Archivo de la etiqueta: Jack McEvoy

The Doors – The end

(…)

Carver esperaba en la oscuridad. Su cabeza era un revoltijo de pensamientos. Tantos, que no estaba seguro de cuáles eran recuerdos auténticos y cuáles inventados.

Se filtraban en su mente como el humo. Nada permanecía. No había nada a lo que pudiera asirse.

A veces oía voces, pero no podía distinguirlas con claridad. Eran como conversaciones musitadas por todas partes a su alrededor. Pero nadie hablaba con él, solo a su alrededor. Cuando hacía preguntas, nadie le contestaba.

Tenía su música, y eso era lo único que lo salvaba. La oía e intentaba cantar al compás, pero las más de las veces no tenía voz y tenía que contentarse con tararear. Se iba quedando atrás.

This is the end… beautiful friend, the end…

Creía que la voz que cantaba era la de su padre. El padre al que no había conocido nunca, que venía a él por la gracia de la música.

Como en la Iglesia.

Sentía un dolor horrible. Como si llevara un hacha clavada en el centro de la frente. Era un dolor implacable. Esperaba que alguien lo detuviera, que alguien lo salvara de eso. Pero nadie acudía. Nadie lo oía.

Esperaba en la oscuridad.

(…)

CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011.

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Jirafas

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Rachel daba la impresión de que tenía algo más que decir, pero se detuvo. Esperé, pero ella no continuó.

—¿Qué? —dije—. Sabes más de lo que estás diciendo.

Dejó de lado las dudas.

—Cuando trabajaba en Ciencias del Comportamiento, la unidad estaba en sus inicios. Los especialistas en realizar perfiles, profilers se llaman, se sentaban y hablaban de la correlación entre los depredadores que cazábamos y los depredadores en un entorno salvaje. Te sorprendería lo similar que es un asesino en serie a un leopardo o un chacal. Y lo mismo se dice de las víctimas. De hecho, cuando se trata de tipos corporales, solemos asignar a las víctimas nombres de animales. A estas dos mujeres las llamaríamos jirafas: altas y de piernas largas. A nuestro depredador le gustan las jirafas.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011. p. 160

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons, es de ememoreno

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Monedas

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Prendo siempre era generoso dándome cuerda. Ahora ya no importaba, pero antes de que me comunicaran que prescindían de mis servicios siempre había adoptado una posición no intervencionista. Nos llevábamos bien, aunque tampoco era ningún incauto. Tenía que darle explicaciones del uso de mi tiempo y de lo que estaba persiguiendo, pero siempre me daba la ocasión de elaborarlo antes de ponerlo al corriente.

Me alejé de la Balsa en dirección a la zona de ascensores.

—¿Tienes monedas? —me preguntó Prendergast desde atrás. Le hice una seña por encima de la cabeza sin volverme. Prendergast siempre me decía eso cuando yo salía de la redacción a investigar un artículo. Era una frase de Chinatown. Ya no usaba teléfonos públicos (ningún periodista lo hacía), pero la idea era clara: mantente en contacto.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011. p. 44

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons, es de Fernando Rossi

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Bala única

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Rachel me miró con una media sonrisa.

—¿Qué, ahora tú eres el profiler?

—No, solo quiero saber en qué estás pensando.

—Para ser sincera, estaba pensando en algo que dijo un hombre con el que estuve hace un par de años. Teníamos… eh… una relación de esas que no van a ninguna parte. Yo empecé con mis propias obsesiones y sabía que él todavía estaba colgado de su exesposa, aunque vivía a quince mil kilómetros de distancia. Cuando hablamos de ello, me comentó la teoría de la bala única. ¿Sabes lo que es eso?

—¿Lo del asesinato de Kennedy?

Rachel simuló que me daba un puñetazo en el pecho.

