Omega Seamaster

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El secretario general se miró el reloj. Mikael se fijó en que era un Omega Seamaster, poco práctico por lo mucho que pesaba. Te convierte en víctima de atraco en cualquier ciudad del tercer mundo. Si te lo dejas quitado más de veinticuatro horas se para, y luego hay que darle vueltas y más vueltas al botoncito para ponerlo en hora, pero si te olvidas de apretar el botoncito hacia dentro y luego te tiras de cabeza a tu piscina, el reloj se estropea y la reparación cuesta lo mismo que cuatro relojes de calidad nuevos. En definitiva: tenía que hacerse con uno fuera como fuese.

—Pero, como hemos dicho, estamos valorando a varios candidatos. Ser ministro de Justicia es un cargo de mucho peso, y no voy a ocultar que el camino es un poco más largo para alguien que no ha hecho carrera política.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La Imagen, con licencia Creative Commons es de Wikimedia Commons

Big Star – O My Soul

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El teléfono, los primeros compases de «O My Soul» de Big Star, interrumpió sus pensamientos. Por supuesto, había sido Bjørn quien se lo había bajado después de explicarle con mucha pasión la grandeza de esta banda setentera de los estados del Sur, además de quejarse de que el documental de Netflix le había privado de su labor misionera de muchos años: «Que les den, gran parte del placer que proporcionan las bandas desconocidas es precisamente eso, que son desconocidas». Bjørn tendría que madurar bastante para parecer adulto.

Contestó la llamada.

—Sí, Gunnar.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

Ohaguro

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—No lo sabemos con seguridad. Partimos de las marcas que dejó en la víctima, óxido y restos de pintura negra.

—¡Ajá! —exclamó Smith—. Entonces tenemos que irnos a Japón.

—¿Ah, sí? —dijo Bratt acercándose el teléfono a la oreja.

—Tal vez hayas visto a mujeres japonesas con los dientes teñidos de negro. ¿No? Bueno. Pues se trata de una tradición llamada ohaguro. Quiere decir «la oscuridad tras la puesta de sol» y se inició en el periodo Heian, más o menos en el siglo VII después de Cristo. Y… eh… ¿sigo?

La mujer le indicó que sí moviendo la mano.

—Cuentan que en la Edad Media había un guerrero mongol del norte que hacía que sus soldados llevaran dentaduras de hierro pintadas de negro. Los dientes eran sobre todo para dar miedo, pero se podían usar en los combates cuerpo a cuerpo. Si estaban enzarzados de forma que no servían ni armas ni golpes ni patadas, los dientes podían utilizarse para desgarrar la garganta del enemigo.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons.

 

 

George Michael – I’m Never Gonna Dance Again

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—¿Qué ha pasado con tu taxista? —preguntó Katrine.

—¿Øystein? Le han echado.

—¿Por tu culpa?

—Para nada. Fue el dueño del taxi. Hubo un incidente.

Katrine asintió. Se acordó de Øystein Eikeland, un saco de huesos con el pelo largo y dientes de yonqui, voz de borracho aficionado al whisky y pinta de tener setenta años, pero que era amigo de la infancia de Harry. Uno de los dos que tenía, según él. El otro se llamaba Tresko y era, si cabe, un tipo más raro todavía. Un oficinista gordo y desagradable que por las noches se transformaba en un Mr. Hyde del póquer.

—¿Qué pasó? —preguntó Katrine.

—Mmm… ¿Quieres saberlo? —La verdad es que no, pero suéltalo.

—Øystein no soporta la zampoña.

—No, claro. Ni él ni nadie.

—Así que le sale una carrera larga, a Trondheim, con un tipo que solo puede viajar en taxi porque le tiene pavor al avión y al tren. Resulta que el tipo también tiene problemas para controlar su ira, y lleva con él un cedé de versiones de viejos éxitos pop interpretados con zampoña que debe escuchar mientras hace ejercicios respiratorios para no perder los nervios. Y en medio de la noche, en la meseta de Dovre, cuando suena por sexta vez la versión en zampoña de «I’m Never Gonna Dance Again», Øystein saca el cedé, abre la ventanilla y lo tira. Estalla una trifulca.

—Me encanta la palabra «trifulca». Y esa canción ya era bastante horrible cuando la cantaba George Michael.

