Atila, episodio huno

Mala Hostia es la segunda novela que el @Clubnoir_ se propuso como lectura para ir intercambiando pareceres durante el mes de febrero de 2012. Si no sabes bien qué ese eso del @Clubnoir_ unicamente es un pequeño esfuerzo por juntar a un puñado de personas apasionadas por el género negro que nos movemos en Twitter y en el que se propone una lectura al mes para ir comentando la jugada. Todo muy poco estructurado y en plan un poco salvaje; como el propio espíritu de Twitter, vamos.

Tras una primera lectura en la que se le hincó el diente a Cosecha Roja, y viendo que la idea de empezar por los clásicos tampoco había sido una buena decisión, cambiamos totalmente el rumbo y nos decantamos por Gutiérrez Maluenda, un autor que nos gusta mucho a la gente que solemos mover los hilos del @clubnoir_, que es bastante desconocido para lo buen escritor que es y que tiene algo que yo suelo buscar en los libros que leo como si de pepitas de oro se tratara, y es el ser capaz de darle a sus historias unos buenos brochazos de sentido del humor. Es mucho más habitual que te encuentres con novelas negras que se pasen de frenada en lo que a truculencia se refiere y que para pasar página tengas que apartar un par de cadáveres que encontrarte una obra que se pase (o que simplemente lo intente) a la hora de utilizar el sentido del humor.

Es verdad que de Atila esperaba más. Está muy bien la novela y está muy bien el personaje, pero en todo momento lo iba comparando con Humphrey, otro personaje de Gutiérrez Maluenda que se mueve por las mismas calles que Atila y que a mi me gusta mucho más. Quizá porque Atila es más hijoputa, más seco, un tipo que no duda a la hora de tirar de gatillo… pero no sé, me gusta más Humphrey, quizá un personaje mucho más literario y menos real, pero, qué hostias, esto es literatura, y a cada cual le gusta lo que le gusta. Por cierto, puedes leer una reseñita que escribí sobre la primera novela de este personaje, Los muertos no tienen amigos.

Me ha recordado un poco la lectura de Mala hostia a las novelas de Ken Bruen con Taylor como protagonista. Son novelas, igual que ésta de Gutiérrez Maluenda muy contundentes, con una banda sonora bestial (si te gustan los tangos te lo vas a pasar de miedo leyendo a Atila. Gardel va haciendo un bonito repaso a algunos tangos legendarios a lo largo de esta novela)… pero es un personaje que vive tanto tiempo en el filo de la navaja que en alguna ocasión acaba cortándose. Eso me ha pasado a mi con Atila.

Que lo que aquí te digo no sea obstáculo para que en cuanto puedas te agencies esta novela y empieces a leerla. Vas a darte una vuelta por la parte menos turística de El Raval y te vas a ver enseguida atrapado por una historia de puticlubs y de mujeres muy blancas que llegaron a nuestras tierras buscando una vida mejor y que no salen bien paradas.

La historia de Atilano, aprendiz de Huno y politoxicómano del drinkin, que como los detectives clásicos es de los que no suelta la presa una vez que ha empezado a morder, pero que en su ir derribando obstáculos que le lleven a la resolución del misterio arrastra toda un mochilón de recuerdos, nostalgias y descreimientos que le hacen ver la vida con un escepticismo que raya lo brutal.

Y de banda sonora, Gardel.

Atila

Luis Gutiérrez Maluenda

Al revés, 2011

Y que no se me olvide recomendarte una visita a otro puntillo de vista, el de Aramys Romero, el auténtico motor del @Clubnoir_

El principio de una gran amistad, Humphrey

Creo recordar que llegué a las novelas de Gutiérrez Maluenda a través del blog de Alice Silver, Mis Detectives Favoritos, ya que a partir de un encuentro con el autor en los sábados negros la inquieta Alice montó un par de concursos con preguntas sobre las novelas de Maluenda en los que el premio eran “Música para los muertos” y “Los muertos no tienen amigos”, la novela que hoy tenemos entre manos.

