Joan Manuel Serrat – No hago otra cosa que pensar en ti

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Abrí los ojos en la oscuridad. Por la herida de la cortina del cuarto sangraba el hilo de luz de una farola en la calle. Una chicharra me anunció que aún faltaban algunas horas para que amaneciera. Lo que no pudo pronosticar, por más que se empecinara, fue el día que estaba por amanecer. Fui incapaz de calcular el tiempo que había pasado desde el tiroteo. ¿De qué me extrañaba? A un cuerpo viejo y magullado, a un estado de ánimo deplorable solía acompañarlos una mente perdida y mustia. Los ojos me pesaban. Volví a cerrarlos como si el gesto pudiese protegerme de algo: del pánico, del Alzheimer, de la muerte.

Descubrí una grieta zigzagueante que cruzaba el techo desde la comisura de la lámpara hasta la ventana y me acordé de Serrat. ¿Cómo se titulaba la canción? Pensando en ti… Solo pienso en ti… No hago otra cosa que pensar en ti. Eso. No hago otra cosa que pensar en ti… Y no se me ocurre nada.

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CORREA, José Luis. El detective nostálgico. Alba, 2017

 

Rita Hayworth

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No sé por qué me vino a la cabeza una anécdota de Rita Hayworth. La actriz se lamentaba, al final de sus días, de que su vida había sido una constante decepción. Los hombres se acostaban con Gilda y se despertaban con ella. Margarita conocía la anécdota. La había oído alguna vez. Y siempre le pareció una frase linda y poco más. Una frase de muro de Facebook que no se correspondía con la realidad de las mujeres de carne y hueso. Claro. Estaba bonita Rita Hayworth para hablar. A ella, a Esponda, le gustaría haberla visto acabada de despertar. No era Gilda, no. Pero era Rita Hayworth. Joder. Seguía siendo una mujer bellísima. Con legañas, el pelo revuelto y el aliento a hiena. Bellísima. Además, seguro que despertaría junto a un guayabo de hombre. Un actor, un deportista, un modelo. Que no jodiera Rita Hayworth.

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CORREA, José Luis. El verano que murió Chavela. Alba, 2014

La imagen es de Wikipedia Commons.

Pablo Milanés – Yo no te pido

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Un guardia de seguridad negro y bembón que escuchaba una canción de Pablo Milanés, Yo no te pido que me bajes una estrella azul, se levantó de su garita para recibirme. Imaginé que el hombre andaba aburrido de tanta quietud y que cualquier interrupción de su lectura le sonaba a verbena. Me explicó lo del ahorro de energía y dinero. Y lo de los nuevos planes de Bolonia. El caso era que aquello estaba muerto. Solo se oía su reproductor de música, Yo no te pido que me firmes mil papeles grises para amar. Había días en que no iba nadie. Esa mañana, desde que él había relevado al compañero de la noche, únicamente tres personas habían entrado (señalaba a mi espalda) por esa puerta. ¿Los conocía? Desde luego que sí. Llevaba seis años trabajando de seguritas en el campus de Humanidades. Conocía a todo el mundo.

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CORREA, José Luis. El verano que murió Chavela. Barcelona : Alba, 2014

Y para acompañar el texto, una grabación de 1984 en Buenos Aires. La falta de calidad la suple la posibilidad de ver a Milanés cantando en directo con el vozarrón intacto y con las pintas de aquellos años.

 

Django Reinhardt & Stephane Grapelli – Honeysuckle Rose

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Pero está claro que la dicha nunca dura en casa del pobre. Me había levantado de buen humor, con una sensación de bienestar que había olvidado, a pesar de una panza de burro monótona y fastidiosa que se instaló en el cielo. Me afeité mientras en la radio sonaba una soberbia versión de Honeysuckle Rose por Reinhardt y Grappelli de cuando actuaban con el quinteto del Hot Club de Francia. Me duché, me vestí, entonces era Sweet Georgia Brown lo que tocaban, y me dirigí a la cafetería de San Bernardo donde suelo tomarme el primer buchito de café. Allí me esperaba el revuelo habitual de cualquier bar a esas horas. Las conversaciones de siempre: fútbol, el último escándalo en la política canaria, el programa que dieron en la tele la noche anterior, aberrante, hubo un desnudo integral y todo. Siempre me ha parecido curioso que la parroquia se escandalice por ver un culo en la televisión y, sin embargo, pierdan el suyo por que una señora cuente con todo lujo de detalles la parte que más adora de su marido y lo que le gusta que él le haga por las noches. Pero esa charla no iba a cambiar mi humor. Yo aún creía que nada podría amargarme el día.

