Heisenberg

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 Dos cosas. La primera: ¿alguna vez has oído hablar de Heisenberg?

—¿El científico? Sí —respondió sorprendiendo al detective—. Un poco. Un tipo curioso: la incertidumbre y todo eso de que no podemos estar seguros de lo que vemos. Para alguien dedicado a la ciencia debía de ser muy frustrante comprobar que después de tanto trabajo y tanta investigación no llegaba a ninguna certeza.

—Para alguien dedicado a la ciencia… o a cualquier otra tarea —dijo Cupido.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Nunca lo había oído mencionar, pero anoche me hablaron de él. Heisenberg llegó a la conclusión de que los átomos se comportan de distinta forma cuando los iluminan en un laboratorio que cuando están en la sombra y nadie los observa.

—Como nosotros —murmuró el Alkalino.

—¿Sabes que era el científico que menos hacía el amor de todos los científicos?

—¿Bromeas?

—Cuando encontraba el momento no encontraba la posición, y cuando encontraba la posición no tenía energía. Esperando la continuación, el Alkalino esbozó una sonrisa que el dolor detuvo.

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FUENTES, Eugenio. Mistralia. Tusquets, 2015

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Pastel de puerros con gambas

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Así que llego a una hora discreta al restaurante del hotel donde tiene su cuartel general María Consuelo Marugán. Me siento al fondo, en una mesa desde la que puedo ver quién entra y sale y el rincón de la caja donde una empleada ordena los menús y cobra las facturas. Pido pastel de puerros con gambas y un lenguado. Agua mineral para beber. Cuando el somelier me llena la copa hasta donde debe estar llena una copa, la veo aparecer. La reconozco fácilmente por las fotografías de la ceremonia del entierro. Compruebo que tiene posiblemente los dos mejores pechos de todas las islas, grandes y hermosos como un anillo de Saturno, con dos intuidos satélites negros en el centro, y un trasero abastecido y redondo como rueda de ruleta que incita a apostar en él todas las fichas.

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FUENTES, Eugenio. El nacimiento de Cupido. Sevilla : Muñoz Moya y Montraveta, 1994.

 

Tagarote

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—¿Ves este ojo? —dice de repente señalando el párpado rasgado, el ojo galvanizado por la circuncisión de la rapaz—. Me lo dejó así un tagarote. Era mi ave favorita, una variedad de halcón que sólo existe en Canarias. Este año los han censado y ya sólo quedan diez parejas. Terminarán desapareciendo. Son demasiado impulsivos e independientes para sobrevivir.

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FUENTES, Eugenio. El nacimiento de Cupido. Sevilla : Muñoz Moya y Montraveta, 1994.

Barbary Falcon (Falco pelegrinoides), "El Rubicón" plains, Lanzarote

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Frank Vassen

Urogallo

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Me viene a la memoria aquel fin de semana en que Siro y yo subimos a Asturias con Tomás, otro compañero de cuartel. Nos convenció para ir a Somiedo, a la caza furtiva del urogallo. Sólo había una manera de conseguirlo: de noche, escondidos tras un haya, saltábamos hasta el siguiente en el mismo momento en que el ave emitía su canto, áspero como un mugido de toro. Cuando el urogallo canta, cierra ojos y oídos, se vuelve ciego y sordo, y así concede la única oportunidad para atraparlo. Poco a poco, guiados por su canto, nos fuimos acercando hasta él. Lo tuve unos segundos en el punto de mira y sé que no iba a fallar —yo era el mejor tirador de los tres—, pero no pude apretar el gatillo. Me moví para que escapara. El viejo entusiasmo ecológico pudo más que el instinto depredador. Luego, sin embargo, cazamos dos patos y, mientras amanecía, tiritando Siro bajo la humedad norteña, los asamos en una fogata entre dos rocas y los devoramos con la fruición salvaje del cazador que aún no conoce la agricultura. Aquel fin de semana comprendí que por la boca muere el pez y el ave. Y a veces, también el hombre. Ahora lo importante es callar.

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FUENTES, Eugenio. El nacimiento de Cupido. Sevilla : Muñoz Moya y Montraveta, 1994.

Capercaillie close-up

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Sami Nurmi

Frédéric Chopin – Nocturno nº 11

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Hoy no tengo ganas de tocar. Sin embargo, abro la partitura de una pieza que desde algún tiempo me gusta mucho, el nocturno n.° 11 de Chopin. Los acordes parecen los martillazos de un herrero, y no por el Petroff —otra vez me asombra que de un instrumento tan viejo surja un sonido tan limpio—, sino por la torpeza de mis dedos que chocan entre sí y se apiñan en las fermatas. Tengo que poner en marcha el metrónomo, muy lento, esperando que su tictac ordene el ritmo de las notas, que siguen saliendo planas, monocordes, llenas de grumos, con chimpún de pachanga. Es en vano y dejo el teclado que parece duro, como si el propio piano se resistiera a mi agresión.

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FUENTES, Eugenio. Las manos del pianista. Barcelona: Tusquets, 2003