Marmitako

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Inés quería hablarme de su visita a los juzgados de Las Palmas. Le expliqué que tenía invitadas y le propuse que viniera a almorzar, que le prepararía algo rico. No hacía falta que trajera nada. Solo hambre y noticias sobre mi cadáver favorito: Guillermo Socas. Cuando colgué, la chiquilla preguntó qué significaba cadáver y la abuela en qué líos andaba yo si se suponía que estaba bajo arresto domiciliario. No eran preguntas fáciles. En ambas tocaba mentir o, al menos, tirar de imaginación para disfrazar la verdad. Todo con tal de evitar que nieta y abuela se espantaran, una por el significado de cadáver y otra por el atolladero en que me había metido a espaldas de su marido.

Susana lo dejó correr y se ofreció a ayudarme con el almuerzo, en un pispás prepararía comida para Inés y para mí. No era que desconfiara de mi pericia en los fogones, sino que prefería que yo siguiera charlando con su nieta, me iría bien olvidarme de crímenes y enredos por un rato mientras ella probaba a hacer milagros con lo que había comprado en el mercado. Suerte que no había desechado la cola y la cabeza del besugo porque iba a cocinar un marmitako para chuparse los dedos. Se le notaban las mañas de mandar y, si todo un inspector como Gervasio Álvarez se achantaba en la cocina delante de ella, yo, un pelado, un detective nostálgico, no iba a conseguir que se bajara del burro.

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CORREA, José Luis. El detective nostálgico. Alba, 2017

 

Joaquín Sabina – 19 días y 500 noches

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A Álvarez nada le quitaba el apetito. No ya un cadáver sin nombre, ni siquiera una plaga de cadáveres anónimos hubiera impedido que el inspector diese cuenta de su potaje de acelgas y de sus carajacas como estaba mandado. Igual que si estuviera en el pabellón de la muerte y aquélla fuera su última comida. Mientras, en la radio sonaba la voz aguardentosa de Sabina, lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, y a mí me vino un regusto de melancolía. Pensé en Juliette Legrand, una viola canadiense que había aparecido en y desaparecido de mi vida de una sola tacada. Cuando se marchó ella (la última vez que la vi me miraba desde detrás de la ventana de un coche patrulla, una lágrima de agradecimiento o de rabia o de ambas cosas juntas le corría por la mejilla), mi vida entró en una suerte de modorra lánguida de la que, precisamente, había venido a despertarme Álvarez con la noticia de la sirena varada.

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CORREA, José Luis. Un rastro de sirena. Alba, 2010