Huevos fritos

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Cuando Jareño se mostró medianamente satisfecho de mi declaración, era tarde. Llegué a mi casa a las dos de la madrugada, cansado y hambriento. Tenía unos deseos incontenibles de tumbarme en la cama y meditar acerca de la mejor manera de apearme de este planeta sin lastimarme en exceso. No la encontré, en caso contrario se la diría. Cariño me esperaba con la correa en la boca y un meneo circular de cola que indicaba bien a las claras que su felicidad dependía exclusivamente de mí. Tragué dos huevos fritos con sendas lonchas de jamón de plástico. Luego Cariño y yo nos lanzamos a la noche del Poble Sec en busca de los mejores rincones para olfatear. Ya sé que las dos de la madrugada no es la mejor hora para pasear por las calles de mi barrio, pero Cariño me sorprendió, el primer día que la saque a pasear, con una cualidad de la que yo en principio no la creí capaz. Tiene un olfato especial para detectar a la mala gente, y una forma convincente de demostrarles que no le gustan. Si nos cruzamos con algún tipo que ella cree poco recomendable, un sordo ronroneo amenazador, como de gato grande, le surge de la garganta, levanta el labio superior y deja al descubierto unos sorprendentes colmillos que sin grandes dificultades servirían de paragüero.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis. Un caniche blanco muerto. Literaturascomlibros.es, 2013

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Camarón y Paco de Lucía por Bulerías

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Salí de casa escoltado por Manuel que me señaló un aparatoso Mercedes de color crema aparcado en un paso de peatones. El tipo conducía con la misma tranquilidad que si las calles fuesen suyas. Y dudo que por el barrio alguien se atreviese a discutírselo.

—Supongo que tú sabes para qué quiere verme el Tío.

—Sí. —Pero no me lo vas a decir.

—No. —¿Tiene música este cacharro? —La música que pudiera tener aquel coche me importaba bien poco, pero mientras siguiese hablando evitaría que los dientes me castañeteasen. El gitano me dirigió la misma mirada sorprendida que le hubiese dirigido a un geranio que le preguntase la hora, luego apretó un botón del tablero y la voz desgarrada del Camarón de la Isla inundó el habitáculo del Mercedes. Ultima tecnología en sonido para una música primaria, elemental.

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 GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis. Un caniche blanco muerto. Literaturascomlibros, 2012

Shawarma y Falafel

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Aquella noche, Lena cenaba con Samuel, por lo que no tenía nada mejor que hacer que trabajar un rato, pero necesitaba un ordenador, así que le pedí a Lena las llaves del locutorio.

Cerró después de largar a las Adoradoras del Ballenato que aún remoloneaban por allí. Charloteaban sus nostalgias y las entreveraban con rápidas alusiones a los últimos chismorreos del mundillo de los famosos y con la posibilidad de alguna boda principesca que las condujera a quimeras aprendidas en la infancia y alimentadas por la prensa del corazón. Me entregó las llaves, me hizo una caricia apresurada y se encogió de hombros a modo de disculpa.

Cené un shawarma, le añadí un falafel, los ahogué en una cantidad apreciable de cerveza y me sentí dispuesto al trabajo.

No hay nada como comer mal para estar bien dispuesto al trabajo.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis: Mala hostia. Barcelona : Alrevés, 2011.

Para ilustrar estos platos os dejo los vídeos de dos jóvenes cocineras, uno de Nadima Khalil (Shawarma) y el otro de Anud Abbassi (Falafel). A ver si os gustan.

SHAWARMA

FALAFEL

Carlos Gardel – Chorra

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Aquel día pasé por el locutorio solo para recoger posibles encargos, el episodio de la bicicleta no estaba previsto. Cuando entré, Lena tenía el teléfono sujeto entre el hombro y el cuello mientras se limaba las uñas.

Con suerte, en algún momento las sentiría bajar por mi espalda.

Me miró y le dijo al aparato:

—Mirá, acaba de llegar —y me tendió el teléfono.

Cogí el teléfono mientras Lena subía el volumen del reproductor de CD que tiene sobre la mesa. La voz de Carlos Gardel inundó el locutorio:

Por ser bueno me pusiste a la miseria,

me dejaste en la palmera, me afanaste hasta el color.

