Cristina y los Stop – Con su blanca placidez

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-¿Y el gallego te compra los Converse?

El muchacho sonrió. Había recuperado su palidez vampiresca.

-¿Por qué tú crees que el viejo es rico? Es más tacaño que la madre que lo parió. Las cosas que tengo me las manda el puro de Chile. Pa joder a my mother

Conde también sonrió, pero no por lo que iba conociendo de los moradores del palacio, sino porque a su mente vino la letra de aquella versión de «A Whiter Shade of Palé», de Procol Harum, versionada al español por Cristina y los Stop y que hablaba de alguien amado que, muerto y enterrado, se le aparecía a la cantante con una «blanca palidez» que a Conde, desde siempre, le había parecido asquerosa y necrofílica. Una palidez como la de aquel muchacho al que Yoyi había llamado «pomo e’leche». Una blancura en la cual resaltaba como un alarido la cicatriz rojiza de unos diez centímetros que Conde había logrado ver en la cara interior del antebrazo izquierdo de Yovany.

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PADURA, Leonardo. Herejes. Barcelona : RBA. 2013

Creedence Clearwater Revival – Proud Mary

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-¿Qué te gustaría oír?

-¿Los Beatles?

-¿Chicago?

-¿Fórmula V?

-¿Los Pasos?

-¿Creedence?

-Anjá, Creedence -fue otra vez el acuerdo. Desde hacía mil años les gustaba oír la voz compacta de John Fogerty y las guitarras primitivas de Creedence Clearwater Revival.

-Sigue siendo la mejor versión de «Proud Mary».

-Eso ni se discute.

-Canta como si fuera un negro, o no: canta como si fuera Dios, qué coño… Por eso nunca se casó.

Conde miró a Carlos, pero el Flaco, como si no hubiese dicho nada, se empeñó en el acto de colocar el disco compacto en el espacio preciso, accionar la tecla que lo devoraba y luego la destinada a ponerlo a reproducir la música.

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PADURA, Leonardo. Herejes. Barcelona : RBA. 2013

Orquesta América – Miñoso al bate

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Para contribuir al perseguido aunque manifiesto ambiente de nostalgias, por el audio del salón se dejaba escuchar una prodigiosa selección de chachachás, mambos, sones, boleros y danzones famosos en la Cuba de la década de 1950. Periódicamente ocupaba el espacio el chachachá de Miñoso («Cuando Miñoso batea de verdad, la bola baila el chachachá»), interpretado desde la eternidad por la Orquesta América, pero cada nueva pieza que se oía resultaba de inmediato identificada por la añoranza agresiva de Daniel Kaminsky, quien le susurraba a su hijo el nombre de su ejecutante: Benny Moré y su banda, Pérez Prado, Arcaño y sus Maravillas, el Conjunto de Arsenio, Barbarito Diez, la Aragón, La Sonora Matancera de antes, la de verdad, con Daniel Santos o Celia Cruz al micrófono…

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PADURA, Leonardo. Herejes. Barcelona : RBA. 2013

Cuento chino (1)

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El viejo suspiró, moviendo otra vez la cabeza, con aquella negativa pendular e infinita, hasta que sonrió.

—Oye esto, que es sabidulía de mi país: una vez un homble hizo un pozo de agua al lado de un camino, y todita la gente que pasaba aplaudió su acción, polque ela un pozo muy bueno pala todos los que quelían agua y vivían pol allí… pelo un día alguien se ahogó en el pozo, y entonces to el mundo cliticó al homble que lo había hecho… ¿Tú entiendes?

—Sí, y hasta me sé la canción del chino que se cayó en el pozo… Eso es otro cuento chino, Juan, muy bonito y muy educativo, pero es un cuento, y ahora lo que tú tienes que hacer es ayudarme a encontrar un asesino de verdad… Nadie te va a criticar por eso.