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CORREA, José Luis. Muerte en abril. Barcelona, Alba, 2004

Dream a Little Dream – Michael Bublé

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Al rato tintineó la señal de que alguien había dejado un mensaje en el buzón de voz. Acabé mi cena. Fregué los platos y el vaso. Tiré la lata de cerveza vacía y la servilleta en la bolsa de basura. Me comí una nectarina que se aburría de soledad en el frutero de la mesa. Bublé había cambiado a una canción más dulce, Dream a Little Dream. Me serví una copa. Me encendí un puro. Y esperé a que acabara la balada: si eran malas noticias, mejor que me agarraran con buen ánimo.

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CORREA, José Luis. El verano que murió Chavela. Barcelona : Alba, 2014

Michael Bublé – Mack the Knife

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Me despedí de Álvarez y de Esponda. Allí ya no se me había perdido nada. Necesitaba una ducha y una cena. Pensaba mejor oliendo a limpio y con el estómago lleno. Me comprometí a mantener el teléfono abierto toda la noche por si debían dar conmigo. Salvo con Beatriz, no tenía intención de hablar con nadie. Y ella (sus hijos habían vuelto, arrepentidos, al redil) estaría ocupada en sus asuntos, así que la llamada sería breve. Me preparé un sándwich de atún, abrí un paquete nuevo de anacardos salados, saqué una cerveza de la nevera y puse música. Michael Bublé entonaba Mack the Knife cuando sonó el móvil. Si hay algo que me mata es no reconocer el número de la persona que llama. La gente que me interesa está registrada en mi lista de contactos. Por experiencia sé que el resto o no me va a interesar jamás o es portadora de malas noticias. Por otra parte, no podía ser de la comisaría. No tan pronto. De modo que lo dejé sonar hasta que se cansó.

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CORREA, José Luis. El verano que murió Chavela. Barcelona : Alba, 2014

Gazpacho de fresa

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Se acercaba la hora de comer. Decidí dejarme caer por el hotel de los líos para ver si podía enterarme de más cosas acerca del poeta perdido. El Madrid tiene una de las ofertas más variadas de la ciudad en su menú. Media docena de primeros y otros tantos segundos para elegir. En la pizarra blanca de la entrada estaban los platos escritos con una caligrafía algo infantil en rojo unos y en negro los otros. Opté por un gazpacho de fresa y bistec de hígado. Una copa de vino de la casa y pan de puño con matalahúva redondearon el almuerzo. Me atendió un camarero ya curtido en años y en socarronería que desplegaba la guasa por entre las mesas del salón, la mayoría de las cuales estaban ocupadas por turistas sonrosados y bochincheros que bebían cerveza como si fuera agua del grifo. El camarero, que atendía por Arturo, encontró pie para mezclar los idiomas al tuntún. Pasaba del castellano al inglés chapurreado y de éste a un alemán rudimentario como quien juega al tejo, haciendo filigranas a la pata coja. Puse atención por si sonaba la flauta del francés pero, por lo escuchado, Arturo no lo dominaba. Lástima. Me hubiera venido de perlas para descifrar los correos.

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CORREA, José Luis. El verano que murió Chavela. Barcelona : Alba, 2014

Y para ilustrar esta receta os dejo dos vídeos, uno de Robin Food, el gazpacho de fresa propiamente dicho, y otro de Víctor Muñoz, uno de mis cocineros preferidos, y que nos explica su versión del gazpacho andaluz.