Castilla

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-En Castilla no hay primavera -sentenció don Lotario mirando las copas de los árboles de la glorieta despeinados por el viento-. Castilla es como ciertas mujeres mal templadas, que pasan del frío al calor o de la risa al llanto sin puente medianero.

El cielo estaba de un gris gordo y obsesionante que aplastaba las casas y la torre, se metía por puertas y ventanas, amainaba pájaros y gritos, empozaba el pueblo. Los árboles cabeceaban con desespero, intentando sobrenadar el toldo que los anegaba.

-Es mucha Castilla. Ella nos ha hecho a los españoles tan raros… Hay  veces que no la aguanto -aventuró tímido don Lotario-. Debe de ser por mis oriundeces levantinas.

-Yo la aguanto, pero no me gusta. Es una tierra con muy mala leche. Me place la gente castellana porque ríe lo justo y no presume… pero el campo y el clima, para su madre.

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GARCÍA PAVÓN, Francisco. Plinio, casos célebres – El reinado de Witiza. Barcelona: Ediciones Destino, 2006.

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Chema Concellon

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El Pregonero

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Cerca de la calle del Mercado encontró a Murrio, el pregonero, que caminaba con ojos de sueño y el redoblante malísimamente ceñido.

-¿Cuántas veces echaste el pregón -le dijo a manera de saludo.

-Pos diez o veinte.

-¿Diez o veinte?

-Pongamos que quince. Y no padezca, que más gente va a ir a ese muerto que a la feria de Albacete. Ahora en el mercado voy a darle unas cuantas repeticiones.

-Está bien.

-Y hablando de todo un poco, señor Manuel, ¿me deja usted un cigarro?, que el estanco está todavía cerrao y voy con una basca de fumar que no me tengo.

Plinio le largó un “Celtas”, que el pregonero encendió rápido y luego chupó con tanta ansia como si del “Celtas” saliese el mismísimo chorro de agua de la vida eterna. Todavía, antes de dar un paso, dio un par de chupadas tan enérgicas que Plinio, compadecido, le metió otro cigarro en el bolsillo y lo despidió con una palmada en la espalda diciéndole:

-Anda, Murrio, despabila, que tienes mucho cuento.

Murrio siguió camino con la lumbre en la boca, y antes de llegar a la esquina, para demostrar su eficacia, comenzó a batir el tambor.

Plinio se detuvo para escuchar el pregón que Murrio voceó así, con tono de salmodia:

“Se pone en conocimiento del público en general, que en la Sala Depósito, sita en el Cementerio Católico de esta ciudad, se halla expuesto el cadáver de un hombre desconocido. Como quiera que se desea su identificación, se ruega a cuantos lo deseen que comparezcan en el referido Depósito, por si alguno pudiera ayudar a la autoridad judicial con su información.”

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GARCÍA PAVÓN, Francisco. En: Plinio, casos célebres – El reinado de Witiza. Barcelona: Ediciones Destino, 2006. p. 49

La imagen, en Flickr, es de edomingo 

Tomelloso

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En Tomelloso nunca hubo escudos ni nobleza. Pueblo nuevo, vivió en perpetua democracia agrícola. “Aquí -solía decir Plinio- no hay máscaras. El que no ha arao es que aró su padre. Y desde luego de abuelo candorro nadie se libra.” Las más empinadas familias tomelloseras se criaron junto al sarmiento y la rastrojera. Nadie podía sacar pergaminos de la gaveta. Los reyes jamás se acordaron de aquel pueblo de pardillos, primero ganadero, luego vinatero y por fin alcoholero, que todo se lo hizo a golpe de azadón y madrugones. Apartado de las vías maestras de comunicación, vivió descuidado de políticas y tormentas. Rumiando a solas su mendrugo y haciéndose su labor sin levantar la frente de la besana. Nadie fue nunca más que nadie ni menos que el otro. Se consiguió un pueblo razonable, almacén de alcohol de los jereces, con su propia minerva y fatiga. Ni los ricos eran grandes, ni abundaban los pobres de solemnidad. Los nobles y órdenes militares que tenían predios y señoríos en su término, poco a poco fueron vendiendo picajos de tierra a los tercos tomelloseros, hasta que sus nombres y administradores desaparecieron de aquellos mapas.

