Tigre

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—Solo por curiosidad, Bellman: ¿por qué precisamente este caso es tan importante para ti? Bellman se encogió de hombros.

—Política. Las alimañas necesitan carne. Y recuerda que yo soy un tigre, Harry. Y tú solo un león. El tigre pesa más y aun así tiene más cerebro por kilo de masa corporal. Por esa razón los romanos del Coliseo sabían que el león moriría cuando lo mandaban a luchar contra un tigre. Harry notó que alguien se giraba hacia ellos. Era Oleg, que le sonreía levantando el pulgar. El chico pronto cumpliría veintidós años. Tenía la boca y los ojos de su madre, pero el flequillo negro y liso de un padre ruso al que ya no recordaba. Harry le devolvió el gesto e intentó sonreír. Cuando se giró hacia Bellman, ya no estaba allí.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

Sumatran Tiger 5

La imagen, en Flikr y con licencia Creative Commons es de Tony Hisgett

 

 

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Tracy Chapman – Fast Car

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 Lene Galtung estaba en el salón mirando por los cristales dobles, contemplando la doble imagen que se reflejaba en ellos. En el iPod sonaba Tracy Chapman. «Fast Car.» Era capaz de escucharla una y otra vez, no se cansaba nunca. Trataba de una chica pobre que quería huir de todo, sentarse en el bólido de su novio y dejar atrás la vida que tenía, el trabajo de cajera en el supermercado, la responsabilidad de su padre alcohólico, quemar todos los puentes. Nada más lejos de lo que era la vida de Lene y, aun así, aquella canción trataba de ella. La Lene que podía haber sido. Que en realidad era. Una de las dos a las que veía en la doble imagen de los cristales. La normal, sosa.

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NESBO, Jo. El leopardo. Random House, 2014

Martha Wainwright – Far Away

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Era la una de la madrugada y Harry estaba en el salón escuchando a Martha Wainwright, que cantaba «Far away», «…whatever remains is yet to be found».

Estaba agotado. Encima de la mesa tenía el teléfono, el mechero y el papel de aluminio con la bola marrón. No la había tocado. Pero tenía que poder dormir, encontrar un ritmo, concederse un descanso. Tenía en la mano la fotografía de Rakel. El vestido azul. Cerró los ojos. Notaba su olor. Oía su voz. «¡Mira!» Rakel le apretó la mano fugazmente. Los rodeaban unas aguas negras y profundas, y Rakel flotaba, blanca, silenciosa, ingrávida sobre la superficie. El viento levantaba el velo de novia dejando al descubierto las plumas blanquísimas que había debajo. El cuello largo y delgado dibujaba una interrogación: ¿dónde? Ella salió de las aguas, un esqueleto negro de hierro, con ruedas que chirriaban quejumbrosas. Luego entró en la casa y se esfumó. Hasta que apareció otra vez en la segunda planta. Llevaba una cuerda al cuello y a su lado iba un hombre vestido con traje negro y una flor blanca en el ojal. Delante de ellos, de espaldas a Harry, había un pastor con la casulla blanca. Leía despacio. Entonces se dio la vuelta. Tenía la cara y las manos blancas. Por la nieve.

   Harry se despertó sobresaltado.

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NESBO, Jo. El leopardo. Barcelona : Random House, 2014

Omega Seamaster

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El secretario general se miró el reloj. Mikael se fijó en que era un Omega Seamaster, poco práctico por lo mucho que pesaba. Te convierte en víctima de atraco en cualquier ciudad del tercer mundo. Si te lo dejas quitado más de veinticuatro horas se para, y luego hay que darle vueltas y más vueltas al botoncito para ponerlo en hora, pero si te olvidas de apretar el botoncito hacia dentro y luego te tiras de cabeza a tu piscina, el reloj se estropea y la reparación cuesta lo mismo que cuatro relojes de calidad nuevos. En definitiva: tenía que hacerse con uno fuera como fuese.

