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The Police – Message in a Bottle

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No parecían peligrosos. Jeb llevaba un lazo y una americana esmoquin. Orville vestía al estilo Woodstock: cola de caballo, pelo facial desaliñado, gafas de sol oscuras y una camisa teñida a mano. Se quedaron en el coche observando a Myron.

Jeb se puso a cantar, como siempre, mezclando la letra inglesa con su versión española. En esta ocasión era «Message in a Bottle» de The Police.

«I hope that someone gets my, I hope that someone gets my, I hope that someone gets my, mensaje en una botella…»

—Me gusta ésa, tío —dijo Orville.

—Gracias, mi amigo.

—Tío, si fueras más joven podrías salir en American Idol. Esa cosa española. Les chiflarías. Incluso a ese juez Simon que lo detesta todo.

—Me encanta Simon.

—A mí también. El tío está que se sale.

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COBEN, Harlan. La promesa. Barcelona: RBA, 2010.

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Andrew Gold – Lonely Boy

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Thrill lo miraba a la cara.

—¿Estas bien? —le preguntó.

—Muy bien. ¿Ahora qué hacemos?

—Supongo que pedir una copa

Pasaron cinco minutos. Lonely Boy sonó en la máquina de discos. Andrew Gold. Puro setenta. Chicles globos. Estribillo: “Oh, oh, oh… oh qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario… oh, qué chico tan solitario”. Para el momento en que había sido repetido el estribillo ocho veces, Myron ya se lo sabía, así que comentó a cantarlo. Gran memoria. Quizá tendría que hacer algún anuncio en la televisión.

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COBEN, Harlan. El último detalle. Barcelona: RBA, 2010. p. 246

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The Beach Boys – God Only Knows

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—Creía que traerías un apoyo —dijo Thrill.

—Así es.

—¿Dónde está?

—Si las cosas van bien, no lo verás.

—Qué misterioso.

—¿A que sí?

Entraron y fueron a un reservado en el fondo. Sí, los aspirantes a moteros. Montones de tipos que buscaban aquel aire de peludo-veterano-de-Vietnam-que-la-carretera-es-suya. En la máquina de discos sonaba God Only Knows (What I’d Be Without You) de los Beach Boys, pero diferente a todo lo demás que hicieron los Beach Boys. La canción era un sollozo lastimero, y a pesar de todos sus recelos hacia el pop, a Myron siempre le llegaba hasta la médula, la inquietud de lo que el futuro podía deparar tan desnuda en la voz de Brian, las palabras tan inquietantemente simple. En particular ahora.

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COBEN, Harlan. El último detalle. Barcelona: RBA, 2010. p. 245

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Patti LaBelle – On My Own ft. Michael McDonald

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El coche de Myron, el Ford Taurus de la empresa, había sido requisado por la policía, así que alquiló un Mercury Cougar marrón. Esperaba que las mujeres fuesen capaces de resistirse. Cuando puso en marcha el coche, la radio estaba sintonizada en Lite FM 106.7. Patti LaBelle y Michael McDonald cantaban una triste balada titulada On My Own. La una vez feliz pareja se separaba. Trágico. Tan trágico que, como decía Michael McDonald: “ahora estamos hablando de divorcio… y ni siquiera estamos casados”.

Myron sacudió la cabeza. ¿Para esto Michael McDonald dejó a los Doobie Brothers?.

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COBEN, Harlan. En: El último detalle. Barcelona: RBA, 2010. p. 119

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George Michael – Careless Whisper

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Myron puso en marcha el coche para volver a Nueva York. Encendió la radio y empezó a sonar un tema clásico de los Wham, Careless Whisper. George Michael se quejaba amargamente en esa canción de que no iba a poder volver a bailar porque “guilty feet have got no rhythm”, es decir, porque los pies culpables no tienen ritmo. Qué profundo, pensó Myron, qué profundo.

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COBEN, Harlan. En: Motivo de ruptura. Barcelona: RBA, 2010. p. 198


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A Win y Myron les cortan la luz

2010 fue el año de Harlan Coben y de la tremenda campaña de márquetin que organizó la editorial RBA alrededor de este autor, campaña que culminó con la concesión del premio RBA de novela negra a la novela Alta tensión, la última novela de esta serie y que supone el número diez de la saga.

