Fuerza de la Gravedad

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Asentí. Un metro ochenta era mucho para Glasgow. Yo mismo era alto en esta ciudad y medía exactamente lo mismo. Les tendí a regañadientes los fajos. Isaac Newton había formulado la idea de que cualquier masa, ya fuese una taza de café o una montaña, e incluso la Tierra, poseía su propio campo gravitacional. Siempre me parecía, no obstante, que el dinero ejercía una fuerza irresistible que no guardaba proporción con su masa. Y yo, como cuerpo sometido a atracciones gravitacionales, era cualquier cosa menos inamovible.

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RUSSELL, Craig. El sueño oscuro y profundo. Barcelona : Roca, 2013

292/365: Gravedad

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Andrés Nieto Porras

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Sed

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Escocia contaba con dos pasatiempos nacionales, los únicos asuntos que despertaban verdadera pasión en el alma escocesa: el fútbol y el consumo de alcohol. Cosa curiosa, eran tan rematadamente malos en lo primero como extraordinarios en lo segundo. Igual que los irlandeses, parecía que los escoceses llevaran inscrita en su ser una sed prodigiosa. Siendo presbiterianos, sin embargo, sentían la necesidad de atemperar, contener y regular cualquier cosa considerada placentera, encajándola dentro de unos estrictos horarios. La ingesta matinal de alcohol solo estaba permitida legalmente, pues, entre las once y las dos y media. Por las tardes, los bares podían abrir únicamente desde las cinco hasta las nueve y media. Y los domingos, abstinencia. Existían, por supuesto, clubs de todo tipo que se las arreglaban para esquivar las normas, pero los escoceses en general habían aprendido a consumir cantidades impresionantes de alcohol a una velocidad pasmosa.

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RUSSELL, Craig. El sueño oscuro y profundo. Barcelona : Roca, 2013

Saciando la sed (o 'esférulas de agua en gravedad cero')

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Rufus Gefangenen

Ella Fitzgerald & Louis Armstrong – Stompin’ at the Savoy

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Cuando llegué a casa de Lorna, sonaba la melodía de Benny Goodman Stompin’ at the Savoy. Sonaba con tal fuerza que se oía ya desde el sendero donde dejé el coche. La puerta principal estaba abierta y entré sin más. No había ni rastro de Maggie ni de Jack Collins ni de ningún otro miembro adicional de la dinastía MacFarlane.

A Lorna la encontré bailando sola en el salón, con el disco de Benny Goodman a todo volumen. Aunque en el caso de Lorna no se trataba de “seguir el ritmo en el Savoy”, así que la tomé por la cintura y la arrastré al sofá. Descubrí entonces que tenía abrazado contra el pecho a un compañero de baile oculto. Le quité el vaso lleno de whisky de malta y la ayudé a sentarse en el sofá.

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RUSSELL, Craig. El beso de Glasgow. Barcelona: Roca editorial, 2011.

 

Engaño

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El sol de la mañana luchaba por hacer sentir su presencia a través de las grises columnas de humo provenientes de los molinos y las fábricas que flotaban sobre la ciudad. Me dirigí en mi coche a Newton Mearns, en el sur de Glasgow. La formación del Estado de Israel seguía siendo una noticia muy actual, y el último chiste consistía en referirse a Newton Mearns, debido a su gran población judía, como el Tel Aviv junto al Clyde. Hacían falta más que unos pocos campos de concentración para eliminar una buena y conocida broma antisemita. Pero, para ser justos, una de las cosas que me gustaban de Glasgow era la apertura y la amabilidad de sus vecinos. Glasgow era un sitio duro, oscuro y violento, y siempre era difícil reconciliar ese hecho con la calidez de su gente. Probablemente era la ciudad menos antisemita de Europa. Pero menos de diez años después de la liberación de los campos, ésa era una afirmación muy relativa.

La comunidad judía de Glasgow debía su origen, en gran medida, a un engaño: numerosas familias, en su huida de los progromos que habían tenido lugar en Rusia durante el siglo XIX, habían desembarcado en el puerto de Glasgow creyendo, por las mentiras de los capitanes de los barcos, que habían llegado a Nueva York. Una de aquellas familias, que se había afanado en tratar de percibir la silueta de la Estatua de la Libertad desde las orillas del Clyde, era la familia Cohen, cuyas dolorosas experiencias le habían enseñado a exhibir una resistencia feroz e inflexible. Uno de los nietos de aquellos primeros colonos era Jonny Cohen, el Apuesto.

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RUSSELL, Craig. En: Lennox. Barcelona: Roca editorial, 2010. p. 87

La imagen, en Flickr, es de Pedro J Pacheco

Glamour

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Me planté delante del Pacific y pensé en el glamour. Una cosa curiosa, el glamour. La palabra era originalmente escocesa de pura cepa y designaba un hechizo o un encantamiento lanzado con intención de embelesar. Resultaba extraño que, habiendo inventado la palabra, los escoceses fuesen incapaces de aclararse con el concepto en sí. Siempre que intentaban ponerlo en práctica les salía rematadamente mal. Bueno, eso no era del todo cierto. Había excepciones: Sheila Gainsborough tenía glamour a espuertas; con naturalidad, sin esfuerzo. Una rara proeza, considerando sus orígenes.

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RUSSELL, Craig. El beso de Glasgow. Barcelona: Roca editorial, 2011. p. 70

La imagen, en Flickr, es de Kaptain Kobold

Ingleses

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 -Willie McNab quiere cerrar este caso cuanto antes. Tiene una teoría.

-Ah, ¿si?.

-Tuvimos una discusión sobre los homosexuales. -Ferguson sonrió, algo poco característico de él-. Para McNab el concepto mismo está fuera de su comprensión.. Me parece que no le gusta admitir que haya algunos en Escocia.

-He oído hablar de esa teoría antes -dije-. Al parecer de la misma manera en que San Patricio echó a todas las serpientes de Irlanda, san Andrés expulsó a todos los maricas de Escocia, quienes se convirtieron….

-… en los ingleses -dijimos al unísono y nos echamos a reír.

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RUSSELL, Craig. En: Lennox. Barcelona: Roca editorial, 2010. p. 87

La imagen, en Flickr, es de por paul nine-o

El beso de Glasgow

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—Tú estabas esta noche en casa de Calderilla. ¿Qué negocios te traías con el tipo? ¿Te había pedido que husmearas un poco para él?.

—Solo husmeaba a su hija, si acaso. Puro placer, nada de negocios.

—¿Seguro? —Sneddon me miró entornando los ojos y bajando la cabeza. Así solo se le vía la frente, lo cual era una ventaja en Glasgow. Atenas había sido la cuna de la democracia; Florencia había dado al mundo el Renacimiento; Glasgow había llevado a su máximo refinamiento el arte del cabezazo: el Beso de Glasgow, como lo conocían cariñosamente en todas las naciones del mundo—. Me cabrearía de verdad si no fueras del todo sincero conmigo.

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RUSSELL, Craig. En: El beso de Glasgow. Barcelona: Roca editorial, 2011. p. 27

La imagen, en Flickr, es de shellac