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PADURA, Leonardo. La cola de la serpiente. Barcelona: Tusquets, 2011. p. 39

La foto, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Just Take It Easy

1984

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—¿Así que tú eres un policía que lee? —le había preguntado un día, apenas ingresado de la Central de Investigaciones, el mayor Rangel—. ¿Cómo coño te dio por eso? ¿O por esto otro? —y se tocó el uniforme.

—Un día, cuando tenía dieciséis años, un bibliotecario cojo me dijo que la lectura me ayudaría a ver el mundo con otros ojos.

—¿Qué quiere decir eso? —se interesó el mayor, mientras daba fuego a uno de sus habanos.

—Un día ese hombre me advirtió que ya estaba preparado y me dio un libro. Lo había forrado con papel de periódico, para que no viera la portada y me dijo: léetelo, éste es un libro sobre la esclavitud, pero si lo lees, tú serás más libre. Era una novela que se suponía que nadie debía leer en Cuba… un libro peligroso.

—¿Y cuál era ese libro?

—1984. Y me cambió la vida. Lo he leído unas diez veces. Y de verdad me ha hecho más libre. Porque me enseñó que hay muchas formas de ser esclavo.

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PADURA, Leonardo. La cola de la serpiente. Barcelona: Tusquets, 2011. p. 44

La imagen, en Flickr, es de pallih

Un cuento chino

Aparte del fenómeno nórdico, que desde hace ya una larga temporada ha ido pasando por nuestras librerías y bibliotecas como si de una tormenta de hielo se tratara, en los últimos años también se observa un mayor interés por los autores chinos, así como por cómo se tratan los problemas de esta gran comunidad tanto en la propia China como en la diáspora.

Hemos podido leer los esfuerzos por recensionar todo esto por parte de Alice Silver, y hemos tenido incluso la ocasión de poder leer cómo se acercaba Mankell a esta comunidad en su obra el Chino, de la que ya hablamos hace tiempo por aquí.

Y ahora me encuentro con que Padura nos presenta una historia de su detective Mario Conde en la que contándonos una antigua investigación ha de entrar en contacto con la exigua y anciana comunidad que aún puebla el barrio chino de La Habana. Bueno, en realidad es una versión corregida de la original, publicada en 1988.

Y como todo lo que toca Padura, y más cuando en vez de escribir un novelón se contenta con contarnos la historia en formato breve, la verdad es que vuelve a armar un libro maravilloso.

Lo borda al presentarnos a su protagonista tan voluble como siempre, con sus dudas, con los sofocones producidos por ese estar siempre preparado para el sexo e incluso sus prejuicios hacia la comunidad china. Y lo sigue bordando cuando nos volvemos a encontrar La Habana, la suya, justo sostenida por cuatro puntales mal puestos y que pareciera que se fuesen a venir abajo en cualquier momento.

Y nos reímos con él, por cómo él se ríe de sí mismo y de las cosas que le pasan. Y nos cautiva la poesía, la sensibilidad y el sentimiento que destila toda la novela. Da igual lo que nos cuente. Da igual que pasemos de la risa al llanto. Da igual. Todo lo que hacen Padura y el Conde se hace con cuidado. Desde el trago de orujo que se lleva un par de cuerdas vocales a su paso, a las conversaciones con Carlitos, su amigo inválido. Desde cómo aprieta a un chivato que el Conde sabe que es un pobre diablo, a las conversaciones con los ancianos chinos, siempre delante de suculentos platos de comida.

Hace ya unos años leí una novela de Padura, con este mismo personaje, que me dejó KO total; era “Adios Hemingway”. Hoy, un poco más pellejos los tres, Padura, el Conde y yo, he creído sentir un mareo similar al sumergirme en las páginas de esta gran y entrañable novelita.

Novelita,  novelón, cuento chino…. todo eso y mucho más.

La cola de la serpiente

Leonardo Padura

Tusquets, 2011

(Andanzas ; 690/7)