Archivo de la etiqueta: Jo Nesbo

George Michael – I’m Never Gonna Dance Again

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—¿Qué ha pasado con tu taxista? —preguntó Katrine.

—¿Øystein? Le han echado.

—¿Por tu culpa?

—Para nada. Fue el dueño del taxi. Hubo un incidente.

Katrine asintió. Se acordó de Øystein Eikeland, un saco de huesos con el pelo largo y dientes de yonqui, voz de borracho aficionado al whisky y pinta de tener setenta años, pero que era amigo de la infancia de Harry. Uno de los dos que tenía, según él. El otro se llamaba Tresko y era, si cabe, un tipo más raro todavía. Un oficinista gordo y desagradable que por las noches se transformaba en un Mr. Hyde del póquer.

—¿Qué pasó? —preguntó Katrine.

—Mmm… ¿Quieres saberlo? —La verdad es que no, pero suéltalo.

—Øystein no soporta la zampoña.

—No, claro. Ni él ni nadie.

—Así que le sale una carrera larga, a Trondheim, con un tipo que solo puede viajar en taxi porque le tiene pavor al avión y al tren. Resulta que el tipo también tiene problemas para controlar su ira, y lleva con él un cedé de versiones de viejos éxitos pop interpretados con zampoña que debe escuchar mientras hace ejercicios respiratorios para no perder los nervios. Y en medio de la noche, en la meseta de Dovre, cuando suena por sexta vez la versión en zampoña de «I’m Never Gonna Dance Again», Øystein saca el cedé, abre la ventanilla y lo tira. Estalla una trifulca.

—Me encanta la palabra «trifulca». Y esa canción ya era bastante horrible cuando la cantaba George Michael.

—Al final Øystein consigue echar al tío del coche de una patada.

—¿En marcha?

—No, pero sí en medio de la meseta de Dovre, en plena noche, a veinte kilómetros de la casa más cercana. Øystein alegó en su defensa que estaban en julio, que no habían anunciado lluvias y que era imposible que el tipo también le tuviera fobia a caminar.

Katrine se rió con ganas.

—¿Y ahora está en el paro? Deberías contratarle como chófer particular.

—Intenté encontrarle un trabajo, pero Øystein está, por citar sus propias palabras, diseñado para el paro.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

 

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Joy Division – Transmission

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Después de dejar a Søs en el apartamento de Sognsvann, Harry bajó al centro, donde siguió conduciendo, avanzando por los meandros de calles de dirección única, de calles en obras, de calles sin salida. Cruzó calles de putas, calles de tiendas, calles de droga, y hasta que no llegó y tuvo la ciudad a sus pies, no comprendió que iba rumbo a los búnkeres alemanes. Llamó a Øystein, que se presentó a los diez minutos, aparcó el taxi al lado de su coche, dejó la puerta entornada, subió el volumen de la música, trepó al muro y se sentó al lado de Harry.

—Coma —dijo Harry—. No estoy muy seguro de que sea tan malo. ¿Tienes un cigarrillo?

Se quedaron allí escuchando a Joy Division. «Transmission.» Ian Curtis. A Øystein siempre le habían gustado los cantantes que morían jóvenes.

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NESBO, Jo. El leopardo. Random House, 2014

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Man on the Moon

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—Esto es diferente, Harry. A principios de año hubo unos cuantos asesinatos relacionados con la droga. Un tipo de violencia que no habíamos visto hasta ahora. Y nadie dice nada. Encontraron a dos camellos vietnamitas colgados por los pies en una viga en el apartamento donde vendían la mercancía. Ahogados. Les habían atado a la cabeza una bolsa de plástico llena de agua.

—No es un método árabe, es ruso.

—¿Perdona?

—Los cuelgan por los pies, les atan una bolsa de plástico alrededor de la cabeza, pinchan un agujero en la bolsa a la altura del cuello para que puedan respirar y empiezan a echarles agua por las plantas de los pies. El agua va chorreando por el cuerpo hasta llegar a la bolsa, que va llenándose muy despacio. Se llama Man On The Moon.

—¿Y tú cómo sabes eso? Harry se encogió de hombros.

—Hubo un líder kirguiso, un multimillonario, que se llamaba Byráiev y que en los años ochenta se hizo con uno de los trajes espaciales del Apolo 11. Dos millones de dólares en el mercado negro. Todo aquel que intentaba engañar a Byráiev o que no le pagaba las deudas, acababa dentro del traje. Grababan la cara del desgraciado mientras iban vertiendo el agua. Después, enviaban el vídeo a los siguientes deudores cuyos plazos estaban a punto de vencer. Harry echó el humo hacia el cielo. Beate lo miró y meneó despacio la cabeza.

