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Miles Davis – Bitches Brew

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—Deja que yo me encargue.

—¿Qué dices?

—Que me dejes hacerlo a mí —dijo Frank.

«Estáis cagados de miedo, tíos. Os entrará pánico y arremeteréis contra él hasta no dejar nada. Si hay que hacerlo, dejadme que yo lo haga rápido y limpiamente. Se lo debo. Es mi amigo.»

Frank lo encontró en el dojo. En el equipo de música sonaba a todo volumen Bitches Brew, de Miles Davis. Frank entró y vio a Mac de pie sobre una pierna temblorosa y tirando patadas al saco con la otra. El saco apenas se movía. Mac ni siquiera se dio cuenta de que estaba allí.

Frank se acercó y le metió dos balas del 45 en la nuca. Después se fue a su casa, sacó del garaje su vieja tabla de surf larga y grande y la enceró bien; se fue al mar y dejó que las olas lo machacaran.

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WINSLOW, Don. El invierno de Frankie Machine. Madrid: Martínez Roca, 2010. p. 310

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The Beach Boys – Sloop John B

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Siempre parábamos para ver juntos la puesta del sol. Los amigos, las chicas y uno cumplíamos aquel ritual, todos reconocíamos —¿cómo llamarlo?— aquella maravilla. Unos cuantos momentos de calma y respeto, para ver cómo se hundía el sol detrás del horizonte, mientras el agua resplandecía, naranja, rosada y roja, y uno pensaba en lo afortunado que era. Incluso de chaval, ya sabías lo afortunado que eras por estar en aquel lugar en aquel momento y eras tan espabilado que ya te dabas cuenta de que más te valía disfrutarlo.

Cuando la última tajada de sol rojo desaparecía detrás del horizonte, reuníamos leña, hacíamos una hoguera y asábamos pescado, perritos calientes, hamburguesas o lo que pudiéramos improvisar, comíamos y nos sentábamos alrededor del fuego y alguien sacaba una guitarra y cantaba Sloop John B o Barbara Ann o alguna canción popular vieja y después, si tenías suerte, te alejabas discretamente del fuego con una manta y alguna de las chicas a darte el lote; ella olía a agua salada y a bronceador y a lo mejor te dejaba meterle la mano bajo el sujetador del biquini y no había nada como aquella sensación. Tal vez te pasaras la noche tumbado a su lado sobre la manta y, cuando te despertabas, bajabas a toda prisa a los muelles justo a tiempo para pillar el barco para ir a trabajar y empezar todo el proceso otra vez.

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WINSLOW, Don.  El invierno de Frankie Machine. Madrid : Martínez Roca, 2010. p. 18

Un poco de historia de Sloop John B 

The Beach Boys – Sloop John B

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The Surfaris – Wipeout

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Dicen que revives toda tu vida en un instante. Puede ser. Frank oye una canción: los Surfaris interpretando Wipeout.

Ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, a… Wipeout!

Aquella risa sarcástica y enloquecida; después, el famoso solo de batería; después, el riff de las guitarras, y otra vez la batería.

Lo escucha del principio al fin. Wipeout. Es uno de los nombres que dan los surfistas a una caída espectacular cuando montas una ola. En realidad, tienen como millones de expresiones, como darse un castañazo, un tortazo o un guarrazo, off the lip, estar en una lavadora.

A Frank ya le ha ocurrido eso de estar dando vueltas y más vueltas, preguntándote si vas a parar alguna vez, si alguna vez vas a salir a la superficie, si podrás contener la respiración el tiempo suficiente para volver a ver el maravilloso cielo.

Claro que aquello era el agua y esto es la tierra. Y árboles y piedras y maleza y los ruidos espantosos del metal al aplastarse contra todos ellos y después el ruido de un disparo; al principio, Frank piensa que es el golpe de gracia, pero, en realidad, lo que se dispara es la pólvora del airbag. La bolsa le golpea la cara de frente y después por los lados y el mundo se convierte en aquella almohada que cae, aquel trayecto que no tiene nada de divertido mientras el coche cae en picado desde el borde del cañón, restregándose contra todo lo que encuentra a su paso.

Precisamente el roce es lo que le salva la vida. El coche roza la rama de un árbol, que reduce su velocidad; roza después el borde de una roca, cae de lado por encima del borde de un barranco estrecho y se va deslizando hasta que finalmente se detiene contra un viejo roble de los postes.