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GARCÍA PAVÓN, Francisco. En: Plinio, casos célebres – El reinado de Witiza. Barcelona: Ediciones Destino, 2006. p. 85

La imagen en Flickr es de bodiley48

Qué vida, Plinio?

De la misma forma que cuando leo alguna novela protagonizada por Harry Bosch la música con la que mi cabeza acompaña la lectura es el jazz, o el rock cuando el protagonista es John Rebus, ya me he acercado a unos cuantos relatos protagonizados por Plinio, y siento que al ojearlos me acompañan las botellas de anís percutidas a ritmo por una barra metálica, el runrun de las beatas rezando el rosario o el cruce de conversaciones y el olor a tabaco y alcohol de los bares de pueblo. Sonido Plinio.

E igual que oigo estos sonidos cuando leo a García Pavón, pienso (y siento) en un país antiguo y rural que creo ha de ser bastante desconocido y lejano para bastante gente a la que ya le suena a viejuno lo de aquella muchachada que pasó por donde se hace la ley al grito de que aquello no lo iba a reconocer ni la madre que lo parió. Y a fe que lo consiguieron, bien por su trabajo o porque los tiempos venían así dados.

Un país en el que hasta hace cuatro días eran los animales los que trabajaban el campo y en el que cada pueblo era un mundo en sí mismo. Un mundo cuyas fronteras la marcaban los mugarris de la “jurición”. Un país en el que quedaba aun mucho para que el discurso de la globalización arrinconase al de la autarquía, y así, mientras los primeros coches iban dando brincos por carreteras abolladas e imposibles, los americanos estaban a punto de tocar la luna con los dedos.

Leo a Plinio y en el pentagrama vienen notas de romance y de jota antigua. Banda sonora de saxo alto que el músico hace tremolar gustándose mientras interpreta un pasodoble torero o encadena jota, fandango y arin-arin ….y sin embargo, veo a muchos de los personajes que aparecen en las novelas de Plinio en personas que han sido o son parte de mi vida.

Leo a Plinio y me imagino a mi abuelo Dativo, hombre de “Dios, Patria y Rey”, paseando por parecidos caminos y saliendo a cazar, o emerge de la nada el recuerdo de una jefa de estación del vasconavarro que se llamaba Leonisa y que era mi abuela. También veo a un mozo que se hace llamar Pedro cayéndose de un árbol en Sanfermín.

Leo a Plinio y pienso en Manuel “dios mediante”. ¿Quién sino él podría llevar con dignidad un uniforme con sable incluido?. Y veo a la Eugenia, y a la Vitorina, antes de encontrarme al doblar la esquina con Eliseo y Dionisio que se disponen a preparar leña para el invierno. Antes, he leído en Plinio algo que ha hecho que me encuentre con Vitoriano y el tío Agustín, que como siempre han respondido con el incontestable “bienytú”, a mi predecible “quétal” mientras me tendían una mano que son dos mías.

Leo a Plinio y también veo a chiquillos corriendo por el campo tras haber esquilmado algún frutal ajeno o simplemente jugando a tres navíos en el mar…. o emulando a los saltadores de trampolín desde un árbol o una roca…  Leo a Plinio preparándose unas migas que yo cambio por un  plato de arroz cocinado por la Isabel o por la Mili con cangrejos del río Ega o del Ayuda.

Leo a Plinio y pienso en mis amigos los agrarios, que a veces no ven muy claro eso de que un camello pase por el ojo de una aguja pero cuando la ocasión lo requiere te aparcan en el mencionado espacio la cosechadora. O si les dices “que igual no cabe”, la máquina de sacar remolacha, pelín más grande, al grito de “inorante!!”.