—¿A qué te dedicabas realmente en Hong Kong, Harry?

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NESBO, Jo. Fantasma. Random House, 2015

MinAstronauta

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Tom B

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Deep Purple – Speed King

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 Harry entró en el apartamento. Le dio al interruptor y comprobó que aún no le habían cortado la luz. Se quitó el abrigo, entró en el salón, puso a Deep Purple, su grupo favorito en la categoría «involuntariamente cómico pero fenomenal de todos modos». «Speed King», con Ian Paice a la batería. Se sentó en el sofá y se presionó las sienes con las yemas de los dedos. Los sabuesos tiraban de las cadenas. Aullaban, gruñían, mordían; le clavaban los dientes y le despedazaban las entrañas. Si los dejaba sueltos esta vez, no habría vuelta atrás. Esta vez no. Antes siempre tenía alguna razón lo bastante buena para parar una vez más. Rakel, Oleg, el trabajo, incluso su padre. Ya no le quedaba ninguna de esas razones. No podía suceder. El alcohol, no. Así que necesitaba una euforia sustituta. Una euforia que sí pudiera controlar. Gracias, Kaja. ¿Si se avergonzaba? Por supuesto que se avergonzaba. Pero el orgullo era un lujo que uno no siempre podía permitirse.

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NESBO, Jo. El leopardo. Barcelona : Random House, 2014

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Miles Davis – Kind Of Blues

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 Harry cerró el grifo. Notaba en las rodillas la puerta del armario de debajo del fregadero. Jim Beam susurraba su nombre desde el interior.

Se puso un pantalón y una camiseta, fue al salón y puso Kind of Blues, de Miles Davis. Era el original, en el que no habían compensado el que la grabadora del estudio fuera un pelín lenta y todo el disco resultara en una dislocación imperceptible de la realidad. Estuvo escuchando un rato antes de subir el volumen para acallar los susurros de la cocina. Cerró los ojos.

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NESBO, Jo. El leopardo. Barcelona : Random House, 2014

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Patibularias

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—Quiero decir, ¿es posible que alguno de ellos se moviera después del disparo, con convulsiones o algo parecido?

El médico se colocó las gafas, comprobó que las tenía bien puestas y se las volvió a quitar.

—No.

—He leído que durante la Revolución francesa, antes de la guillotina, cuando todavía decapitaban a la gente manualmente, los condenados a muerte eran informados de que a veces el verdugo fallaba y, si eran capaces de levantarse y bajar del patíbulo, quedarían en libertad. Se dice que unos cuantos lograron levantarse sin cabeza y pudieron dar varios pasos antes de desplomarse en el suelo, para gran regocijo del público, claro está. Si no recuerdo mal, un científico explicó que el cerebro puede preprogramarse hasta cierto punto y los músculos pueden seguir trabajando un buen rato si el corazón ha recibido grandes cantidades de adrenalina justo antes del momento de la decapitación. Al parecer, es lo que les ocurre a las gallinas cuando se les corta la cabeza.

El forense sonrió con sorna.

—Muy gracioso, inspector. Pero me temo que se trata de leyendas urbanas.

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NESBO, Jo. Cucarachas. Barcelona : Penguin Random House, 2015

playmobil executioner

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de William Clifford

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Espen Lin – When Susannah Cries

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Harry la agarró del brazo y la ayudó a bajar las escaleras del restaurante. Le dio la dirección al taxista junto con un billete de cinco dólares, pidiéndole que se asegurara de que entraba en su casa. Probablemente no entendiera gran cosa de lo que le decía Harry, pero pareció comprender a qué se refería.

Entró en un bar de Soi 2, en la parte baja de Silom. La barra estaba prácticamente vacía y en el escenario había dos gogós a las que nadie había comprado para pasar la noche. Tampoco parecían tener muchas esperanzas de que alguien lo hiciera. Era como si estuvieran fregando platos, sacudiendo las piernas por cumplido mientras sus pechos se mecían arriba y abajo al compás de «When Susannah Cries». Harry no estaba seguro de qué le resultaba más triste.

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NESBO, Jo. Cucarachas. Barcelona : Penguin Random House, 2015

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