Prometeo

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—Puede que tengas razón, Scott, pero podría ser peor, ¿sabes? El inglés del chico es bastante bueno.

—Lo sé. He estado leyendo lo que tuiteó antes del partido de su selección contra Argentina, en el Grupo F.

No estaba de acuerdo con Viktor en creer que eso fuera bueno. A veces, es mejor para el equipo que un jugador con un gran ego apenas sepa comunicarse con los demás. Hasta ese momento había resistido la tentación de hablar del destino del Prometeo mitológico. Castigado por Zeus por el crimen de robar el fuego y entregárselo al ser humano, lo encadenaron a una roca donde, durante el día, un águila le comía el hígado, que se le regeneraba por la noche porque, claro está, Prometeo era inmortal. Un castigo jodido.

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KERR, Philip. La mano de Dios. RBA, 2016

La imagen es de la Wikipedia.

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The Stranglers – Peaches

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Tengo tonos de llamada personalizados según quién me llame. Para Viktor Sokolnikov, el Ejército Rojo canta una famosa canción tradicional rusa llamada Kalinka. El de Zarco es London Calling, de The Clash. El de Sonja es I’m So Excited, de las Pointer Sisters. Esta vez no era ninguno de esos. Peaches, de The Stranglers, significaba que era Maurice McShane (lo había relacionado con el actor Ian McShane, que aparecía en Sexy Beast); Maurice era asesor personal y negociador extraoficial del City y la primera línea de defensa en cualquier crisis que estallara fuera del terreno de juego. Su labor consistía en ayudar a nuestros jugadores, pagados en exceso y a menudo ingenuos, en todo tipo de cosas: desde abrir una cuenta bancaria en un paraíso fiscal hasta pagar a algún capullo al que alguno de ellos le ha dado una paliza. Eso significaba que Maurice era uno de los hombres más ocupados de la ciudad deportiva. Los jugadores suelen confiar problemas al auxiliar que ni se plantearían mencionar al director técnico; solo ahora se los confiesan a Maurice, que a veces —si el asunto es de gravedad— me informa de ello. Lo de contratar a Maurice fue idea mía; lo había conocido en el talego y en los cinco meses que llevábamos juntos en el City ya habíamos atajado varios escándalos. No entraré en eso ahora mismo. Baste decir que jamás hemos hecho nada ilegal. Solo cosas que mantenían alejados a nuestros jugadores de los periódicos por un motivo u otro.

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KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015

La mano de Dios

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—¿Cree que hizo lo correcto? —preguntó Sokolnikov.

—¿Quién?, ¿Taylor? Bueno, en la repetición quedó muy claro lo sucedido. Y el hombre se anota un diez de diez en deportividad por haberlo reconocido. Eso es lo que han dicho los periódicos. Quizá ha llegado el momento de que haya más juego limpio en este deporte. Como aquella vez, en 2000, cuando Paolo Di Canio cogió la pelota en lugar de chutarla jugando con el West Ham en Goodison. Sé que João opina otra cosa, pero el hecho está ahí. En 2013 vi de manera bastante clara a Daniel Sturridge, cuando ya jugaba en el Liverpool, meterle uno al Sunderland con la mano, y por cómo miró furtivamente al juez de línea era obvio que sabía que no era un gol legal. A pesar de eso, el gol subió al marcador y el Liverpool ganó el partido. Y mire lo que ocurrió con Maradona en el Mundial de 1986 contra Inglaterra.

—La mano de Dios.

—Exacto. Es uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol, pero desde luego no contribuyó a aumentar su reputación en este país.

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KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015

Pink Floyd – Shine On You Crazy Diamond

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Sonja tenía razón, por supuesto: fue más sorprendente que se quitaran la vida jugadores como Gary Speed o Robert Enke que un hombre como Drennan, pero siempre había esperado y creído que mi antiguo compañero de equipo reconduciría su vida. Al fin y al cabo, yo era una prueba viviente de que se podía volver al fútbol después de un desastre. ¿No es así? Me senté en una butaca con el iPad y me pasé otra hora viendo una selección de los mejores goles de Drenno en YouTube. Algunos eran los tantos más bonitos que había visto nunca, y algunas asistencias eran mías, lo cual estaba bien, pero la música que los acompañaba —Shine On You Crazy Diamond, de Pink Floyd—, aun resultando totalmente apropiada para un hombre como Drenno, no me animó en absoluto y rompí a llorar una vez más.

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KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015

Athletic

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Al London City se lo conoce como el Vitamina C porque los colores del club son naranjas y porque es buena para la salud; en el este de Londres a nadie le importa una mierda la Revolución Naranja que tuvo lugar en Ucrania en 2004, aunque los colores del equipo se eligieron por eso. Muchas equipaciones modernas parecen creadas en una clase de plástica de primaria. Uno puede esperarse que los equipos que participan en la Copa de África, e incluso algunos escoceses, lleven unas camisetas penosas, pero no los grandes equipos europeos. ¿Ha existido peor equipación que la que llevaba el Athletic de Bilbao en 2004, que parecían los intestinos de un gordo?

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KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015

 

 

La imagen es de blogseitb.com

Vinnie Jones & Gazza

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Abrí la puerta, encendí la luz y entré. La sala estaba fría, más de lo que debería. Comprobé si es que las puertas correderas estaban abiertas, pero no solo estaban cerradas, sino que las persianas estaban bajadas. Miré a mi alrededor. El palco del señor Al Armani estaba decorado como el interior de un avión privado: gruesas alfombras de color crema, paneles de ébano pulido y un sofá y sillones carísimos de cuero blanco. Seguro que tenía un avión que era igual por dentro. Ocupando una de las paredes había una copia en gelatina de plata de la famosa fotografía de Monte Fresco en la que Vinnie Jones le agarraba las pelotas a Gazza, firmada por ambos jugadores —la fotografía, no las pelotas, claro— y una camiseta de la selección argentina con el número diez, enmarcada y firmada por Diego Maradona. Sobre la mesa, de ébano, había una pila de platos con el borde de oro, una caja con una cubertería de oro, un mechero de sobremesa de oro y varios ceniceros, también de oro. La televisión plana que había en la pared era una Sony de ochenta y cuatro pulgadas, que parecía tan grande como las puertas correderas que daban a los quince asientos que estaban a algo menos de cinco metros de altura de la línea de mediocampo. Todo parecía de la mejor calidad aunque, para mí, el gusto dejaba bastante que desear. No me va la ostentación a lo Bin Laden.

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KERR, Philip. Mercado de Invierno. Barcelona : RBA, 2015