Archivo de la etiqueta: Michael Connelly

Wynton Marsalis – The Majesty Of The Blues

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Satisfecho de que su corazonada de que Ellis podría intentar algo contra él era equivocada, Bosch empezó a relajarse. Encendió las luces de la sala y fue al equipo de música. Lo puso en marcha y colocó la aguja en el álbum que ya estaba puesto en el tocadiscos. Ni siquiera miró cuál era. Dejó su pistola en el receptor estéreo, se quitó la chaqueta y la lanzó al sofá. Estaba exhausto de un día largo y tenso, pero demasiado acelerado para dormir. Los primeros compases de trompeta se alzaron desde los altavoces y Bosch supo que era Wynton Marsalis tocando The Majesty of the Blues, una vieja grabación que había comprado recientemente en vinilo. La canción parecía apropiada para el momento. Abrió la corredera y salió a la terraza de atrás.

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CONNELLY, Michael. Del otro lado. Alianza, 2016

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Ry Cooder – Teardrops Will Fall

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Me llevé el teléfono móvil al bolsillo. No más llamadas. Estábamos a última hora del viernes por la tarde. Era mejor que me olvidara del caso y lo retomara por la mañana. Todo podía esperar hasta entonces.

—Rojas, pon un poco de música. ¡Ha llegado el fin de semana, hombre! Rojas pulsó la tecla del reproductor de discos compactos en el salpicadero. Me había olvidado de qué disco había puesto la última vez, pero pronto identifiqué la canción como la versión que había hecho Ry Cooder de Teardrops Will Fall, aquel tema clásico de los años sesenta que aparecía en la recopilación de lo mejor del cantante. Era una buena canción, y muy apropiada. Una canción sobre el amor perdido y el abandono.

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CONNELLY, Michael. El quinto testigo. Barcelona : RBA, 2015

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Cab Caloway – Everybody That Comes to My Place Has to Eat

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El alquiler que la pobre mujer pagaba por el apartamento de Cerrone servía básicamente para financiar las facturas de lencería de las putas de Cerrone. Bosch sintió rabia, pero tuvo una idea. Los apartamentos Grandview eran el ideal último de California. El edificio, construido junto a unos grandes almacenes, permitía a sus inquilinos acceder directamente al centro comercial desde su apartamento, eliminando de este modo el que hasta este momento es el terreno propicio para toda la cultura e interacción del sur de California: el coche. Bosch aparcó en el garaje del centro comercial y accedió al vestíbulo exterior a través de la entrada trasera. Era todo de mármol italiano, con un gran piano en el centro que tocaba solo. Bosch reconoció la canción. Era un estándar de Cab Calloway: Everybody That Comes to My Place Has to Eat.

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CONNELLY, Michael. La rubia de hormigón. Barcelona: Roca bolsillo, 2011.

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George Cables – Helen’s song

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 —Felicidades, papá.

Bosch levantó la botella de cerveza, ya casi vacía.

—Por la buena comida y por la buena música. Y, sobre todo, por la buena compañía.

La copa tintineó al chocar contra la botella.

—Hay más cerveza en la nevera, por si te apetece —dijo ella.

—Ya. ¿Y de dónde la has sacado?

—No te preocupes por eso. Tengo mis métodos.

Maddie entrecerró los ojos remedando una expresión de conspiradora.

—Eso es lo que me preocupa.

—Papá, no empecemos. ¿Es que no puedes disfrutar de la cena que te acabo de preparar?

Bosch asintió con la cabeza, dejando correr el asunto… Por el momento.

—Sí, claro. Se puso a comer. Advirtió que en el equipo de sonido estaba sonando Helen’s Song. Se trataba de una canción maravillosa, y uno podía sentir el amor que George Cables había puesto en ella. Bosch siempre había pensado en la tal Helen como en una esposa o una compañera especial del músico.

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CONNELLY, Michael. La caja negra. Barcelona : RBA, 2012

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The Doors – The end

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Carver esperaba en la oscuridad. Su cabeza era un revoltijo de pensamientos. Tantos, que no estaba seguro de cuáles eran recuerdos auténticos y cuáles inventados.

Se filtraban en su mente como el humo. Nada permanecía. No había nada a lo que pudiera asirse.

A veces oía voces, pero no podía distinguirlas con claridad. Eran como conversaciones musitadas por todas partes a su alrededor. Pero nadie hablaba con él, solo a su alrededor. Cuando hacía preguntas, nadie le contestaba.

Tenía su música, y eso era lo único que lo salvaba. La oía e intentaba cantar al compás, pero las más de las veces no tenía voz y tenía que contentarse con tararear. Se iba quedando atrás.

This is the end… beautiful friend, the end…

Creía que la voz que cantaba era la de su padre. El padre al que no había conocido nunca, que venía a él por la gracia de la música.

Como en la Iglesia.

Sentía un dolor horrible. Como si llevara un hacha clavada en el centro de la frente. Era un dolor implacable. Esperaba que alguien lo detuviera, que alguien lo salvara de eso. Pero nadie acudía. Nadie lo oía.

Esperaba en la oscuridad.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011.

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Jirafas

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Rachel daba la impresión de que tenía algo más que decir, pero se detuvo. Esperé, pero ella no continuó.

—¿Qué? —dije—. Sabes más de lo que estás diciendo.

Dejó de lado las dudas.

—Cuando trabajaba en Ciencias del Comportamiento, la unidad estaba en sus inicios. Los especialistas en realizar perfiles, profilers se llaman, se sentaban y hablaban de la correlación entre los depredadores que cazábamos y los depredadores en un entorno salvaje. Te sorprendería lo similar que es un asesino en serie a un leopardo o un chacal. Y lo mismo se dice de las víctimas. De hecho, cuando se trata de tipos corporales, solemos asignar a las víctimas nombres de animales. A estas dos mujeres las llamaríamos jirafas: altas y de piernas largas. A nuestro depredador le gustan las jirafas.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011. p. 160

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons, es de ememoreno

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Monedas

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Prendo siempre era generoso dándome cuerda. Ahora ya no importaba, pero antes de que me comunicaran que prescindían de mis servicios siempre había adoptado una posición no intervencionista. Nos llevábamos bien, aunque tampoco era ningún incauto. Tenía que darle explicaciones del uso de mi tiempo y de lo que estaba persiguiendo, pero siempre me daba la ocasión de elaborarlo antes de ponerlo al corriente.

Me alejé de la Balsa en dirección a la zona de ascensores.

—¿Tienes monedas? —me preguntó Prendergast desde atrás. Le hice una seña por encima de la cabeza sin volverme. Prendergast siempre me decía eso cuando yo salía de la redacción a investigar un artículo. Era una frase de Chinatown. Ya no usaba teléfonos públicos (ningún periodista lo hacía), pero la idea era clara: mantente en contacto.

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CONNELLY, Michael. La oscuridad de los sueños. Barcelona : Roca Editorial, 2011. p. 44

La imagen, en Flickr y bajo licencia Creative Commons, es de Fernando Rossi

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