Grace Kelly – Somewhere Over the Rainbow

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De camino al Edificio de Administración de la Policía paró en el Blue Whale para ver quién estaba tocando y quién vendría ese mes, y le sorprendió gratamente ver a Grace Kelly en el escenario con un cuarteto. Grace era una joven saxofonista de sonido poderoso. También cantaba. Bosch llevaba algunos de sus temas en el móvil y en ocasiones pensaba que Kelly estaba canalizando al difunto Frank Morgan, uno de sus saxofonistas favoritos. Pero nunca la había visto tocar en directo, así que pagó la entrada, pidió otra cerveza y se sentó al fondo de la sala, con el maletín en el suelo entre sus pies.

Disfrutó del concierto, sobre todo del juego entre Grace y su sección rítmica. Grace terminó con un solo que se clavó profundamente en el corazón de Bosch. La canción era Somewhere Over the Rainbow, y Grace sacó del saxo un sonido que ninguna voz humana podría igualar. Era quejumbroso y triste, pero venía acompañado de una ola innegable de esperanza subyacente. Hizo que Bosch pensara que todavía tenía alguna oportunidad, que podía todavía encontrar lo que estaba buscando, sin que importara el poco tiempo que le quedara.

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CONNELLY, Michael. La habitación en llamas. Alianza editorial, 2017

 

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Wynton Marsalis – The Majesty Of The Blues

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Satisfecho de que su corazonada de que Ellis podría intentar algo contra él era equivocada, Bosch empezó a relajarse. Encendió las luces de la sala y fue al equipo de música. Lo puso en marcha y colocó la aguja en el álbum que ya estaba puesto en el tocadiscos. Ni siquiera miró cuál era. Dejó su pistola en el receptor estéreo, se quitó la chaqueta y la lanzó al sofá. Estaba exhausto de un día largo y tenso, pero demasiado acelerado para dormir. Los primeros compases de trompeta se alzaron desde los altavoces y Bosch supo que era Wynton Marsalis tocando The Majesty of the Blues, una vieja grabación que había comprado recientemente en vinilo. La canción parecía apropiada para el momento. Abrió la corredera y salió a la terraza de atrás.

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CONNELLY, Michael. Del otro lado. Alianza, 2016

Cab Caloway – Everybody That Comes to My Place Has to Eat

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El alquiler que la pobre mujer pagaba por el apartamento de Cerrone servía básicamente para financiar las facturas de lencería de las putas de Cerrone. Bosch sintió rabia, pero tuvo una idea. Los apartamentos Grandview eran el ideal último de California. El edificio, construido junto a unos grandes almacenes, permitía a sus inquilinos acceder directamente al centro comercial desde su apartamento, eliminando de este modo el que hasta este momento es el terreno propicio para toda la cultura e interacción del sur de California: el coche. Bosch aparcó en el garaje del centro comercial y accedió al vestíbulo exterior a través de la entrada trasera. Era todo de mármol italiano, con un gran piano en el centro que tocaba solo. Bosch reconoció la canción. Era un estándar de Cab Calloway: Everybody That Comes to My Place Has to Eat.

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CONNELLY, Michael. La rubia de hormigón. Barcelona: Roca bolsillo, 2011.

George Cables – Helen’s song

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 —Felicidades, papá.

Bosch levantó la botella de cerveza, ya casi vacía.

—Por la buena comida y por la buena música. Y, sobre todo, por la buena compañía.

La copa tintineó al chocar contra la botella.

—Hay más cerveza en la nevera, por si te apetece —dijo ella.

—Ya. ¿Y de dónde la has sacado?

—No te preocupes por eso. Tengo mis métodos.

Maddie entrecerró los ojos remedando una expresión de conspiradora.

—Eso es lo que me preocupa.

—Papá, no empecemos. ¿Es que no puedes disfrutar de la cena que te acabo de preparar?

Bosch asintió con la cabeza, dejando correr el asunto… Por el momento.

—Sí, claro. Se puso a comer. Advirtió que en el equipo de sonido estaba sonando Helen’s Song. Se trataba de una canción maravillosa, y uno podía sentir el amor que George Cables había puesto en ella. Bosch siempre había pensado en la tal Helen como en una esposa o una compañera especial del músico.