—Al final Øystein consigue echar al tío del coche de una patada.

—¿En marcha?

—No, pero sí en medio de la meseta de Dovre, en plena noche, a veinte kilómetros de la casa más cercana. Øystein alegó en su defensa que estaban en julio, que no habían anunciado lluvias y que era imposible que el tipo también le tuviera fobia a caminar.

Katrine se rió con ganas.

—¿Y ahora está en el paro? Deberías contratarle como chófer particular.

—Intenté encontrarle un trabajo, pero Øystein está, por citar sus propias palabras, diseñado para el paro.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

 

Joy Division – Transmission

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Después de dejar a Søs en el apartamento de Sognsvann, Harry bajó al centro, donde siguió conduciendo, avanzando por los meandros de calles de dirección única, de calles en obras, de calles sin salida. Cruzó calles de putas, calles de tiendas, calles de droga, y hasta que no llegó y tuvo la ciudad a sus pies, no comprendió que iba rumbo a los búnkeres alemanes. Llamó a Øystein, que se presentó a los diez minutos, aparcó el taxi al lado de su coche, dejó la puerta entornada, subió el volumen de la música, trepó al muro y se sentó al lado de Harry.

—Coma —dijo Harry—. No estoy muy seguro de que sea tan malo. ¿Tienes un cigarrillo?

Se quedaron allí escuchando a Joy Division. «Transmission.» Ian Curtis. A Øystein siempre le habían gustado los cantantes que morían jóvenes.

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NESBO, Jo. El leopardo. Random House, 2014

Man on the Moon

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—Esto es diferente, Harry. A principios de año hubo unos cuantos asesinatos relacionados con la droga. Un tipo de violencia que no habíamos visto hasta ahora. Y nadie dice nada. Encontraron a dos camellos vietnamitas colgados por los pies en una viga en el apartamento donde vendían la mercancía. Ahogados. Les habían atado a la cabeza una bolsa de plástico llena de agua.

—No es un método árabe, es ruso.

—¿Perdona?

—Los cuelgan por los pies, les atan una bolsa de plástico alrededor de la cabeza, pinchan un agujero en la bolsa a la altura del cuello para que puedan respirar y empiezan a echarles agua por las plantas de los pies. El agua va chorreando por el cuerpo hasta llegar a la bolsa, que va llenándose muy despacio. Se llama Man On The Moon.

—¿Y tú cómo sabes eso? Harry se encogió de hombros.

—Hubo un líder kirguiso, un multimillonario, que se llamaba Byráiev y que en los años ochenta se hizo con uno de los trajes espaciales del Apolo 11. Dos millones de dólares en el mercado negro. Todo aquel que intentaba engañar a Byráiev o que no le pagaba las deudas, acababa dentro del traje. Grababan la cara del desgraciado mientras iban vertiendo el agua. Después, enviaban el vídeo a los siguientes deudores cuyos plazos estaban a punto de vencer. Harry echó el humo hacia el cielo. Beate lo miró y meneó despacio la cabeza.

—¿A qué te dedicabas realmente en Hong Kong, Harry?

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NESBO, Jo. Fantasma. Random House, 2015

MinAstronauta

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Tom B

Deep Purple – Speed King

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 Harry entró en el apartamento. Le dio al interruptor y comprobó que aún no le habían cortado la luz. Se quitó el abrigo, entró en el salón, puso a Deep Purple, su grupo favorito en la categoría «involuntariamente cómico pero fenomenal de todos modos». «Speed King», con Ian Paice a la batería. Se sentó en el sofá y se presionó las sienes con las yemas de los dedos. Los sabuesos tiraban de las cadenas. Aullaban, gruñían, mordían; le clavaban los dientes y le despedazaban las entrañas. Si los dejaba sueltos esta vez, no habría vuelta atrás. Esta vez no. Antes siempre tenía alguna razón lo bastante buena para parar una vez más. Rakel, Oleg, el trabajo, incluso su padre. Ya no le quedaba ninguna de esas razones. No podía suceder. El alcohol, no. Así que necesitaba una euforia sustituta. Una euforia que sí pudiera controlar. Gracias, Kaja. ¿Si se avergonzaba? Por supuesto que se avergonzaba. Pero el orgullo era un lujo que uno no siempre podía permitirse.

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NESBO, Jo. El leopardo. Barcelona : Random House, 2014