Calles

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Empezaron a dar vueltas de nuevo. De repente, el comisario recordó el criterio que todos los registros toponímicos, todos sin excepción, tanto de pueblos como de grandes ciudades, emplean para dar nombre a las calles. A las más centrales les asignan nombres de cosas abstractas, como libertad, república o independencia; a las que son un poco menos centrales, de políticos del pasado, como Cavour, Zanardelli o Crispi; a las inmediatamente contiguas, de políticos más recientes, como De Gasperi, Einaudi o Togliatti. A continuación, conforme quedan más distantes del centro, vienen los héroes, los militares, los matemáticos, los científicos, los industriales, y así sucesivamente hasta llegar a algún dentista. Por último, en las calles situadas más en la periferia, las más miserables, las que lindan con el campo abierto, aparecen nombres de artistas, escritores, escultores, poetas, pintores y músicos. De hecho, via Vitaliano Brancati consistía en cuatro casuchas donde las gallinas vivían en libertad. Y aquello fue, en cierto sentido, una suerte.

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CAMILLERI, Andrea. La búsqueda del tesoro. Salamandra, 2013

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons.

 

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Pasta ‘Ncasciata

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Quizá Adelina había tenido la buena idea de celebrar solemnemente su reincorporación al servicio. El caso es que, al abrir el frigorífico, se encontró ante una decena de involtini de pez espada preparados como a él le gustaban, y dos grandes hinojos cortados y limpios, perfectos para refrescar la boca. Y había también una botella de vino. En la parte interior de la puerta había un papel donde ponía: «Mirar también en el horno.» Y él miró. ¡En el horno resplandecía una fuente de pasta ‘ncasciata! Ni siquiera con el uso de la fuerza o la seducción dejaría que Ingrid lo convenciera para ir a cenar a un restaurante, fuera cual fuese. Por si acaso, cogió otra botella de vino blanco y la metió en el frigorífico. Y en ese preciso momento recordó que no tenía ni una gota de whisky en casa.

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CAMILLERI, Andrea. La búsqueda del tesoro. Salamandra, 2013

 

 

Involtini de pez espada

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En la trattoria de Enzo, aun habiendo hecho el propósito de mantenerse dentro de límites razonables, perdió el control ante un plato de involtini de pez espada y pidió otra ración, a pesar de que ya había comido una extensa variedad de marisco como aperitivo y un gran plato de espaguetis con almejas.

El paseo por el muelle hasta el faro fue, por tanto, más que necesario, y también sentarse en la roca plana para fumar unos cigarrillos.

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CAMILLERI, Andrea. La búsqueda del tesoro. Salamandra, 2013

No he podido encontrar una receta en condiciones de los involtini en youtube, pero creo que la cosa queda muy bien ilustrada con las explicaciones del blog cocinaitaliana.eu.

 

 

Berenjenas a la parmesana

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Abrió el frigorífico. No había nada. Abrió el horno y se le iluminaron los ojos. Adelina le había preparado una bandeja de berenjenas a la parmesana para cuatro personas que olía de maravilla. Puso la mesa en la galería, empezó a comer y se sintió reconfortado. Después de cenar, como todavía le quedaba una hora, se dio una ducha y se puso un traje viejo pero cómodo. Sonó el teléfono. Era Angelica. Su corazón empezó a petardear como un viejo tren cuesta arriba.

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CAMILLERI, Andrea. La sonrisa de Angelica. Barcelona : Salamandra, 2013

Y para poner en práctica la receta, nadie mejor que la gente del canal “Cocineros italianos”. Bokata y fuga!.

 

Espaguetis con sepia en su tinta

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—¿Esta noche lo ha traicionado Adelina? —le preguntó Enzo al verlo entrar.

—No se encontraba bien y no ha podido preparar nada. ¿Qué me ofreces tú?

—Lo que usía quiera.

Empezó con unos entrantes marineros variados, y el pescadito frito estaba tan crujiente que pidió otro plato sólo de eso. Siguió con un generoso plato de espaguetis con sepia en su tinta, y terminó con una ración doble de salmonetes y herreras.

Al salir, vio clarísimo que necesitaba un paseo nocturno hasta el faro. No hizo el recorrido largo para ver los dos barcos. El muelle estaba desierto. Había dos grandes buques atracados, completamente a oscuras. Caminó a paso lento, sin prisa.

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CAMILLERI, Andrea. La edad de la duda. Barcelona, Salamandra, 2012

Para acompañar esta receta, os dejo la versión de la misma que hace Sergi Arola. Tienen buena pinta. 🙂

Georges Simenon – Los Pitard

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Se levantó de un salto, entró y se plantó delante de la librería. Tenía que tratarse de un libro que había leído a la vez que Livia. Casi independientemente de su cerebro, su brazo derecho se levantó para coger un volumen de cubierta azul celeste: Los Pitard, de Georges Simenon, una obra maestra. Le había gustado mucho, tanto que la había leído otras dos veces por su cuenta. Lo abrió. Ahí estaba, el protagonista de la novela, el capitán Émile Lannec de Ruán, propietario de un viejo vapor, el Rayo del cielo.

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CAMILLERI, Andrea. La edad de la duda. Barcelona, Salamandra, 2012. p. 59

Cannoli

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Cuando llegó y preguntó por Pasquano, un auxiliar le contestó que el doctor aún estaba trabajando y que había dado orden de que lo esperara en su despacho.

Lo primero que vio el comisario encima del escritorio de Pasquano, entre papeles y fotografías de asesinados, fue una bandeja de cannoli gigantes —esos dulces rellenos de ricotta— al lado de una botella de passito de Pantelleria —el vino de uvas pasas propio de la isla— y un vaso. Era bien sabido que Pasquano era tremendamente aficionado a los dulces. Montalbano se inclinó para aspirar el aroma de los cannoli: estaban recién hechos. Entonces vertió un poco de passito en el vaso, cogió un cannolo y empezó a zampárselo, contemplando el paisaje a través de la ventana abierta.

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CAMILLERI, Andrea. El campo del alfarero. Barcelona: Salamandra, 2010, p. 26