—No, sobre el amor de tu vida. Todo e mundo tiene una persona por ahí, una bala. Y si tienes suerte en la vida, conoces a esa persona. Y una vez que lo haces, una vez te disparan en el corazón, entonces no hay nadie más. No importa lo que ocurra (muerte, divorcio, infidelidad, lo que sea), nadie más puede volver a acercarse. Esa es la teoría de la bala única.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011. p. 173

La imagen, en Flickr, es de xapaburu

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Eric Clapton – Somewhere over the Rainbow

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Como cabía esperar, mi segmento en el programa matinal no llegó hasta la segunda hora. Durante cuarenta y cinco minutos esperé sentado en un estudio pequeño y oscuro mientras miraba la primera mitad del programa en la pantalla de la cámara. Uno de los reportajes era sobre Crossroad, el centro de rehabilitación de drogodependientes que Eric Clapton había fundado en el Caribe. El segmento terminó con imágenes de un concierto de Clapton con una versión muy soul y con un toque de blues de Somewhere over the Rainbow. El tema era maravillosamente conmovedor y cargado de esperanza en relación al reportaje, pero un anuncio lo interrumpió.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011. p. 247

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El espantapájaros

A poco que visites estas páginas de vez en cuando te habrás dado cuenta de que soy un gran fan de Michael Connelly, diría que de todo lo que escriba este hombre incluyendo la saga de su personaje más conocido, el detective angelino Harry Bosch.

Y me ha sorprendido un poco la poca repercusión que ha tenido entre la marea negra la última novela que se ha publicado de Connelly por estos lares, La oscuridad de los sueños. Puede ser que la gran cantidad de títulos negrocriminales la hayan relegado a un lugar secundario, quizá el que este autor publique tanto, vaya usted a saber si será porque el libro no lo protagonizaba Bosch…..

Porque esta novela no está protagonizada ni por su detective estrella ni por el abogado que últimamente colma la atención de su autor, el abogado del Lincoln, Michael Haller, sino que Connelly recupera a uno de sus primeros personajes; alguien que ya protagonizó hace años “El poeta”, y que de manera tangencial ha aparecido en alguna otra aventura, el periodista Jack McEvoy. El plumilla contará además con la inestimable ayuda de otro personaje mítico de Connelly, la investigadora del FBI Rachel Walling.

A mi me ha gustado bastante esta novela. Para empezar, porque es una historia muy entretenida que como es habitual en Connelly va a ir muy pegada a la actualidad, y es por eso que tendrá su importancia tanto la crisis de los periódicos como medio de comunicación tradicional, como el uso de las nuevas tecnologías, en este caso en su vertiente más cabrona, la que supone que el que controla la tecnología tenga la capacidad y el poder de joderte la existencia.

 Pero personajes que están como un cencerro al margen, me ha encantado ver que Connelly disfruta contándonos las anécdotas y los entresijos de un periódico, como cuando él mismo trabajaba en el Times. Es un tanto extraño que este prolífico autor se haya tenido que trabajar las comisarías para conocer la cara B de las comisarías y el lado oscuro de los investigadores o los juzgados para contarnos las triquiñuelas que utiliza su abogado y no haya aprovechado más y mejor sus amplios conocimientos del mundo del periodísticos para darle más empaque y protagonismo a su periodista preferido. Pero bueno, doctores tiene…

Y no te cuento nada más. Te dejo con La oscuridad de los sueños, titulada originalmente “El espantapájaros”, un título mucho menos poético pero más descriptivo de lo que te vas a encontrar entre las páginas de esta obra. Una novela negra protagonizada por un periodista y una investigadora del FBI escrita con mucho oficio, muy entretenida, y con varios temas que trasversalizan la novela como la crisis económica, el caos reinante en los medios de comunicación, la privacidad en internet…. y hasta la historia de la bala única, de la que no te voy a contar nada para ver si picas y te lees el libro.

 Bang!.

Michael Connelly

La oscuridad de los sueños

Título original: The Scarecrow

Traducción de Javier Guerrero

Roca editorial, 2011

(Roca Criminal)

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Coche bomba irlandés

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Cerré el teléfono, agradecido de que algún político de Washington me hubiera salvado de un mayor sonrojo al discutir mi vida con mi exmujer, cuya carrera iba ascendiendo día a día mientras que la mía se hundía como el sol sobre el paisaje brumoso de Hollywood. Al volver a guardarme el móvil en el bolsillo, me pregunté si no se habría inventado lo de la llamada para terminar ella misma con mi bochorno.

Volví al bar y decidí ir en serio: pedí un coche bomba irlandés. Me lo tragué deprisa y el Jameson me quemó como aceite hirviendo en la garganta. Me puse taciturno viendo el principio del partido de los Dodgers contra los odiados Giants y cómo nos machacaban en la primera entrada.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011. p. 32

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