John Handy Quintet – Naima

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Después de comer en la terraza de atrás, con jazz en el equipo de música y un destornillador de estrella en la mano, Bosch volvió a la mesa. Examinó con atención las páginas del manual Clymer una vez más antes de empezar a desandar los pasos que había seguido al desmontar el carburador. Tenía al John Handy Quintet en el equipo de música y en ese momento sonaba Naima, la oda de Handy a John Coltrane de 1967. Harry la consideraba una de las mejores actuaciones de saxofón grabadas en directo. Bosch fue siguiendo el manual paso a paso y el carburador enseguida empezó a tomar forma. Al ir a coger el tornillo regulador, se fijó en que estaba encima de una foto del antiguo gobernador, con el cigarro apretado entre los dientes y una amplia sonrisa en el rostro al pasar un brazo en torno a otro hombre, al que Bosch identificó como un antiguo miembro de la Cámara Baja de East Los Ángeles.

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CONNELLY, Michael. Del otro lado. Alianza, 2016

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Grace Kelly – Somewhere Over the Rainbow

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De camino al Edificio de Administración de la Policía paró en el Blue Whale para ver quién estaba tocando y quién vendría ese mes, y le sorprendió gratamente ver a Grace Kelly en el escenario con un cuarteto. Grace era una joven saxofonista de sonido poderoso. También cantaba. Bosch llevaba algunos de sus temas en el móvil y en ocasiones pensaba que Kelly estaba canalizando al difunto Frank Morgan, uno de sus saxofonistas favoritos. Pero nunca la había visto tocar en directo, así que pagó la entrada, pidió otra cerveza y se sentó al fondo de la sala, con el maletín en el suelo entre sus pies.

Disfrutó del concierto, sobre todo del juego entre Grace y su sección rítmica. Grace terminó con un solo que se clavó profundamente en el corazón de Bosch. La canción era Somewhere Over the Rainbow, y Grace sacó del saxo un sonido que ninguna voz humana podría igualar. Era quejumbroso y triste, pero venía acompañado de una ola innegable de esperanza subyacente. Hizo que Bosch pensara que todavía tenía alguna oportunidad, que podía todavía encontrar lo que estaba buscando, sin que importara el poco tiempo que le quedara.

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CONNELLY, Michael. La habitación en llamas. Alianza editorial, 2017

 

Wynton Marsalis – The Majesty Of The Blues

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Satisfecho de que su corazonada de que Ellis podría intentar algo contra él era equivocada, Bosch empezó a relajarse. Encendió las luces de la sala y fue al equipo de música. Lo puso en marcha y colocó la aguja en el álbum que ya estaba puesto en el tocadiscos. Ni siquiera miró cuál era. Dejó su pistola en el receptor estéreo, se quitó la chaqueta y la lanzó al sofá. Estaba exhausto de un día largo y tenso, pero demasiado acelerado para dormir. Los primeros compases de trompeta se alzaron desde los altavoces y Bosch supo que era Wynton Marsalis tocando The Majesty of the Blues, una vieja grabación que había comprado recientemente en vinilo. La canción parecía apropiada para el momento. Abrió la corredera y salió a la terraza de atrás.

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CONNELLY, Michael. Del otro lado. Alianza, 2016

Ry Cooder – Teardrops Will Fall

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Me llevé el teléfono móvil al bolsillo. No más llamadas. Estábamos a última hora del viernes por la tarde. Era mejor que me olvidara del caso y lo retomara por la mañana. Todo podía esperar hasta entonces.

—Rojas, pon un poco de música. ¡Ha llegado el fin de semana, hombre! Rojas pulsó la tecla del reproductor de discos compactos en el salpicadero. Me había olvidado de qué disco había puesto la última vez, pero pronto identifiqué la canción como la versión que había hecho Ry Cooder de Teardrops Will Fall, aquel tema clásico de los años sesenta que aparecía en la recopilación de lo mejor del cantante. Era una buena canción, y muy apropiada. Una canción sobre el amor perdido y el abandono.

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CONNELLY, Michael. El quinto testigo. Barcelona : RBA, 2015

Cab Caloway – Everybody That Comes to My Place Has to Eat

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El alquiler que la pobre mujer pagaba por el apartamento de Cerrone servía básicamente para financiar las facturas de lencería de las putas de Cerrone. Bosch sintió rabia, pero tuvo una idea. Los apartamentos Grandview eran el ideal último de California. El edificio, construido junto a unos grandes almacenes, permitía a sus inquilinos acceder directamente al centro comercial desde su apartamento, eliminando de este modo el que hasta este momento es el terreno propicio para toda la cultura e interacción del sur de California: el coche. Bosch aparcó en el garaje del centro comercial y accedió al vestíbulo exterior a través de la entrada trasera. Era todo de mármol italiano, con un gran piano en el centro que tocaba solo. Bosch reconoció la canción. Era un estándar de Cab Calloway: Everybody That Comes to My Place Has to Eat.

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CONNELLY, Michael. La rubia de hormigón. Barcelona: Roca bolsillo, 2011.

George Cables – Helen’s song

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 —Felicidades, papá.

Bosch levantó la botella de cerveza, ya casi vacía.

—Por la buena comida y por la buena música. Y, sobre todo, por la buena compañía.

La copa tintineó al chocar contra la botella.

—Hay más cerveza en la nevera, por si te apetece —dijo ella.

—Ya. ¿Y de dónde la has sacado?

—No te preocupes por eso. Tengo mis métodos.

Maddie entrecerró los ojos remedando una expresión de conspiradora.

—Eso es lo que me preocupa.

—Papá, no empecemos. ¿Es que no puedes disfrutar de la cena que te acabo de preparar?

Bosch asintió con la cabeza, dejando correr el asunto… Por el momento.

—Sí, claro. Se puso a comer. Advirtió que en el equipo de sonido estaba sonando Helen’s Song. Se trataba de una canción maravillosa, y uno podía sentir el amor que George Cables había puesto en ella. Bosch siempre había pensado en la tal Helen como en una esposa o una compañera especial del músico.

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CONNELLY, Michael. La caja negra. Barcelona : RBA, 2012

The Doors – The end

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Carver esperaba en la oscuridad. Su cabeza era un revoltijo de pensamientos. Tantos, que no estaba seguro de cuáles eran recuerdos auténticos y cuáles inventados.

Se filtraban en su mente como el humo. Nada permanecía. No había nada a lo que pudiera asirse.

A veces oía voces, pero no podía distinguirlas con claridad. Eran como conversaciones musitadas por todas partes a su alrededor. Pero nadie hablaba con él, solo a su alrededor. Cuando hacía preguntas, nadie le contestaba.

Tenía su música, y eso era lo único que lo salvaba. La oía e intentaba cantar al compás, pero las más de las veces no tenía voz y tenía que contentarse con tararear. Se iba quedando atrás.

This is the end… beautiful friend, the end…

Creía que la voz que cantaba era la de su padre. El padre al que no había conocido nunca, que venía a él por la gracia de la música.

Como en la Iglesia.

Sentía un dolor horrible. Como si llevara un hacha clavada en el centro de la frente. Era un dolor implacable. Esperaba que alguien lo detuviera, que alguien lo salvara de eso. Pero nadie acudía. Nadie lo oía.

Esperaba en la oscuridad.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011.