America – A Horse With No Name

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Ray accedió a internet y entró en una determinada web. Tecleó un nombre de usuario y una contraseña, clicó en algunas carpetas y luego le devolvió el portátil a Broome. Había ochenta y siete fotografías. Empezó por la última, la que Ray le había enviado de incógnito. Algo le llamó la atención de inmediato. Las primeras eran lo que podría definirse como paisajes pictóricos, con la excepción de que había algo en el encuadre que aportaba un matiz de melancolía. En la mayor parte de los casos, los paisajes te hacen anhelar los espacios amplios y la soledad. Pero estos eran adustos, solitarios, deprimentes… Aunque interesantes, ya que ese era claramente el estado de ánimo del fotógrafo en el momento de pulsar el disparador. Broome siguió clicando en las fotografías. Por algún motivo, le vino a la cabeza aquella estúpida estrofa de la canción A Horse With No Name: «Había plantas y pájaros y rocas y cosas». Eso venía a resumirlo todo. Broome había confiado en encontrar… ¿Qué, exactamente? Lo ignoraba. Pistas. Pero lo único que veía eran fotografías, tan anodinas como creativas y conmovedoras, del lugar en el que un hombre perdió el corazón y otros habían perdido… ¿Qué, una vez más?

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COBEN, Harlan. Quédate a mi lado. Barcelona : RBA, 2013

The Association – Windy

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Al cabo de un rato, los cuatro nos dejamos caer en los sofás, cerca de la antigua sección infantil. La cabeza me daba vueltas, y puede que me hubiera dormido un momento. Cuando me desperté, una de las rubias se puso a hablar conmigo.

—Me llamo Windy —dijo.

—¿Wendy?

—No, Windy. Con una i en lugar de la e.

Lo dijo como si lo hubiera explicado un millón de veces antes, lo cual supuse que sería cierto.

—¿Como la canción? —pregunté.

—¿Conoces la canción? —se sorprendió ella—. No parece que tengas edad para eso.

Everyone knows it’s Windy… —canté—. A mi padre le encantaban los Association.

—Vaya. A mi padre también. Por eso me llamaron así.

Para mi sorpresa, la charla se convirtió en una conversación de verdad. Windy tenía treinta y un años y trabajaba en un banco, pero estaba estudiando para obtener el diploma de enfermería pediátrica, que era lo que le gustaba de verdad, en un centro comunitario, no muy lejos de allí. Además, cuidaba a su hermano discapacitado.

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COBEN, Harlan. Seis años. Barcelona : RBA, 2015.

No es la primera vez que aparece esta canción en la Negra con puntillo. Puedes echarle un vistazo a esta entrada, El principio de incertidumbre de Heinsenberg, donde se hace referencia también a este tema al comentar la tercera temporda de Breaking Bad.

Neil Diamond – Girl, You’ll Be a Woman Soon

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Lorraine acabó de servir la cerveza y se fue paseando —ella nunca caminaba, sino que paseaba— hacia la esquina de la barra en la que guardaba el mejor material. Broome se removió un poco en el taburete. Había cola frente al bufet. Una auténtica cola para la comida. En el escenario, una chica bailaba con el entusiasmo propio de un paciente en coma. Sonaba por los altavoces la vieja canción de Neil Diamond Girl, You’ll Be a Woman Soon.

Lorraine le acercó un vaso:

—¿Qué puedo hacer por usted, señor inspector?

—¿No se te ocurre nada?

Lorraine arqueó una ceja.

—Supongo que no habrás vuelto para un segundo asalto.

—Ojalá.

—Embustero.

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COBEN, Harlan. Quédate a mi lado. Barcelona : RBA, 2013

The Police – Message in a Bottle

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No parecían peligrosos. Jeb llevaba un lazo y una americana esmoquin. Orville vestía al estilo Woodstock: cola de caballo, pelo facial desaliñado, gafas de sol oscuras y una camisa teñida a mano. Se quedaron en el coche observando a Myron.

Jeb se puso a cantar, como siempre, mezclando la letra inglesa con su versión española. En esta ocasión era «Message in a Bottle» de The Police.

«I hope that someone gets my, I hope that someone gets my, I hope that someone gets my, mensaje en una botella…»

—Me gusta ésa, tío —dijo Orville.

—Gracias, mi amigo.

—Tío, si fueras más joven podrías salir en American Idol. Esa cosa española. Les chiflarías. Incluso a ese juez Simon que lo detesta todo.

—Me encanta Simon.

—A mí también. El tío está que se sale.

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COBEN, Harlan. La promesa. Barcelona: RBA, 2010.

El lamento del soldado

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Broome identificó a Ray Levine de pie junto a la figura dominante del monumento: una estatua de cuatro metros de altura llamada El lamento del soldado, obra de Thomas Jay Warren y J. Tom Carrillo. El soldado en cuestión aparece arremangado y sostiene el casco en su mano derecha, pero lo que te llamaba la atención, lo que te hacía pensar, era el modo en que esa figura de bronce miraba hacia abajo, con evidente dolor, el montón de chapas militares que le cuelgan de la mano izquierda. Podías captar la devastación en su bello y gallardo rostro al contemplar las identificaciones de sus camaradas muertos, con el rifle todavía pegado a la espalda y la bayoneta en la cadera. Tras él, un grupo de soldados cansados parece materializarse en un muro de agua, mientras uno de ellos carga con un compañero herido o quizá muerto. Al lado, bajo una llama eterna, aparecen grabados los nombres de los 822 ciudadanos de Nueva Jersey caídos o desaparecidos en combate.

En entorno normal, el monumento resultaría sobrio y adecuado para la meditación, pero aquí, enclaustrado entre los desechos del paseo marítimo de Atlantic City, devenía hasta profundo. Durante un ratito, ambos hombres —Broome y Ray Levine— se quedaron allí de pie, contemplando las chapas que motivaban el lamento del soldado, enmudecidos.

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COBEN, Harlan. Quédate a mi lado. Barcelona : RBA, 2013

Andrew Gold – Lonely Boy

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Thrill lo miraba a la cara.

—¿Estas bien? —le preguntó.

—Muy bien. ¿Ahora qué hacemos?

—Supongo que pedir una copa

Pasaron cinco minutos. Lonely Boy sonó en la máquina de discos. Andrew Gold. Puro setenta. Chicles globos. Estribillo: “Oh, oh, oh… oh qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario”. Para el momento en que había sido repetido el estribillo ocho veces, Myron ya se lo sabía, así que comentó a cantarlo. Gran memoria. Quizá tendría que hacer algún anuncio en la televisión.

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COBEN, Harlan. El último detalle. Barcelona: RBA, 2010. p. 246

The Beach Boys – God Only Knows

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—Creía que traerías un apoyo —dijo Thrill.

—Así es.

—¿Dónde está?

—Si las cosas van bien, no lo verás.

—Qué misterioso.

—¿A que sí?

Entraron y fueron a un reservado en el fondo. Sí, los aspirantes a moteros. Montones de tipos que buscaban aquel aire de peludo-veterano-de-Vietnam-que-la-carretera-es-suya. En la máquina de discos sonaba God Only Knows (What I’d Be Without You) de los Beach Boys, pero diferente a todo lo demás que hicieron los Beach Boys. La canción era un sollozo lastimero, y a pesar de todos sus recelos hacia el pop, a Myron siempre le llegaba hasta la médula, la inquietud de lo que el futuro podía deparar tan desnuda en la voz de Brian, las palabras tan inquietantemente simple. En particular ahora.

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COBEN, Harlan. El último detalle. Barcelona: RBA, 2010. p. 245