Billy Paul – Me And Mrs Jones

(…)

Strange no respondió. Subió el volumen del radiocasete y cantó por lo bajini.

We both know that it’s wrong, but is much too strong, to let it go now…

—Ésta la conozco —dijo Quinn—. El tío se está tirando a una casada, ¿verdad?

—Es algo más sutil que eso. El señor Billy Paul justificó toda su carrera con este single que oye. Me alegro de haberla grabado antes de perder mi colección de discos. Tuve que tirarlos todos después de que me reventaron las cañerías hace unos años.

—Seguro que los puede comprar en CD.

—Tengo reproductor, pero me gustan los discos. (…)

(…)

PELECANOS, George P. Mejor que bien. Barcelona: Diagonal, 2002.

Stevie Wonder – Superstition

(…)

En la cena de esa noche, Strange ocupó la cabecera de la mesa de Janine, como siempre, en la única silla que tenía brazos. Antes la usaba el padre de Janine. Lionel se sentaba a su izquierda y ella a la derecha. Greco jugaba con una pelota de goma, con alguna mirada ocasional a la mesa pero controlándose, tumbado bocabajo en el suelo, a los pies de Strange.

Janine había puesto Talking Book en la torre, bajito. Desde luego, le encantaba Stevie, sobre todo sus primeros trabajos para Motown a principios de los setenta.

(…)

PELECANOS, George P. Ojo por ojo. Barcelona: Diagonal, 2003.

The Blackbyrds – Walking in Rhythm

(…)

Atravesó Petworth. En el barrio de Park View torció al este por Irving, tomó la avenida Michigan hasta pasar el hospital Infantil, viró hacia el noreste, dejó atrás la Universidad Católica y bajó por Brookland.

Aparcó frente a la humilde casa de ladrillo que Leona Wilson ocupaba en la Doce con Lawrence. Dejó el motor en marcha esperando que acabara el solo de flauta de Walking in Rhythm, aunque podía escucharlo cuando quisiera. El motivo de su visita era que le había prometido a Leona Wilson que lo haría, pero no sentía ninguna prisa por cumplir su promesa.

Strange vio moverse los visillos de la ventana en saliente de la casa de Leona. Paró el motor, bajó del coche, lo cerró y recorrió el sendero de cemento que llevaba a la entrada de la casa. A medio camino, la puerta ya se abría.

—Señora Wilson—dijo tendiendo la mano.

—Señor Strange.

(…)

PELECANOS, George P. Mejor que bien. Barcelona: Diagonal, 2002.

Chaka Khan – I’m Every Woman

(…)

Ulysses Foreman fumaba un puro en el porche trasero de su casa. Ashley estaba en su habitación, haciendo el equipaje para ir a visitar a su papi en el sur de Maryland. Tenía puesto el equipo de música: Chaka Khan cantaba aquello de I’m every woman y Ashley cantaba al unísono. A ella le encantaba Chaka, y a Ulysses también, sobre todo antes, cuando estaba con Rufus. Ese cabrón sí que era bueno.

Foreman extendió un brazo y lo flexionó mientras daba una chupada al puro. Tenía que pasarse por el gimnasio; estaba empezando a atrofiarse. Un hombre tiene que prestar atención a su cuerpo, sobre todo en los tiempos que corren.

(…)

PELECANOS, George P. Música de callejón. Barcelona: Ediciones B, 2004. p. 240

Johnny Winter – Prodigal Son

(…)

Quinn había puesto el Johnny Winter And en la platina, y el clásico del blues metal sonaba a poco volumen por toda la tienda. Syreeta, la propietaria del negocio que rara vez lo visitaba, había conminado a sus empleados a poner los vinilos usados de sus existencias para anunciar la mercancía. El disco, con su descolorida cubierta en blanco y negro, acababa de entrar en el inventario como parte de una gran adquisición, una caja de álbumes de los setenta.

Para Quinn esas tardes tranquilas en la tienda eran un don preciado.

El cliente, un hombre delgado de cuarenta y pocos años, llevó una novela de bolsillo hasta la caja registradora y la dejó sobre el mostrador de cristal. Se trataba de El desconocido nº 89, de Elmore Leonard, una de las publicaciones de Avon para el mercado de masas con ilustración virguera de cubierta con un montaje de los elementos del libro; en este caso se veía un revolver calibre 38 de cañón corto, cartuchos desparramados y un vaso de chupito volcado.

—¿Se ha leído sus westerns? —preguntó Quinn—. Son los mejores, en mi opinión. —A mí me van las de detectives ambientadas en Detroit. Hay un montón de lectores diferentes de Leonard y todos tienen su opinión.—Señaló uno de los altavoces montados en la pared—. Hacía bastante que no oía esto.

—Acaba de llegar. El vinilo está en buenas condiciones, si le interesa.

—Ya lo tengo, pero hace mucho que no lo saco de la estantería. La segunda guitarra es de Rick Derringer.

—¿Quién?

—Ya, usted es demasiado joven. Él y Johnny se salieron en esta sesión. Es pura electricidad. Escuche “Prodigal Son”, la primera de la segunda cara.

—Lo haré. —Le dio el cambio y la factura—. Muchas gracias y cuídese ¿vale?

—Lo mismo digo.
(…)
PELECANOS, George P. Ojo por ojo. Barcelona: Diagonal, 2003. p. 182

Neil Young – Cinnamon Girl

(…)

 —¿Qué te apetece escuchar? —preguntó Quinn—. ¿Dismer… Disber…?

—Se llaman Dismenberment Plan —lo corrigió Tracy—, y no tienes nada de ellos. ¿Por qué no pones el nuevo de Dave Matthews?

—Qué monada. No entiendo lo de este tío. Es música para viejos que tienen pinta de jóvenes. Ni es rock ni es jazz. ¿Qué coño es?

—Lo decía en broma.

—¿Qué tal si ponemos a Neil?

—Neil no está mal.

Quinn introdujo Everybody Knows This Is Nowhere en el reproductor de cedés y lo puso en marcha. Cinnamon Girl empezó a sonar justo cuando él se sentaba junto a Tracy en el sofá. Ella llevaba una blusa de color azul cielo con botones y unos pantalones gris pizarra. El cabello rubio, cortado estilo años sesenta, le caía hasta los hombros. Tenía desabrochados tres botones de la blusa y enseñaba el nacimiento de los pechos, abundantes y lozanos. Vaya maravilla de noche, pensaba Quinn.

 (…)

PELECANOS, George P. Música de callejón. Barcelona: Ediciones B, 2004. p. 92

Ohio Players – Sweet Sticky Thing

(…)

Cruzaron la pista; uno de los gorilas de hombros colosales no le quitaba el ojo de encima a Quinn. De los altavoces salía «Sweet Sticky Thing ». Se sentaron en una mesa de dos. Strange se inclinó hacia delante y dio unos golpecitos con su cerveza contra la botella de su compañero.

—Relájate —le aconsejó.

—Es que me cansa, nada más.

—Esperas que todos los hermanos te muestren amor, ¿eh?

—Solo respeto.

 (…)

PELECANOS, George P. En: Ojo por ojo. Barcelona: Diagonal, 2003. p. 102