Príapo

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El sendero adoquinado llevaba por jardines colgantes, unas veces en pendiente, otras con escalones, serpenteando a derecha e izquierda a medida que ascendía. Los terrenos a un lado y a otro estaban cubiertos por un manto de tonos grises y pardos invernales, la monotonía de los árboles y arbustos desnudos se mitigaba con estatuas de mármol o bronce aquí y allá. Un regio cisne, que podía ser Júpiter seduciendo a Leda, embellecía el pequeño estanque circular. Pasamos junto a un muro bajo, en donde había un niño esclavo sentado, quitándose una espina del pie; estaba pintado con colores tan vivos que lo habría confundido con uno de carne y hueso, de no ser porque andaba en cueros bajo aquel tibio sol. No vi dioses ni diosas en el jardín hasta que llegamos ante el socorrido Príapo, guardián y promotor de las cosas que crecen, que ocupaba una hornacina situada en un alto seto, sonriendo lascivamente y exhibiendo una erección casi tan grande como el resto de su cuerpo. La punta del falo de mármol se había vuelto suave y brillante por las constantes caricias de los que por allí pasaban.

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SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

La imagen es de la Wikipedia

Contio

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El quinto y último día que Lépido fue interrex, un triunvirato de tribunos radicales convocó un contio en el Foro. Asistimos Eco y yo. Un contio es una asamblea pública al aire libre. Aunque puede dar la impresión de informalidad, es una función del Estado y se rige por unas normas específicas. Sólo personas muy determinadas pueden hablar en un contio, que debe tratar de un asunto concreto. Lo más importante es que sólo determinados funcionarios pueden celebrarlo. Los cónsules pueden hacerlo, por ejemplo. Y también los tribunos. Roma no tenía cónsules por entonces. Pero contaba con diez tribunos, como era costumbre. Algunos se mantenían muy ocupados.

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SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

 La imagen es de Wikipedia Commons

Gladiadores

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-Aún deben de estar combatiendo los gladiadores -dije entornando los ojos para distinguir lo que ocurría en el circo.

-Alexandros tiene muy buena vista -dijo Olimpia-. ¿Qué ves?

-Sí, son gladiadores -dijo protegiéndose los ojos con una mano-. Tiene que haber habido ya varios combates porque veo charcos de sangre en la arena. Ahora hay tres combates a la vez: tres tracios contra tres galos.

-¿Cómo lo sabes? -preguntó Olimpia.

-Por sus armas. Los galos llevan largos escudos combados, espadas cortas, torques en el cuello y cascos con plumas. Los tracios pelean con escudos redondos, dagas largas y curvas, y cascos sin visera.

-Espartaco es tracio -dije- y sin duda Craso los eligió para que la multitud se desahogara con ellos. Si caen, no podrán esperar compasión de los espectadores.

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SAYLOR, Steven: El brazo de la justicia. Barcelona : Círculo de lectores, 1998.

Gladiador ...

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Joàn Abella.

Todavía monárquicas

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—¿De dónde sale la miel? —dije—. ¿Y realmente hay monarquía entre las abejas?

—Bueno, te lo contaré —dijo Lucio—. La miel cae del cielo, como el rocío. Eso dice Ursus y él debe saberlo. Las abejas la recogen y la juntan hasta que se vuelve pegajosa y espesa. Para tener un lugar donde ponerla, recogen savia de los árboles y la cera de algunas plantas y construyen celdas dentro de los panales. ¿Que si tienen monarquía? ¡Oh, sí! Alegremente dan su vida para proteger a la reina. A veces dos enjambres diferentes se enfrentan en una guerra. Las reinas se quedan atrás, planeando la estrategia, y el choque puede ser terrible, ¡actos de heroísmo y sacrificio que rivalizarían con la Ilíada!

—¿Y cuando no están en guerra? —dijo Antonia.

—Un panal es como una ciudad bulliciosa. Unas abejas salen a trabajar al campo, a recoger el rocío de miel, otras trabajan dentro, construyendo y manteniendo las celdas, y las reinas promulgan leyes para el bienestar general. Dicen que Júpiter concedió a las abejas sabiduría para gobernarse a si mismas en pago por haberle salvado la vida. Cuando el niño Júpiter estuvo escondido en una cueva para que no lo matara su padre Saturno, las abejas le alimentaron con miel.

—Haces que parezcan incluso superiores a los humanos —dijo Tito riéndose y besando la muñeca de Antonia.

—¡Oh!, difícilmente. Todavía son monárquicas y no han avanzado lo suficiente para tener una república, como nosotros —explicó Lucio muy en serio, sin darse cuenta de que se estaban burlando de él—. Bueno, ¿quién quiere venir a ver cómo recogen la miel?

