La línea

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Cuando no se consigue digerir la hostia recibida, la única solución es ir a hablar con alguien que ha recibido muchas más hostias que tú y es, por lo tanto, un experto.

Encuentro a Zisis junto a la entrada, el pequeño espacio que hace las veces de portería y de despacho. En el bar hay algunos usuarios. Unos leen el periódico y otros charlan animadamente.

—¿Cómo tú por aquí de buena mañana? —me pregunta Zisis con una sonrisa.

Me lo llevo al bar y nos sentamos a una mesa apartada. Él se sienta de cara a la puerta, para controlar las entradas y las salidas. Empiezo a contarle con todo lujo de detalles mi aventura de ayer y mi encontronazo con el subdirector general.

Zisis escucha sin interrumpirme y al final me dice tranquilamente:

—Es la línea, camarada.

Su respuesta me deja anonadado. Esperaba algún consejo, alguna explicación, quizá unas palabras de consuelo, y él me sale con eso de «camarada».

Piso el freno para no mostrarme agresivo.

—¿Desde cuándo soy militante del Partido Comunista, que no me he enterado? —pregunto con toda la calma de la que soy capaz.

Zisis no deja de sonreír.

—Cuando la dirección del partido tomaba una decisión con la que algunos no estábamos de acuerdo, el secretario general nos decía: «Es la línea, camarada». Es decir: «Cierra el pico y obedece». Esto es, exactamente, lo que te dijo tu subdirector.

—Pero yo no pertenezco a un partido sino a la policía. Soy un funcionario.

—Los nuestros también eran funcionarios. De la revolución —contesta él secamente.

—¿Y qué debo hacer? —pregunto desesperado.

—Nada, o te meterás en un lío mayor y te expulsarán del juego. Lo mismo nos pasaba a nosotros —es la dura respuesta. Hace una pequeña pausa antes de continuar—: Tú, al menos, quieres pillar a los verdaderos culpables, no pretendes salvar a la humanidad. Nosotros queríamos salvar a la humanidad y nos pasaron cosas mucho peores.

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MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017

Follow the line - Galway, Ireland - Black and white street photography

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Giuseppe Milo

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Tortellini a la marinera

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—No te preocupes, Uli te ayudará. Es un experto en cocina italiana —añade Maña.

—¿Cómo un alemán puede ser experto en comida italiana? —le pregunta Adrianí.

Uli se echa a reír.

—En los restaurantes alemanes la cocina cierra a las diez, Adrianí —explica—. Los que quieren cenar más tarde, van a un griego o un italiano. Mis amigos y yo cenábamos siempre tarde, así que íbamos a menudo a restaurantes italianos. Así aprendí.

—Por eso se adaptó tan fácilmente a las costumbres griegas. Porque ya había aprendido a cenar tarde en Alemania —dice Maña—. Cuando vienen a visitarnos sus padres, nos quieren sentar a la mesa a las siete de la tarde. Un día les dije que, en Grecia, ni en los hospitales te dan de cenar a las siete.

—Pida tortellini a la marinera —me sugiere Uli—. Es un plato muy sabroso.

Acepto la sugerencia al tiempo que me santiguo mentalmente. Espero que esta cosa se pueda comer, porque, si no, me veré obligado a tragar hasta el último bocado para no ofenderlo. Mis temores demuestran carecer de fundamento, porque el plato está delicioso y, acompañado de las dos ensaladas que han pedido Katerina y Fanis para compartir, la cena es un auténtico manjar. Pienso que la salida de esta noche será la guinda del pastel y mañana volveré a encontrarme fatal.

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MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017

Mayiritsa

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Terminada la llamada, Adrianí vuelve a la cocina para buscar la mayiritsa y Maña la sigue con los huevos pintados y la ensalada. Mi mujer choca su huevo con el mío y me lo rompe, mientras que Uli rompe el de Maña.

—¿Qué esperabas de un alemán? —dice Maña riéndose—. Siempre tiene las de ganar.

—¿Sabéis cuál es la diferencia entre vosotros y nosotros, los alemanes, con respecto a la religión? —me pregunta Uli.

—Vete a saber. ¿Que nosotros somos ortodoxos y vosotros católicos o protestantes?

—Sois ortodoxos, efectivamente, es decir, de Oriente. Nosotros somos occidentales y nos lo tomamos todo muy en serio. En la iglesia tenemos que estar muy serios, con la cabeza inclinada, en silencio. Vosotros, por el contrario, os reís hasta cuando celebráis el entierro de Jesucristo, y también la Resurrección, por supuesto. Esto me gusta mucho. Porque inclinar la cabeza y no hablar en una celebración es de hipócritas. Vosotros, en cambio, disfrutáis de la fiesta sin tapujos.

Adrianí tiene razón, el chico se ha helenizado por completo, pienso mientras observo cómo ataca la mayiritsa.

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MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017

 

Arroz con puerros

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—¿Que ya no verás más la tele, dices? Bah. Mi madre siempre dice que los grandes milagros sólo duran tres días —bromea Fanis.

