recién hecha, en la cual se había dejado derretir previamente un poco de mantequilla, constituía todo un manjar del cual era imposible consumir únicamente una ración. Si, además, se lo acompañaba de un vino blanco muy frío, como el Barbadillo que había tenido la precaución de meter en la nevera nada más llegar a casa, el resultado era irresistible.

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RAVELO, Alexis. Morir despacio. Anroart, 2012.

Y como es imposible encontrar la receta en ningún sitio, he pensado que lo mejor podría ser acompañarla con una imagen del padre del personaje que es, a fin de cuentas, el que se encarga realmente de la “cocina”.

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Croquetas de Seitán

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Nunca sabría exactamente por qué lo hizo, pero, esa tarde, Monroy se presentó en la librería de Gloria con una americana de hilo en color crudo y una invitación para cenar. Gloria, sorprendida, no supo decirle que no.

Eligieron un restaurante vegetariano, bastante tranquilo, de la zona de Vegueta. Allí, ante unas setas a la plancha y unas croquetas de seitán, Gloria decidió preguntarle a qué se debía todo aquello.

—Nada —respondió Monroy—. Pensé que nunca habíamos hecho esto.

—¿Qué? ¿Cenar?

—Nunca te había ido a buscar a la salida del trabajo. Nunca te había invitado a cenar en un restaurante.

Gloria sonrió. Tomó un sorbo de vino blanco y le miró por encima de las gafas.

—Ten cuidado, Eladio Monroy. Corres el riesgo de convertirte en una persona normal.

—Siempre he sido normal.

—Sí. Normal como un gato con seis patas.

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RAVELO, Eladio: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroat, 2006

 

 

Arroz con leche

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Sarito insistió tanto y el caldo de papas olía tan bien que Monroy no pudo resistirse a la invitación. Almorzaron los tres, los dos ancianos y él, en el comedor, con profusión de bromas y queso tierno recién traído de Fuerteventura por el hijo de Paco Nieves, que iba allá por negocios dos veces a la semana.

El ex marinero terminaba ahora la segunda taza de arroz con leche, con un aire de fruición que ponía en su semblante la expresión de un niño.

—Ay, cómo me gusta verte comer, querido —dijo Sarito, poniéndole una mano en el hombro—. Si quieres más, hay más, ¿eh?

Monroy la miró con pánico.

—Sarito, me vas a reventar… Si ya estoy embostado.

Paco Nieves rió todo lo estruendosamente que sus pulmones se lo permitieron.

—Pero, mi niño, si no has comido nada… —insistió Sarito—. Ese cuerpo lo tienes que llenar.

—Sarito, te lo juro: no me cabe ya ni una peladilla. Ella enarboló una sonrisa mientras se levantaba.

—Bueno, un cafecito sí —propuso.

—Ah. Eso sí.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008

 

Leonard Cohen – Dance me to the end of love

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Se desembarazó de las llaves, el tabaco, el mechero, la cartera y el bolígrafo metálico de resorte que siempre llevaba encima por si acaso. Pinchó un disco de Leonard Cohen y se fue a la cocina mientras el canadiense cantaba aquello de dance me thru the panic with a burning violin. Sacó de la nevera la carne de cochino, la puso en una fuente e hizo llover sobre ella un puñado de sal gorda. En el almirez, machacó comino, ajo, perejil, tomillo y orégano. Luego agregó pimentón, una pizca de vinagre y un buen chorro de aceite. Vertió todo el majado sobre la carne y lo cubrió todo con vino blanco, mezclando bien. Cuando acabó, ya Cohen había cantado un par de temas y se dedicaba a contar que puedes pasar toda la noche junto a Suzanne en su escondite junto al río. Dejaría reposar la carne al menos una hora antes de freiría. Tenía que haber hecho aquello la noche antes, pero, aun así, obtendría una carne adobada en condiciones.

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RAVELO, Alexis. Los tipos duros no leen poesía. Las Palmas : Anroart, 2011.

George Michael – Roxanne

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Monroy llegó a la casa y entró por la puerta de atrás, la de la cocina. Dejó allí la bolsa del supermercado con las cosas que había comprado: leche, huevos, un par de latas de atún. Cosas que había echado en falta. También un par de botellas de vino y seis latas de cerveza. Ya lo ordenaría todo más tarde. Ahora le apetecía poner música y leer un rato. Subió por la escalera de caracol, se dirigió al mueble donde estaba el aparato de música y rebuscó entre los discos. Se dio cuenta de que los gustos de Blas no coincidían con los suyos, pero, cuando ya iba a darse por vencido y sintonizar alguna emisora de radio, dio con un ejemplar de Songs From The Last Century. Lo reprodujo a partir del segundo corte, una irreconocible versión de Roxanne. El bajo dio paso a una big band que atacó el tema con cadencia de balada, llenando la casa con una atmósfera elegantemente melancólica.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas : Anroat, 2008

Juan Carlos Onetti – Dejemos hablar al viento

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El hombrecillo rubio y el ex marinero de la letra K tatuada en el antebrazo salieron de la habitación al paso lento que los dolores de éste último marcaban. El juego de vasos había quedado encima del ejemplar de Monroy de Dejemos hablar al viento, cuyo lomo presentaba la mancha de dos o tres salpicaduras, casi imperceptibles, de sangre.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008

Revuelto de puerros

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Procuró que el resto de la mañana fuese lo más agradable posible. Bajó a casa, se duchó y se cambió de ropa. Después, salió a la calle, compró la prensa y un paquete de cigarrillos. Dio un uso apropiado a ambos productos en el bar Casablanca hasta mediodía. Al volver a casa, telefoneó a Gloria para citarse con ella y fue a la cocina a preparar algo. Decidió que un revuelto de puerros y una ensalada eran una buena opción. Un almuerzo ligero era lo más apropiado para pasar dignamente aquella canícula que llevaba ya semanas caldeando la ciudad. Justamente al abrir el refrigerador, sonó el timbre.

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RAVELO, Alexis: Tres funerales para Eladio Monroy. Las Palmas : Anroart, 2011. p. 178

Una receta sencillita pero con la que te puedes complicar todo lo que quieras. Para muestra, te dejo con las explicaciones de David de Jorge, el famoso Robin Food.