Bacalao con pisto

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Ferrer había pasado la tarde con Regina ajeno a aquel clima hostil. Charlaron e intercambiaron confidencias, descubriéndose mientras preparaban la cena. Se quemó las yemas de los dedos pelando un tomate y un pimiento escaldados que ella picó y sofrió con un cuarto de calabaza y una cebolla. Desde el día anterior, unos lomos de bacalao se estuvieron desalando en el fregadero; un conocido se los había cambiado por uno de los paquetes de café que Albert les había traído de Francia. De la todavía bien surtida bodega del señor Urgell tomaron un blanco de Mosela que hizo honor al magnífico bacalao con pisto.

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IBÁÑEZ, José Luis. Nadie debería matar en Otoño. Madrid: Espasa Calpe, 2007.

Y para aprender a cocinar esta receta, os dejo el vídeo de Cocinar para los amigos, uno de mis canales preferidos. ¡¡Qué aproveche!!

Irving Aaronson – Let’s Misbehave

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Irene Bordoni, con su voz coqueta, le animaba a ser travieso y a portarse mal. El disco estaba algo deteriorado por los años pero el Let’s Misbehave, de Cole Porter, seguía sonando igual de irreverente que cuando lo escuchó por primera vez en 1930.

Se sirvió un vaso del oporto que le trajo Regina y pensó en ella. La echaba de menos. Su relación era una sucesión enervante de encuentros y separaciones, una de esas óperas en las que el amor y la tragedia se daban la mano hasta que uno de los amantes la palmaba mientras cantaba un aria.

El teléfono lo sacó del ensimismamiento.

Corrió hacia el recibidor y descolgó. Era ella.

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IBÁÑEZ, José Luis. También mueren ángeles en primavera. Madrid: Espasa Calpe, 2009

 

Pescaíto frito

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—Nos ponemos en tus manos —dijo Ferrer—. Cualquier cosa que traigas nos parecerá perfecta; la señora nunca ha comido aquí y estaría bien que probara alguna de las especialidades de la casa.

—No estamos para muchos alardes con lo poquito que apañamos en el mercado, pero la Maruja ha frito unos pescaítos pa chuparse los dedos. —El simpático andaluz se dirigió a Regina—. Todos los platos malagueños acaban en ito: pescaíto, boqueroncito, calamarcito… Es la mejor forma de distinguirlos.

El restaurante estaba abarrotado. Hombres y mujeres jóvenes reían a carcajadas y hablaban a grandes voces, excitados por el vino y por las promesas carnales de una larga noche. Ellos habían servido en el frente hasta fecha muy reciente, ya que tenían la tez curtida por los elementos; habían visto la muerte cara a cara y vivían con una intensidad desconocida en períodos de paz. Carpe diem, disfruta el momento, aconsejó Horacio —¡otra vez Horacio!—, y seguían esta máxima al pie de la letra.

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IBÁÑEZ, José Luis. Nadie debería matar en Otoño. Madrid: Espasa Calpe, 2007. 

Os dejo la receta de fritura de pescado de David de Jorge, en este caso enriquecida con la fórmula del Dry Martini y la receta del Ajoblanco. Espectacular.

Quintacolumnistas

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Las células de los quintacolumnistas se estructuraban en triángulos, en los que cada agente conocía únicamente a otros dos compañeros de su mismo nivel, de forma que, en caso de caída, era difícil desarticular la trama completa.

A esos grupos clandestinos, sin embargo, les perdía una tendencia suicida a reunirse con cualquier excusa, fuese para celebrar misa, para ayudar a un fugitivo o para planificar el auxilio a sus camaradas que permanecían escondidos. Aún estaba fresco el juicio y condena a casi una veintena de detenidos en la calle de Santaló. La mayoría de ellos eran falangistas, hombres y mujeres que participaban en una acción del Socorro Blanco cuando irrumpió la policía. Pasarían en prisión un buen puñado de años.

Toda la imaginación que los Piratas de Biarritz invirtieron en la entrega del libro —buzones, enlaces, mensajes cifrados— y el esfuerzo que les supuso la creación de aquella célula de la Quinta Columna se vinieron abajo en el momento en el que sus miembros decidieron juntarse en una vivienda.

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IBÁÑEZ, José Luis. También mueren ángeles en primavera. Madrid: Espasa Calpe, 2009

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Cayusa

Piojos

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Mulos y borricos famélicos pacían junto a improvisados campamentos de refugiados procedentes de Extremadura, Andalucía y las comarcas de Castilla ocupadas por los rebeldes; eran campesinos que transportaban sus enseres a lomos de animales de carga. Una estampa de otra época para alguien criado en la gran ciudad.

—Es sobrecogedora la capacidad de resistencia de esta gente. —Ferrer saludó a un chiquilín que agitaba la mano cada vez que pasaba un vehículo; no debía tener más de tres años—. Lees sobre Madrid pero no te haces una idea de lo que supone vivir un año entero rodeado de enemigos y con la ciudad a reventar de civiles hambrientos.

—La chulería que nos atribuís a los madrileños ayuda lo suyo. —Belmonte redujo la velocidad para no estamparse contra una tartana—. Ayer me enteré de que han organizado un concurso de belleza para pelones.

—Rapados pero guapetones. —Ferrer soltó una carcajada.

Los piojos se habían convertido en una plaga y las autoridades municipales habían recomendado a la población que se cortase el pelo al rape para evitar la propagación de los bichos. Junto a pulgas y chinches, los piojos eran los compañeros inevitables de la guerra y de la miseria; los únicos que podían derrotar a la Revolución, llegó a decir Lenin.

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IBÁÑEZ, José Luis. También mueren ángeles en primavera. Madrid: Espasa Calpe, 2009

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de mccopa

Mensaje subliminal

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—Han desaparecío las chicas guapas —comentó de improviso el bajito deteniéndose en medio del corredor.

—¿De dónde?

—¡De los carteles! —Con un movimiento vago abarcó los más cercanos—. Hasta hace poco dibujaban mujeres arrebatadoras que te invitaban a luchar, a hacer la revolución y a no tomar coñá entre horas. Tetas grandes, piernas largas y cinturitas estrechas. Ya no queda ni una.

—No me había dado cuenta.

—Seguro que es algún tipo de mensaje subliminal.

—¿Perdona?

Sub limine, por debajo de la conciencia. Eliminando de los carteles a estas chicas vienen a decirnos: amigos, se acabó la fiesta, esto es una guerra de verdad en la que la gente mata y muere. —Paco volvió a caminar—. Conozco a los compañeros de Propaganda y sé que no dejan nada al azar.

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IBÁÑEZ, José Luis. Nadie debería matar en Otoño. Madrid: Espasa Calpe, 2007. p. 167

La imagen, en Flicker y con licencia Creative Commons, es de Gemma Bou

Plátano bicolor

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La maciza puerta de madera estaba abierta. Custodiaban la entrada de la torre un par de tipos maduros vestidos con gruesas cazadoras de paño. Lucían brazaletes rojinegros y se protegían la cabeza con un plátano bicolor, la gorra que Buenaventura Durruti había hecho popular. No les dieron el alto. Se limitaron a saludar con un simple «¡salud!» y siguieron con su labor: apurar hasta el límite dos colillas inverosímilmente consumidas. No estaba la cosa para ir desperdiciando picadura.

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IBÁÑEZ, José Luis. Nadie debería matar en Otoño. Madrid: Espasa Calpe, 2007. p. 22