—Escucha, hijo mío —le replica Adrianí—. Todo eso que dicen, eso de que el país está iniciando una nueva etapa de su historia, ¿sabes?, son paparruchas, simples paparruchas. Aquí lo único que pasa es que estamos volviendo a los años cincuenta. Y en los cincuenta, como no había televisión, escuchábamos la radio. Y punto.

Ha preparado arroz con puerros, con el ineludible plato de queso feta, y pimientos rojos asados. Incluso en esta época de economía de subsistencia, mi ahorrativa mujer consigue poner dos platos en la mesa.

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MARKARIS, Petros. Pan, educación, libertad. Tusquets, 2013

 

Y como no he encontrado una receta específica como la de Adrianí, os dejo la receta de elcocinerocontirantes de Arroz con puerro y calabacín.

Calabacines rellenos de arroz

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Con ella vino Uli, para empezar las clases de informática. Cuando Katerina le contó que también Adrianí quería escuchar Radio Esperanza, Uli la invitó a acompañarnos. Le enseñó cómo encender el ordenador y luego utilizó un truco para que, en adelante, no necesite el ratón para conectar la radio; ahora basta con pulsar la tecla F3. Adrianí se retiró encantada y llegó mi turno. Uli me enseñó en un par de horas lo que yo no habría sido capaz de aprender ni en dos semanas. Es decir, cómo redactar un texto, cómo guardarlo, cómo abrir el correo electrónico y cómo descargar archivos de Internet. El joven, además, fue tan encantador que alabó mi inteligencia en lugar de presumir de sus propias habilidades. Como recompensa, cenó calabacines rellenos de arroz con salsa de huevo y limón, que devoró sin parar de exclamar con la boca llena: «Delicious, delicious!». En realidad, esta mañana debería haberme sentado al ordenador para seguir practicando yo solo, pero hace tantos años que combato el insomnio con la ayuda de Dimitrakos que me ha parecido una traición dejarle de lado.

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 MARKARIS, Petros. Pan, educación, libertad. Barcelona, Tusquets, 2013

Imposible conseguir la receta de Adrianí, así que os dejo por un lado la que me ha parecido que podría asemejarse más, el Kilokitàkhi Gemistó del blog Asopaipas, y por otro lado, la versión de un cocinero al que sigo en Youtube, el Cocinero Universitario.

Jerarquía

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—El asesinato de Dimos Lepeniotis ha sido el tercero de una serie de asesinatos cuyo modus operandi es muy similar —prosigo, después de ocupar nuestros asientos—. De ahí que mi primera pregunta no se refiera a las actividades recientes de la víctima, sino a su pasado. ¿Pertenecía Dimos Lepeniotis a la generación de la Politécnica?

—Desde luego —responde un tipo con perilla—. No sé si participó en la ocupación de la Politécnica, pero perteneció al Frente Antifascista Panhelénico.

Poco a poco empiezo a forjarme una idea de la evolución de la generación de la Politécnica, que se parece mucho a la de la Iglesia. Igual que en la jerarquía eclesiástica, que se empieza siendo diácono para ascender a obispo, en la generación de la Politécnica se empezaba siendo un simple luchador antifascista para llegar a ser empresario, profesor universitario o alto cargo sindical. La única diferencia estriba en que la generación de la Politécnica ascendía los peldaños mucho más deprisa de lo que permite la jerarquía eclesiástica.

Con Dimos Lepeniotis se ha completado el trío politécnico, y me veo obligado a repetir las mismas preguntas, pese a que ya sé que recibiré las mismas respuestas.

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MARKARIS, Petros. Pan, educación, libertad. Barcelona, Tusquets, 2013

La imagen, en Pixabay y de Dominio Público, es de ejaugsburg

 

 

Burocracia – Obstrucción – Ineptitud

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¿Qué fue lo que le impidió a Makridis adaptarse, aprender a pensar y actuar como un griego? Como siempre en los momentos de dificultad e incomprensión, recurro al diccionario de Dimitrakos. Leo todas las voces que pudieran tener que ver con nuestra mentalidad y acabo centrándome en tres de ellas.

«Burocracia: f. 1. Concentración del poder administrativo en las oficinas públicas y tramitación de los expedientes públicos a través de documentos oficiales y procedimientos administrativos mayormente innecesarios. / 2. Persistencia en las formas para la tramitación de los casos, con la subsiguiente prolongación de la misma.»

«Obstrucción: f. Obstáculo a la ejecución de una obra, impedimento de una labor.»

«Ineptitud: f. 1. Insuficiencia, falta de capacidad, destreza o aptitud para algo. / 2. Cualidad del que no es apto para el trabajo, el ascenso o la ordenación religiosa. / 3. Falta de competencia para la administración de la justicia.»

«Éste es el tríptico que define nuestra vida en Grecia», me digo, satisfecho de haber llegado a esta conclusión.

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MÁRKARIS, Petros. Hasta aquí hemos llegado. Barcelona : Tusquets, 2015

La imagen, en Pixabay y de Dominio Público, es de 99pixel