El riff de las guitarras se desvanece.

Ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, ha, a… Wipeout!

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WINSLOW, Don. En: El invierno de Frankie Machine. Madrid: Martínez Roca, 2010. p. 352

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Calma, mucha calma, antes de la tempestad

A veces, y por mucho que nos documentemos o que intentemos entenderlo, las cosas que vemos en los telediarios y teleberris nos dejan con un nivel de perplejidad tan grande que intentar buscar sesudas explicaciones a determinados conflictos es perder el tiempo.

A mi eso me pasaba con las noticias que oía o leía de México y los problemas ocasionados por el narcotráfico. Tanta violencia se hace incomprensible…… hasta que te lees un libro como “El Poder del Perro”. Un libro que intenta novelar desde distintos puntos de vista y a través de la evolución en el tiempo de muchos personajes cómo se ha llegado al punto en el se encuentran ahora en la patria de Moctezuma.

Tenía curiosidad por ver cómo iba a salir del éxito de esta novela su autor, Don Winslow. Qué escribiría posteriormente. Y este libro, El invierno de Frankie Machine es la respuesta a aquellas preguntas.

Para empezar, hay que decir que aun cambiando el registro totalmente (el propio Winslow llegó a reconocer que “El poder” lo había dejado hecho añicos) vuelve a marcarse otra novela tremenda. Algo totalmente distinto a lo que habíamos leído anteriormente, pero escrito de una forma terriblemente cautivadora.

Porque El invierno es una novela que te engaña. Todo va suave, al ritmo de las olas del mar de California. Todo es, a su manera, de una elegancia entrañable: la propia vida de Frankie, con qué caballerosidad trata a su novia Donna, con qué cariño trata a su hija, con qué señorío cogen las olas esos señores que llegan a La hora de los caballeros, con qué tronío dirige su puesto de carnaza en el puerto…. Suave cadencia, tranquilidad, cuerpos tostándose al sol, tranquilos guitarreos de bandas de surferos….

Pero la cosa va cogiendo velocidad poco a poco y a través de distintos saltos en el tiempo iremos conociendo la cara B del viejo Frankie. A Frankie le han vendido. Se siente en peligro y siente en peligro el tranquilo mundo que tenía organizado. Es en ese momento cuando Frankie Machine tiene que dar lo mejor de sí mismo. Así mientras va avanzando en su investigación por la supervivencia iremos conociendo toda su historia con las viejas familias de la mafia de la costa californiana.

Dicen que Robert de Niro ha comprado los derechos de este libro y que él espera interpretar el papel de Frankie. Pues que hagan una gran peli, del estilo de Casino o Uno de los nuestros… porque la novela lo merece.  

 

Don Winslow

El invierno de Frankie Machine

Traducción de Alejandra Devoto

Martínez Roca, 2010

La imagen es del blog Cruce de Cables

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Spaghetti all’Amatriciana

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El local de Herbie era para mafiosos y punto.

Sea por el motivo que fuere, la cuestión es que el local de Herbie se convirtió en el lugar que solían frecuentar los mafiosos de California. Ya habían salido todos de chirona y estaban todos en Las Vegas, viviendo a lo grande de su porcentaje.

Mike había salido y se había trasladado a Las Vegas, pensando que tendría una gran oportunidad, y solía sentarse a la mesa con Peter Martini, alias Mouse Senior, que acababa de ser nombrado capo. El hermano de Peter, Carmen, solía estar allí también, lo mismo que su sobrino, Bobby, que cantaba en un club nocturno.

Y por supuesto estaba Herbie, que se sentaba a hacer sus crucigramas con Sherm Simon, en el rincón conocido como «el barrio judío».

Así que había un montón de tíos con los que andar por ahí y a veces Frank se sentaba a una de las mesas y prestaba atención a la sesión de chuminadas, aunque la mayoría de las veces se metía en la cocina y cocinaba. Se lo pasaba bien delante del fogón, escuchando a los mafiosos mientras improvisaba unos linguine con vongole y spaghetti all’amatriciana, el baccalà alla Bolognese y el polpo con limone e aglio. Era casi como en los viejos tiempos, cuando era niño y el barrio italiano de San Diego todavía seguía intacto y la gente aún cocinaba de verdad.