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SAYLOR, Steven. La casa de las vestales. Barcelona, Planeta, 2007

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de Danny Perez Photography

Sopa de lentejas

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Bethesda estuvo fuera de la casa la mayor parte del día; salió a comprar víveres en los mercados y a llevar uno de mis pares de zapatos al zapatero para un cambio de suela. A mí me quedaban algunos asuntos pendientes en el Foro, además de una diligencia que debía llevar a cabo en la Calle de los Yeseros. Esa noche, después de que Eco se retiró a su habitación y nos recostamos en nuestros canapés del comedor luego de la cena —algo sencillo, sopa de lentejas y dátiles rellenos—, me pareció que era el momento adecuado para hablar con ella sobre el problema.

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SAYLOR, Steven. La muerte llega a Roma. Buenos Aires : El Ateneo, 2006

Para ilustrar esta receta, os dejo dos preparaciones, una, la de mi admirada Anud Abbassi y su Shorbet adas, y una más tradicional del canal en Youtube de Miren Itziar. A ver cuál os gusta más.

SHORBET ADAS

SOPA DE LENTEJAS CON TOCINO

Calamares a la romana

Ya contaba, hace ya unos meses, que la primera novela de la serie Gordiano el Sabueso, Sangre romana, me había encantado; así que era de obligado cumplimiento el volver a personarme en la Biblioteca de Ibaiondo para pedir el segundo libro de la serie por préstamo interbibliotecario.

Y una vez que me llamaron para recoger la novela lo primero que compruebo es que en esta ocasión me voy a encontrar a Gordiano unos años más viejo pero instalado en su misma casa de la Subura. Ha mejorado un tanto su situación económica y la novedad que más choca al lector es la presencia como coprotagonista de su hijo Eco, al que conocimos en su anterior aventura y que ya es lo suficientemente adulto como para acompañarle en sus andanzas. Bueno,por lo menos en ésta.

Así, el argumento de esta nueva novela le va a llevar a Gordiano a aventurarse hasta la Crátera, la zona residencial para las personas más ricas de la península itálica, justo a los pies del Vesubio, y donde ha ocurrido una tragedia que si Gordiano no lo remedia puede acabar con la vida de noventa y nueve esclavos.

Y sobre eso básicamente versa esta novela, que conozcamos que para los ciudadanos romanos de la época los esclavos eran poco más importantes que un armario o un par de sandalias. Es también interesante que al mismo tiempo el levantamiento de Espartaco esté en su máximo apogeo, y qué reflexiones al respecto defienden las personas que acogen al Sabueso.

Y en este ambiente tan revuelto vamos conociendo también cómo vivían los romanos de aquella época la muerte y sus rituales, y se nos habla sobre el poder, las apariencias, lo poco que vale la vida de los que nacen o acaban como esclavos…. si bien Gordiano parece al margen de estos estereotipos y se mueve según otros parámetros.

Como en la anterior novela, tendremos ocasión de comprobar el gran trabajo de documentación que realiza Saylor y lo mucho y bien que conoce la sociedad y la época sobre la que escribe. Todo lo cual, revierte en una lectura atractiva, ligera y muy entretenida.

Y en los tiempos que corren, conseguir eso con una de romanos, no está pero que nada mal.

Steven Saylor

El brazo de la justicia

Traducción de María Eugenia Ciocchini

Círculo de lectores, 1998

Diezmar

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»Craso se puso furioso, me reprendió delante de los demás comandantes y decidió escarmentar a mis hombres para que sirviera de ejemplo.

-Eso he oído -suspiré, pero Mumio estaba decidido a concluir su historia.

-Se le llama «diezmar», que significa matar un hombre de cada diez. Aunque es una antigua tradición romana, no conozco a nadie que recuerde haberla presenciado en toda su vida. Como ya sabes, a Craso le gusta restaurar las viejas tradiciones. Me ordenó que identificara a los primeros quinientos hombres que habían huido, lo cual no fue tarea fácil considerando que tenía doce mil soldados. Luego dividió a los quinientos en cincuenta grupos de diez y echaron la vida a suertes. Uno de cada diez hombres sacó una alubia negra. O sea que murieron cincuenta hombres en total.

»Las distintas unidades formaron en círculos, alrededor de la víctima desnuda, amordazada y con las manos atadas a la espalda. Entregaron porras a los nueve miembros restantes de la unidad y a una señal de Craso comenzó a sonar un tambor. Fue un acto sin honor, gloria ni dignidad. Algunos dicen que Craso hizo lo que debía….

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 SAYLOR, Steven: El brazo de la justicia. Barcelona : Círculo de lectores, 1998. p. 354

La imagen, en Flickr, es de chrisinplymouth