—Pero, como hemos dicho, estamos valorando a varios candidatos. Ser ministro de Justicia es un cargo de mucho peso, y no voy a ocultar que el camino es un poco más largo para alguien que no ha hecho carrera política.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La Imagen, con licencia Creative Commons es de Wikimedia Commons

Big Star – O My Soul

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El teléfono, los primeros compases de «O My Soul» de Big Star, interrumpió sus pensamientos. Por supuesto, había sido Bjørn quien se lo había bajado después de explicarle con mucha pasión la grandeza de esta banda setentera de los estados del Sur, además de quejarse de que el documental de Netflix le había privado de su labor misionera de muchos años: «Que les den, gran parte del placer que proporcionan las bandas desconocidas es precisamente eso, que son desconocidas». Bjørn tendría que madurar bastante para parecer adulto.

Contestó la llamada.

—Sí, Gunnar.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

Ohaguro

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—No lo sabemos con seguridad. Partimos de las marcas que dejó en la víctima, óxido y restos de pintura negra.

—¡Ajá! —exclamó Smith—. Entonces tenemos que irnos a Japón.

—¿Ah, sí? —dijo Bratt acercándose el teléfono a la oreja.

—Tal vez hayas visto a mujeres japonesas con los dientes teñidos de negro. ¿No? Bueno. Pues se trata de una tradición llamada ohaguro. Quiere decir «la oscuridad tras la puesta de sol» y se inició en el periodo Heian, más o menos en el siglo VII después de Cristo. Y… eh… ¿sigo?

La mujer le indicó que sí moviendo la mano.

—Cuentan que en la Edad Media había un guerrero mongol del norte que hacía que sus soldados llevaran dentaduras de hierro pintadas de negro. Los dientes eran sobre todo para dar miedo, pero se podían usar en los combates cuerpo a cuerpo. Si estaban enzarzados de forma que no servían ni armas ni golpes ni patadas, los dientes podían utilizarse para desgarrar la garganta del enemigo.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons.

 

 

George Michael – I’m Never Gonna Dance Again

(,,,)

—¿Qué ha pasado con tu taxista? —preguntó Katrine.

—¿Øystein? Le han echado.

—¿Por tu culpa?

—Para nada. Fue el dueño del taxi. Hubo un incidente.

Katrine asintió. Se acordó de Øystein Eikeland, un saco de huesos con el pelo largo y dientes de yonqui, voz de borracho aficionado al whisky y pinta de tener setenta años, pero que era amigo de la infancia de Harry. Uno de los dos que tenía, según él. El otro se llamaba Tresko y era, si cabe, un tipo más raro todavía. Un oficinista gordo y desagradable que por las noches se transformaba en un Mr. Hyde del póquer.

—¿Qué pasó? —preguntó Katrine.

—Mmm… ¿Quieres saberlo? —La verdad es que no, pero suéltalo.

—Øystein no soporta la zampoña.

—No, claro. Ni él ni nadie.

—Así que le sale una carrera larga, a Trondheim, con un tipo que solo puede viajar en taxi porque le tiene pavor al avión y al tren. Resulta que el tipo también tiene problemas para controlar su ira, y lleva con él un cedé de versiones de viejos éxitos pop interpretados con zampoña que debe escuchar mientras hace ejercicios respiratorios para no perder los nervios. Y en medio de la noche, en la meseta de Dovre, cuando suena por sexta vez la versión en zampoña de «I’m Never Gonna Dance Again», Øystein saca el cedé, abre la ventanilla y lo tira. Estalla una trifulca.

—Me encanta la palabra «trifulca». Y esa canción ya era bastante horrible cuando la cantaba George Michael.

—Al final Øystein consigue echar al tío del coche de una patada.

—¿En marcha?

—No, pero sí en medio de la meseta de Dovre, en plena noche, a veinte kilómetros de la casa más cercana. Øystein alegó en su defensa que estaban en julio, que no habían anunciado lluvias y que era imposible que el tipo también le tuviera fobia a caminar.

Katrine se rió con ganas.

—¿Y ahora está en el paro? Deberías contratarle como chófer particular.

—Intenté encontrarle un trabajo, pero Øystein está, por citar sus propias palabras, diseñado para el paro.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017