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WINSLOW, Don. En: El invierno de Frankie Machine. Madrid: Martínez Roca, 2010. p. 229

Receta Tradicional de Espaguetis a la Amatriciana (Spaghetti all’Amatriciana)


INGREDIENTES (4 pax)

  • 350gr de espaguetis100gr de panceta
  • 1/2kg de tomates
  • 1 guindilla roja
  • 1 cebolla
  • Aceite de oliva
  • Azúcar
  • Sal y pimienta
  • Queso pecorino para espolvorear

ELABORACIÓN

  1. Corta la panceta en trocitos pequeños.
  2. Dora la panceta en una sartén con muy poco aceite a fuego medio-alto.
  3. Pica la cebolla en trozos muy pequeños.
  4. Quítale las pepitas a la guindilla y córtala en trozos pequeños.
  5. Cuando la panceta esté dorada y empiece a estar crujiente añade la cebolla y póchala a fuego lento junto con la panceta.
  6. Pela los tomates, quítale las pepitas y córtalos en cuadrados (o tritúralos con la batidora).
  7. Añade los tomates a la cebolla y panceta.
  8. Ajusta de sal y pimienta.
  9. Añade una cucharadita de azúcar para contrarrestar la acidez del tomate.
  10. Deja que la salsa de tomate se haga a fuego lento durante 35-40 minutos. Si se seca demasiado  añade un poco (muy poco) de agua hirviendo.
  11. Pon una olla tapada con 1litro de agua a hervir. Cuando hierva añade una cucharada de sal y cuando vuelva a hervir los espaguetis.
  12. Cuece los espaguetis con la olla destapada según las instrucciones del fabricante.
  13. Cuando estén cocidos, escurre los espaguetis y mézclalos con la salsa de tomate que deberá estar caliente.
  14. Sírvelos inmediatamente.
  15. En la mesa, puedes rallarle un poco de queso pecorino.

TRUCOS, SUGERENCIAS, CONSEJOS…

  • Ajusta el nivel de picante del plato a tu gusto, no es necesario que uses toda la guindilla. También podrías sustituirla por pimienta de cayena.
  • Procura que los espaguetis no estén mucho tiempo cocinándose junto con el tomate, sólamente el tiempo justo para que se mezclen con la salsa. De lo contrario se cocerán demasiado.
  • Aunque lo más extendido es espolvorear queso pecorino, puedes usar cualquier otro tipo de queso.
  • En lugar de espaguetis, también está bastante extendido el comer los bucatini con la misma salsa.
  • No será lo mismo, pero puedes hacer la versión rápida de esta receta usando tomate frito, así te evitarás too el tiempo que se tarda en cocer el tomate.

La receta es del blog “Estoy hecho un cocinillas”

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La hora de los caballeros

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«Tal vez sea la tormenta —piensa—. Las tormentas hacen surgir los recuerdos, igual que dejan cosas flotando en la playa. Son cosas que uno piensa que han desaparecido para siempre hasta que, de repente, aparecen allí: descoloridas, gastadas, pero allí otra vez.»

Se sienta y trata de resolver el crucigrama mientras piensa en Herbie y espera la «hora de los caballeros».

La «hora de los caballeros» es un clásico en todos los lugares con buena ola de California. Comienza alrededor de las ocho y media o las nueve de la mañana, cuando los jovencitos con las tablas más rápidas se han marchado precipitadamente a sus trabajos diurnos y dejan el agua para los tíos con horarios más flexibles, con lo cual la zona de arranque se llena de médicos, abogados, inversores inmobiliarios, los primeros ejecutivos que han comprado empresas nacionales, algunos maestros jubilados; en resumen: caballeros.

Tienen más edad, evidentemente, y la mayoría llevan tablas largas y grandes y un estilo más directo, más pausado, menos competitivo y mucho más amable. Nadie tiene demasiada prisa y nadie se mete en la ola de otro ni se preocupa si no ha remontado ninguna ola. Todos saben que mañana habrá más olas y pasado mañana también y lo mismo al día siguiente. La verdad es que buena parte de la navegada consiste en esperar en la zona de arranque o incluso de pie en la playa, intercambiando mentiras sobre olas gigantes y revolcones violentos y contando anécdotas sobre los viejos tiempos, que van mejorando con cada nueva versión.

Deja que los chavales la llamen «la hora del geriátrico». ¡Qué sabrán ellos!

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WINSLOW, Don. En: El invierno de Frankie Machine. Madrid : Martínez Roca, 2010. p. 22

La imagen en Flickr es de A. Strakey

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