En seis meses me comiste el mercadito,

la casilla de la feria, la ganchera, el mostrador,

¡Chorra, me robaste hasta el amor…!

La voz de mi exesposa contenía un lamento:

—Atila…

—Rey de los hunos —respondí.

—Eres un cabronazo. Gracias a Dios que no tuvimos hijos; de haberlos tenido, en este momento se estarían muriendo de hambre.

—No, mujer, siempre os podría cazar alguno de los gatos que andan sueltos por el barrio.

—Mira que tienes mala hostia.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis. Mala Hostia. Barcelona : Alreves, 2011. p. 40

Carlos Gardel – Caminito

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Llegué al locutorio rondando el mediodía. Lena escuchaba con semblante melancólico a Carlos Gardel, que cantaba:

Una sombra ya pronto serás,

una sombra lo mismo que yo…

Aquello me sonó demasiado cercano a mi historia personal y dejé de prestarle atención. Besé a Lena en la comisura de los labios, ella sonrió y preguntó:

—¿Has dormido bien papito?

—Bien, ¿y tú?

Se encogió de hombros.

—Me he quedado sin cliente, Lena

—¿Y? ¿Encontraste a la mina?

—No, tampoco creo que le haga falta. Esta noche se lo han cargado de una paliza. Según los Mossos, ha sido cosa de esos rapados y tienen un testigo presencial.

—Algo me dijeron, recién, sucedió aquí al lado, pero no sabía que el muerto fuera el mismo tipo que te contrató.

—Sí, el nombre es el mismo y la fotografía que mostraron por la tele era la suya. En fin, ¿algo nuevo?

—No, de momento.

—Bueno, ya sabes, Dios aprieta pero no ahoga.

—Te fusila, concha de tu madre.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis: Mala hostia. Barcelona : Alrevés, 2011. p.154

Ray Charles – I Won’t let you gone

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Nos quedamos mirando sin decir palabra. Ella, sentada con las manos cruzadas sobre el regazo, me recordó una lámina que colgaba en el salón de una vecina, allí en mi lejana niñez, en la que una mujer con toca negra miraba fijamente una fotografía de alguien supuéstamente ausente, mientras sus manos cruzadas sobre el regazo reflejaban con su quietud toda la tristeza de la irremediable ausencia. Yo, apoyado en la puerta aún entreabierta, decidiendo hacia dónde debía mirar para no ver lo que los ojos de Ángela no podían evitar decirme.

Cerré la puerta y me dirigí al estéreo. No recuerdo la razón precisa por la que en aquel momento se me ocurrió ponerle música a la escena. Aunque recuerdo perfectamente que puse I won’t let you gone.

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GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis: Los muertos no tienen amigos. Barcelona : Flamma, 2011. p.186

Carlos Gardel – Mala entraña

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Valentina es lo único bueno de lo que podría hablarles.

Pero en este momento no tengo ganas de hacerlo.

En ocasiones, mientras hago el amor con Valentina, trato de imaginar el goce de hacer el amor con ella.

No sé si seré capaz de mantenerla a mi lado durante mucho tiempo.

Ella dice que sí.

Pero mi suerte y yo hace tiempo que no mantenemos las mejores relaciones.

¿Y qué más?

¡Claro! El espíritu de Gardel sigue poseyéndome, pero ahora paulatinamente va dejando espacio para otras músicas. El tiempo no perdona, la inmortalidad también envejece.

Sin embago, el otro día le escuché cantando un tango que no conocía, se llama «Mala Entraña», a mí me suena casi como «Mala Hostia» y me hizo pensar.

Más o menos dice así:

Te criaste entre cafishos, malandrines y matones

entre gentes de averías desarrollaste pasiones

por tu estampa de suburbios florecieron los balcones

y lograste la conquista de sensibles corazones.

Vos, que sos más estirado que el tejido de fiambrera,

quiera Dios que no te cache la mala racha fulera

que si no, como un alambre te voy a ver, pa enrollar.

GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis: Mala hostia. Barcelona : Alrevés, 2011. p.154