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CONNELLY, Michael. La caja negra. Barcelona : RBA, 2012

Abismo

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—Las pruebas demostrarán, damas y caballeros, que el detective Bosch es un producto de su departamento —dijo Chandler—, una máquina insensible y arrogante que dispensaba justicia según él la veía. Se les pide que se pregunten si es eso lo que queremos de nuestro departamento de policía. Se les pide que enmienden un error para proporcionar justicia a una familia cuyo padre y marido les fue arrebatado.

»Para terminar me gustaría citar a un filósofo alemán llamado Friedrich Nietzsche, quien hace más o menos un siglo escribió algo que creo que guarda relación con lo que estamos haciendo hoy aquí. Nietzsche dijo: “Si luchas contra monstruos, tú serás uno de ellos. Si miras al abismo, el abismo te devolverá la mirada…”

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CONNELLY, Michael. La rubia de hormigón. Barcelona: Roca bolsillo, 2011. p. 40

La imagen, en Flickr, es de kinojam

John Coltrane – Spiritual

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Bosch abrió la última tarjeta lenta y cuidadosamente. Al igual que las anteriores, sabía perfectamente quién se la enviaba; en este caso el sobre llevaba el matasellos de Tehachapi, lo cual no dejaba lugar a dudas. Al sacar la felicitación, Bosch vio un dibujo algo borroso de un belén, impreso manualmente en papel reciclado de la misma prisión. Su remitente era una mujer con quién el detective había pasado una sola noche pero en quién pensaba casi todas las noches. Ella también le pedía que la viniera a ver, aunque los dos eran conscientes de que él no lo haría.

Al son de Spiritual de Coltrane ‑grabada en directo en el Village Vanguard de Nueva York, cuando Harry era todavía un niño‑, Bosch tomó un sorbito de vino y comenzó a fumarse un cigarrillo. Y justo en ese momento oyó algo raro por la radio de la policía, que seguía encendida en una mesa junto al televisor. Hacía tanto tiempo que aquélla se había convertido en su música de fondo que era capaz de olvidar las voces, concentrarse en el sonido del saxofón, y al mismo tiempo captar palabras y códigos poco frecuentes. En esa ocasión la voz dijo:

—Uno ka doce, Número dos necesita vuestra veinte.

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 CONNELLY, Michael. Hielo negro. Barcelona: Roca bolsillo, 2010. p. 9

Chinacienta

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Por el camino, Chu fue el primero en hablar y explicó que la señora Li había firmado su declaración y no había añadido nada a ella. No había reconocido al hombre del vídeo de seguridad y aseguró no saber nada sobre los pagos a la tríada. Bosch explicó entonces la escasa información que había recabado de Mia-ling Li y preguntó a Chu qué sabía de la tradición de mantener a una hija adulta en casa para cuidar de los padres.

— Es una chinacienta — dijo Chu —. Se queda en casa y se ocupa de cocinar y limpiar, casi como una criada de sus padres.

— ¿No quieren que se case y se vaya de casa?

— Ni hablar, es mano de obra gratuita. ¿Por qué iban a querer que se casara? Entonces tendrían que contratar a una criada, un cocinero y un chófer. Así lo tienen todo sin tener que pagar.

Bosch condujo en silencio durante un rato después de eso, pensando en la vida que le tocaba vivir a Mia-ling Li. No creía que cambiara nada tras la muerte de su padre: todavía tenía que ocuparse de su madre.

Recordó algo relacionado con el caso y volvió a hablar.

— Dijo que la familia probablemente cerraría la tienda y se quedaría sólo con la del valle.

— De todos modos no ganaban nada — dijo Chu —. Puede que logren vendérsela a alguien de la comunidad y saquen algo de dinero.

— No es mucho después de casi treinta años aquí.

— La historia del inmigrante chino no siempre es una historia feliz — dijo Chu.

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CONNELLY, Michael. En: Nueve Dragones. Barcelona: Roca editorial, 2010. p. 55

 

La imagen, en Flickr, es de Chesi – Fotos CC