Leo que Plinio se está echando un trago de vino con don Lotario y me vienen a la memoria imágenes de los fidelios; Eduardito gritando que viene de caer un par de árboles mientras que el Ciri y Javi han salido de allí chospando; Elvirita afirmando que qué majo el albaitero; la Cule comentándole a Myriam que tiene los labios nidrios y la Yuyu preocupada porque su casa parece un zaborral. Mientras, Danielito es recriminado por lambión mientras que su alter ego, bocaseca, echa mano de la botella de London para rellenar el gintonic.

Si tenéis la ocasión, leed esta exquisita novela en la que hay sitio para todo, para el misterio, para la risa, para los cánticos…. donde la única matanza que vale la pena es la del cerdo y donde se nos cuenta una historia muy sencilla, casi ingenua… pero que nos la cuentan muy bien.

Leo a Plinio y me acuerdo de mi suegro Dionisio, que cogió hace unos días el hatillo y nos dejó, sin una mala palabra, sin un mal gesto y después de luchar contra la parca como un titán. Un hombre sencillo y un hombre bueno. Nada más y nada menos. Descanse en paz.

Francisco García Pavón

Plinio, casos célebres – El reinado de Witiza

Ediciones Destino, 2006

(Áncora y Delfín; 1058)


 

CSI – Tomelloso

Fue en la pasada Feria del Libro de Madrid cuando adquirí este libro que recoge las primeras aventuras de Plinio. Tenía curiosidad por leer alguna de las novelas de García Pavón, ya que en opinión de muchos expertos son obras muy curiosas, tanto por lo que supone haberlas escrito en la época en las que lo fueron (estas primeras historias son de los años 50), como por el hecho de encuadrar a esta pareja de detectives en el medio rural, y esto, dentro del género policíaco es algo poco habitual. Además, no se puede olvidar que aunque los cimientos del género se le atribuyen a otros autores (Alarcón, Galdós o Emilia Pardo Bazán), se considera a Plinio “el personaje fundacional del género policíaco español de madurez” (Jesús Egido).

 La pareja protagonista la componen el jefe de la Policía Municipal de Tomelloso, Plinio y su amigo y fiel escudero, el veterinario Don Lotario; y las historias que se nos cuenta en este recopilatorio son historias de pueblo, historias de sexo, de recuerdos, de honor….. pero historias cercanas qeu nos hablan de una Mancha calurosa, pobre y polvorienta. Este es el mundo de Plinio en estos tres relatos que se desarrollan en los años de la dictadura de Primo de Rivera.

Historias distintas, sin CSIs, sin huellas dactilares ni bases de datos… en las que los enigmas se van resolviendo “porque en los pueblos, al final, todo se sabe”, y donde la acción la marca el ritmo de la cosecha o una fuente de información fundamental es el Casino del pueblo.

Leí en algún sitio hace poco que las novelas de García Pavón “se habían quedado antiguas”. El lenguaje, las situaciones…. son fruto de la época en la que fueron escritos, y sin embargo, los críticos nos hablan de un autor que intentó con estos personajes y este género contar cosas que no se podían contar. Decir cosas que no se podían decir.

Al parecer es muy curioso comprobar cómo van evolucionando los personajes en las sucesivas novelas y cómo van creciendo algunos secundarios que en estas novelitas sólo se esbozan (incluso personajes que aquí ni aparecen). Así, iremos dándole en ocasiones la oportunidad a Plinio y su cuadrilla para que nos cuenten las historias que ocurren en Tomelloso. Cuando estemos un poco saturados de delitos tecnológicos o grandes baños de sangre cometidos por implacables asesinos en serie volveremos a visitar a esta extraña mezcla de Sherlock Holmes y Watson con Don Quijote y Sancho Panza que son Plinio y Don Lotario.

Francisco García Pavón

Plinio. Primeras Novelas:

Los carros vacíos

El carnaval

El charco de sangre

Rey Lear, 2007