Aprovechando la coyuntura, lo cual está bien, han editado las novelas que aun no habían visto la luz y se reeditaron las que ya era imposible conseguir por ningún lado. En mi caso esto ha supuesto poder leer la serie en orden y aprovechar la ocasión para releer algunas de estas obras.

No sé si en mi caso habrá sido sobredosis, atracón o qué, pero si bien mi idea era haber hecho un comentario de cada una de las novelas según las iba leyendo, al final simplemente conseguí escribir dos breves comentarios: El quarterback no tiene quien le escriba, sobre la novela Motivo de ruptura y Un yankee en la corte del rey Arturo, sobre Desaparecida (y paradójicamente, diría que la primera es la que más me gustó y la del yankee la que menos).

A mi me ha dado la sensación que esta es una serie que se va desinflando según los personajes van quemando etapas. Es cierto que el autor intenta buscar nuevas tramas, en ocasiones muy pegadas a la actualidad, pero el resultado me ha ido decepcionando un poquito más en cada nueva entrega. Quizá remonta un poquito en esta última pero qué menos se puede esperar si parece que es con la que va a finiquitar la serie.

De todas formas, debo reconocer que aunque la evolución de la serie me haya dejado un poco descontento, he ido adquiriendo las novelas de esta serie según iban saliendo, porque es un tipo de lectura que entra como una cervecilla fresca, sin complicaciones, con los límites entre “malos y buenos” muy marcados y en las que se nos suele guardar alguna sorpresilla para el final. A esto hay que sumar la rapidez con la que Coben introduce nuevas realidades y nuevos problemas a las tramas de sus novelas. Aquí, por ejemplo, Facebook tendrá un papel muy importante.

En Alta Tensión parece que son varios los personajes que van cerrando sus historias o por lo menos tomándose un descanso. Win, el propio Myron, Suzze T…. pero el autor abre la puerta a un nuevo personaje, Mickey Bolitar, el posible sucesor de la saga y sobrino del protagonista de las diez novelas de esta serie.

Veremos, pues, por dónde nos sale el sobrinísimo.

Harlan Coben

Alta Tensión

Traducción de Alberto Coscarelli

RBA, 2011

(Serie Negra; 100)


La imagen está tomada de sellorba.com



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Isiah Thomas

-Qué va. – TC sonrió-. La gente se queja de mi actitud. Dicen que me comporto como si todo el mundo me debiera algo. Como si fuera una especie de diva. Lo que les cabrea es que los veo venir. Sé la verdad. Todos piensan que soy un negro ignorante: los propietarios de los clubes, los entrenadores, todo el mundo, así que ¿cómo voy a respetarles?. El único motivo de que sigan hablando conmigo es que aún soy capaz de pasar el balón por el aro. No soy más que un mono que les da dinero. En cuanto me retire, se acabó. Seré otro desgraciado salido del gueto, indigno de apoyar mi negro culo sobre su puto retrete. -Hizo una pausa, como si le faltara el aliento. Miró hacia los rascacielos. La visión pareció rejuvenecerle-. ¿Conoces a Isiah Thomas? -le preguntó.

-¿El de los Detroit Pistons? Sí, me lo presentaron hace tiempo.

-Le oí en una entrevista, cuando los Pistons ganaron aquellos dos campeonatos consecutivos. Un tío le preguntó qué haría si no jugara al baloncesto. ¿Sabes qué le dijo Isiah?

Myron negó con la cabeza.

-Que sería senador de los Estados Unidos. -TC soltó una carcajada estentórea. El sonido despertó ecos en la noche silenciosa-. ¿Está loco o qué? Senador de Estados Unidos… ¿A quién coño cree que engaña? -Rió de nuevo, pero esta vez de forma más forzada-. Yo sí sé lo que haría. Estaría trabajando en una fábrica de acero, en el turno de doce de la mañana, o quizás estaría encarcelado o muerto, no lo sé. -Sacudió la cabeza-. Senador de Estados Unidos. Y una mierda.

COBEN, Harlan. En Tiempo muerto. Barcelona: RBA, 2010. p. 153

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