Buddy Knox – Party Doll

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Entró en la gasolinera. El gerente, que había sido un tipo fuerte y ahora sólo era un tipo gordo, estaba sentado en su escritorio; como siempre, sin hacer nada. En la radio sonaba Party Doll, con Buddy Knox y su suave forma de cantar, y con ese bonito solo de guitarra con ritmo de rock and roll que venía después. A Stewart le gustaba. No era Link, pero estaba bien.

—¿Podemos hablar? —preguntó Stewart.

—Adelante —dijo el gerente, sin mirarlo a los ojos.

—¿Cuándo me darás la oportunidad de arreglar coches?

—Cuando hagas el cursillo.

—Podría montar y desmontar un motor con los ojos cerrados.

—Bueno, tal vez puedas aprovechar ese don en un circo —observó el gerente—, pero el cartel de ahí fuera dice «mecánicos titulados». Si quieres trabajar de mecánico, nuestra empresa matriz exige que hagas el curso.

«Que le den por culo al curso —pensó Stewart—. No he estudiado desde que estuve en Montgomery Blair, cuando tenía dieciséis años. No necesitaba cursos entonces y, desde luego, no necesitaba terminar la secundaria. Para saber trabajar en un coche no hace falta sentarse en un aula.»

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PELECANOS, George. Revolución en las calles. Zeta bolsillo, 2005

Percy Sledge – Take Time to Know Her

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Willis estaba al volante, llenando el marco de la ventanilla con su gran cuerpo y siguiendo con la cabeza el ritmo de la nueva canción de Percy Sledge, Take Time to Know Her, que llegaba, débil y distorsionada, desde el altavoz instalado bajo el salpicadero.

—Percy suena bien en ésta —dijo Willis, un hombre de anchos hombros y musculosos brazos que habría sido atractivo de no haber tenido los dientes salidos.

—Cualquier idiota suena bien cuando estás colocado —dijo Dennis Strange.

Dennis prefería los nuevos sonidos que estaban llegando, como Sly and the Family Stone, los Chambers Brothers y ese tipo de gente. Le molaba el aspecto de esos tipos, que parecían capaces de hacer lo que les diera la gana sin importarles un carajo lo que pensara la gente. ¿Percy Sledge? Para Dennis, era uno de esos negratas anticuados y domesticados, un prisionero de la casa de discos. Llevaba esmoquin y aún se ponía gomina, pero eso último no se lo habría mencionado a su amigo Kenneth porque éste también se la ponía.

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PELECANOS, George. Revolución en las calles. Zeta bolsillo, 2005