R.E.M. – Losing My Religion

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Nos quedamos así un buen rato, sin mirarnos en ningún momento a la cara. Pensé sin que ella hubiera dicho u hecho nada, que de su mano parecía brotar una corriente pura de dolor.

—Hay un disco —dijo ella, volviéndose hacia mí sin previo aviso— que escucho a menudo desde hace años. No estoy segura de que sea beneficioso escucharlo. Pero lo hago a pesar de todo.

Yo también me volví.

—¿Qué disco?

Out of time, de los R.E.M. ¿Lo conoces?

Pues claro que lo conozco. ¿Con quién te crees que hablas, monja?

No lo dije así. Me limité a hacer un gesto con la cabeza para decir que sí, lo conozco.

—Hay una canción…

Losing my religión.

Entornó los párpados y después dijo que sí.

—¿Sabes qué significa Losing my religión?

—Al pie de la letra, “perdiendo mi religión”. ¿Significa alguna otra cosa? —pregunté.

Losing my religion es una expresion coloquial. Significa algo así como ya no poder más.

La mire sorprendido. Me habría esperado todo de ella menos algo como aquello. Aún la estaba mirando sin saber qué decir cuando su rostro se acercó más y más hasta que ya no conseguí distinguir los rasgos.

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CAROFIGLIO, Gianrico. Con los ojos cerrados. Ediciones Urano, 2007.

Leonard Cohen – Chelsea Hotel nº 2

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Me encontraba en medio de la no man’s land, en la frontera entre el barrio Libertà y el barrio San Girolamo cuando, en una callejuela lateral, en la plenitud de aquella oscuridad húmeda y algo sucia, vi un anuncio luminoso azul y rojo, similar a un viejo neón de los años cincuenta.

Se trataba de un bar, y parecía como si alguien lo hubiera arrojado allí, entre los hangares industriales, los talleres y la oscuridad, desde un lejano lugar y un tiempo igual de lejano.

El nombre del bar era Chelsea Hotel n.º 2, es decir el título de una de mis canciones preferidas, y desde el interior salía una luz verde y tenue, a causa de los cristales esmerilados verdes, precisamente, y gruesos.

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CAROFIGLIO, Gianrico. Las perfecciones provisionales. Madrid : La esfera de los libros, 2010

Green Day – Boulevard of broken dreams

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Salimos rápidamente a la carretera de circunvalación. Mientras enfilábamos la rampa, emergieron del lector de cedés las notas electrónicas de Boulevard of broken dreams, Green day.

Me dije que era un imbécil y un inconsciente, que tenía cuarenta años largos —muy largos— y que me estaba comportando como un irresponsable y también como un cabrón.

Ahora la acompañas a casa, te despides amablemente de ella y te vas a dormir.

—¿Vamos a dar una vuelta por algún sitio? —dije.

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CAROFIGLIO, Gianrico. Dudas razonables. Barcelona, Ediciones Urano, 2008. p. 84

KO

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—No hagas gilipolleces, Claudia. No hagamos gilipolleces.

Ella está sorda y avanza dos pasos hacia él. Es como si ni siquiera me hubiera visto, a pesar de que estoy muy cerca, a su izquierda.

No es que yo decida hacer lo que hago. Ocurre y se acabó. Ella no me ve y tampoco ve mi derechazo, que sale disparado y le golpea la barbilla de refilón. El más clásico de los golpes de K.O. Puedes ser el hombre más fuerte del mundo, pero si recibes un buen directo propinado de la manera adecuada en la punta de la barbilla, no hay nada que hacer. Se apaga la luz y se acabó. Es como una anestesia.

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CAROFIGLIO, Gianrico. Con los ojos cerrados. Ediciones Urano, 2007. p. 199

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons, es de Sidious Sid

Espaguetis con judías blancas al estilo Guido Guerrieri

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Me quité la chaqueta y los zapatos y me dirigí a la cocina para ver si tenía los ingredientes necesarios para lo que había pensado preparar: Judías blancas, romero, un par de cebollones, huevas prensadas de atún. Y espaguetis. Había de todo.

Ante de empezar fui a elegir la música. Tras pasarme un rato indeciso delante de la estantería, escogí las poesías de Yeats con música de Branduardi. Regresé a la cocina cuando ya estaba empezando a sonar la música.

Puse a hervir el agua para la pasta y le eché sal de inmediato. Una costumbre personal mía, porque, si no lo hago enseguida, se me olvida y la pasta me sale sosa.

Limpié los cebollones, los corté en rodajas finas y los puse a freír en la sartén con el aceite y el romero. Al cabo de cuatro o cinco minutos añadí las judías y una pizca de guindilla. Los dejé cocer mientras echaba en el agua doscientos gramos de espaguetis. Los escurrí cinco minutos después, porque a mí la pasta me gusta muy entera, y los salteé en la sartén con el condimento. Tras haberlo puesto todo en el plato, lo espolvoreé abundantemente (más de lo que exigía la receta) con las huevas de atún.

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CAROFIGLIO, Gianrico. En: Con los ojos cerrados. Barcelona, Ediciones Urano, 2007. p. 55

La imagen, en Flikr, es de rofi.

Rod Stewart – I don’t wanna talk about it

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Me quedé de piedra examinando aquellas palabras durante unos momentos y luego me dirigí hacia casa. Pasados unos minutos apagué el aire acondicionado y bajé las ventanillas. Se estaba levantando el mistral, que barría el aire húmedo.

No sabía si era aquel viento el que me provocaba escalofríos sobre la piel caliente por el sol mientras volvía a casa con las ventanillas bajadas. En los altavoces sonaba la voz de Rod Stewart, que cantaba I don’t wanna talk about it, y yo pensaba en las palabras de aquel mensaje y también en mucha más cosas.

No sé si era el viento el que me provocaba aquellos escalofríos sobre la piel.

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CAROFIGLIO, Gianrico. En: Testigo involuntario. Barcelona, Ediciones Urano, 2010. p. 239


Espaguetis “Humo en los ojos”

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Con cierta calma le dije que yo su cocina ya la había probado y que ahora, tanto si le gustaba como si no, le tocaba a ella probar la mía. Al entrar en mi casa había aceptado el riesgo. Si quería, podía quedarse conmigo en la cocina mientras yo preparaba los platos, pero le estaría absolutamente prohibido tocar nada.

En casa no es que hubiera demasiado y, bueno, me había pasado un poco al decir que tenía alimentos frescos en abundancia. En cualquier caso, disponía de lo necesario para preparar una de mis especialidadesd. Los espaguetis a la humo en los ojos. Una sobria alusión al hecho de que se trata de una receta en la que el cocinero —yo, en este caso concreto— intenta parecer más hábil de lo que es en realidad.

—Un plato de pasta. Es lo máximo que puedo producir sin previo aviso.

E incluso con previo aviso, si he de ser sincero. Pero eso no lo dije.

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Puse en una sartén ajo, aceite y guindilla. Mientras hervían los espaguetis, rallé queso de oveja pecorino, trituré un poco de albahaca, deshuesé y corté a trocitos unas aceitunas negras. Eché en la sartén la pasta muy al dente. Añadí el queso pecorino y todo lo demás.

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CAROFIGLIO, Gianrico. En: Dudas razonables. Barcelona, Ediciones Urano, 2008. p. 129