Y fue tan buena la sensación que me transmitió Alice que lo solicité en el último pedido que he hecno a la librería Negra y Criminal (el libro no está disponible en ninguna biblioteca de la red vasca, lástima). Y fue abrir el paquete y encontrarme, al fin, ante Basilio Céspedes. Bueno, ahí estaba Basilio “Humphrey” Céspedes y todo un ecosistema de personajes de lo más variopinto ; desde Billy Ray Cunqueiro, el hombre que mejor marida las lenguas de Sheakespeare y Rosalía de Castro; el comisario Jareño y su segundo, el sargento García, Marichu la desdentá, que también tiene una pequeña aparición en Atila y que es un personaje tan potente que debería tener su serie propia. Ah, y no me quiero olvidar de “Mediahostia”, otro personaje con un papel corto pero no menos importante.

Sí, unos personajes curiosos, muy dinámicos, con un currículum como una sábana… y que se mueven por un barrio decrépito en permanente estado de derribo o hundimiento en el que parece que las últimas cosas buenas pasaron hace mucho tiempo. Pero… ¿por qué me ha gustado tanto una novela tan sencilla y tan delgadita? ¿qué tiene de particular la prosa de Gutiérrez Maluenda?. Pues no lo sé. Imagino que tiene mucho que ver el tremendo sentido del humor y el sarcasmo que se desparrama por toda la novela. También tendrá algo que ver el que se nos presente un arquetipo de detective megaduro pero que por dentro es un pedazo de pan capaz de exponerse a cualquier peligro por cosas parecidas a la amistad y al que por dentro le destrozan las mismas cosas que al común de los mortales, la soledad, la añoranza, la nostalgia…. y que no pierde las esperanzas de encontrar al doblar cualquier recodo el amor, verdadero, de su vida.

Y esa vendría a ser la fórmula de esta obra: escribir una novela negra con una estructura bien clásica en la que se hacen interactuar a unos grandes personajes. Désele a la misma un argumento tirando a negrísimo y a continuación haga un espectacular despliegue de sarcasmo y sentido del humor y casi tendrá perfilada la obra. Si además es capaz de dotar al relato de una banda sonora contundente, algo en lo que el autor es un experto y es capaz de transmitir sentimientos que se acercan al amor, desamor, ternura o nostalgia, entonces ya tiene el maravilloso cóctel a punto, Acabas de escribir “Los muertos no tienen amigos”.

Es fácil que si lees algún artículo en los suplementos literarios que se dedican a glosar a los negrocriminales patrios no encuentres a Gutiérrez Maluenda. Fijo que no está y lástima por el plumilla porque se lo está perdiendo. Así que si en algún momento te encuentras que te falla tu asesino en serie preferido, o la última peripecia de ese profiler que sigues te ha parecido un truño, o si simplemente, como a mí me ocurre, andas de repente con sobredosis de truculencia, agénciate “Los muertos no tienen amigos” y date el gustazo de leer un buen libro, una gran novela negra muy bien escrita, y sobre todo, muy bien sentida y con un humor sencillamente arrollador.

Va a ser que me ha gustado Maluenda y que al final los muertos sí tenían, al menos, un amigo, además de Humphrey

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Luis Gutiérrez Maluenda

Los muertos no tienen amigos

Flamma Editorial, 2011

Ray Charles – I Wonder who’s kissing her now

(…)

Además de los compactos de Julio Iglesias, Maruchi trajo provisiones suficientes para reforzar mi escasa dotación de alcohol. Trajo también un provisión de ternura de ley que francamente no sé de dónde demonios pudo sacar.

Cuando estuvimos bien mamaos los dos, Maruchi dejó la dentadura en un vaso con agua y me hizo una demostración de la especialidad que le ha dado fama en todo Barcelona y sus alrededores. Aunque mientras me la mamaba yo no pude evitar que en mi cabeza resonasen los versos de la canción de Ray Charles.

I wonder who’s kissing her now,

I wonder who’s teaching her how,

I wonder who’s looking into her eyes,

Breathing sighs, telling lies.

I wonder who’s buying the wine

For lips that I used to call mine….(1)

(1) Me pregunto quién la besa ahora. / Me pregunto quién se lo enseña ahora. / Me pregunto quién le mira en los ojos, / suspirando y diciendo mentiras. / Me pregunto quién compra el vino /  para los labios que solían ser míos….. (N. de la E.)

(…)

GUTIÉRREZ MALUENDA, Luis: Los muertos no tienen amigos. Barcelona : Flamma, 2011. p.195