The animals – The House of the Rising Sun

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Vince se repantingó en el asiento y la vio bailar para él, igual que bailó, supuso, aquella noche para Beresford. Movía el cuerpo esbelto sin esfuerzo, siguiendo el ritmo de la música. Y todo tipo de inhibición o de distinción de clase salió por la ventana en cuanto ella se subió a la mesa. Los ritmos sucios del rhythm & blues contribuían sin duda a la igualdad de clases. No bailaba como una chica blanca y estirada que no sabía llevar el ritmo, sino como una de las Ronettes atrapada en la cascada del sonido cuando pusieron Be My Baby.

Sacó lo mejor de su repertorio cuando Vince pinchó The House of the Rising Sun, de Eric Burdon and the Animals.

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MILLER, Danny. Suerte Maldita. Madrid : Siruela, 2016

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Sama al horno

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San Andrés, el barrio pesquero, ha cambiado mucho. Aquel día, Luis y yo parecíamos dos anticuarios buscando reliquias.

Entramos en Casa Alfonso. Tiene unas mesas junto a la barra pero, si conoces el bar, encuentras un patio interior delicioso al fondo del pasillo. Un ficus inmenso da sombra a todas las mesas y en las paredes aún quedan algunos recuerdos marineros de la antigua decoración. Es que Casa Alfonso tuvo una época muy animada, pero llegaron los modernos restoranes con sus frigoríficos acristalados para el marisco y todo se acabó. Como dicen ahora, vender simplemente pescado de playa no está in.

Comimos bien. Una sama al horno para los dos, papas arrugadas y mojo cilantro. Hasta que nos sirvieron: cerveza, queso blanco y churros de pescado. Comida casera.

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MIR, Jaime. El caso del cliente de Nouakchott. Oristán y Gociano, 2011

Y como no he encontrado ninguna receta en vídeo de la sama al horno, tendrá que ser “a la espalda”

Hamsa

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—Tengo otra pregunta.

—Dispare.

Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta y sacó un colgante con una tira de cuero, un amuleto que representaba la palma extendida de una mano derecha. Me recordaba a algo que había visto hacía no mucho, pero no conseguía recordar el qué.

—Se lo quitaron del cuello al señor Develi en el hospital y se lo entregaron a los forenses. ¿Sabía usted que lo llevaba?

—No y, de haberlo sabido, le habría ordenado que se lo quitara de inmediato. La FIFA prohíbe que los jugadores lleven cualquier tipo de joya durante el partido. Pueden incluso amonestarte.

Se pegó unos tironcillos de su extraña barba experimental durante unos segundos, lo que me llevó a pensar que debía de habérsela dejado para justificar aquellas pausas para cavilar.

—Teniendo en cuenta lo que acaba de decir, que llevar algo así está prohibido, ¿imagina alguna razón por la que se arriesgaría a ponérselo?

—No. ¿Es griego?

—Creo que es árabe.

—¿Qué es?

—Se supone que protege del mal de ojo. Los cristianos lo llaman mano de María. Los judíos, mano de Miriam. Los árabes, por su parte, lo llaman hamsa: la mano de Dios.

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KERR, Philip. La mano de Dios. RBA, 2016

La imagen, con licencia Creative Commons, es de la Wikipedia

Imperio Argentina – Los Piconeros

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Le bastó un minuto más para darme las gracias, decirme que le había salvado la vida, que se llamaba Candi y que era muy amiga de Yoli, que, cualquier cosa que necesitara, no tenía más que pedirla. Se quedó esperando a que le dijera mi nombre y, como permanecí en silencio, no se cortó en preguntarlo.

—Adrián.

Pensé que iba a ofrecerme la mano para estrechársela, pero me plantó un beso en la mejilla. Olía a tabaco, maquillaje, sudor y pecado. Después de darme las gracias un par de veces más, repitió que si necesitaba algo, que se lo dijera, que para eso están los vecinos.

Ahora, mientras escribo esto, la escucho canturrear Los piconeros. No sé si está limpiando la casa o preparando la cena, pero la oigo ahí, al otro lado de la pared, cantando eso de Ya viene el día, ya viene, mare, y la imagino con sus mallas negras, sus sandalias y su top de algodón, imaginando a su vez que yo la escucho y la imagino.

Dijo que si necesitaba algo que se lo dijera. Yo sé lo que necesito ahora mismo. Pero eso traería problemas. Está claro. No solo por el tío pálido que suele ir con ella (y que puede que hasta viva ahí), sino porque ese tipo de mujeres siempre los traen.

No obstante, sigue cantando, por tu culpa culpita yo tengo negro negrito mi corazón y yo la escucho y la imagino y vuelvo a oler ese aroma a pecado.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Edaf 2013

Marmitako

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Inés quería hablarme de su visita a los juzgados de Las Palmas. Le expliqué que tenía invitadas y le propuse que viniera a almorzar, que le prepararía algo rico. No hacía falta que trajera nada. Solo hambre y noticias sobre mi cadáver favorito: Guillermo Socas. Cuando colgué, la chiquilla preguntó qué significaba cadáver y la abuela en qué líos andaba yo si se suponía que estaba bajo arresto domiciliario. No eran preguntas fáciles. En ambas tocaba mentir o, al menos, tirar de imaginación para disfrazar la verdad. Todo con tal de evitar que nieta y abuela se espantaran, una por el significado de cadáver y otra por el atolladero en que me había metido a espaldas de su marido.

Susana lo dejó correr y se ofreció a ayudarme con el almuerzo, en un pispás prepararía comida para Inés y para mí. No era que desconfiara de mi pericia en los fogones, sino que prefería que yo siguiera charlando con su nieta, me iría bien olvidarme de crímenes y enredos por un rato mientras ella probaba a hacer milagros con lo que había comprado en el mercado. Suerte que no había desechado la cola y la cabeza del besugo porque iba a cocinar un marmitako para chuparse los dedos. Se le notaban las mañas de mandar y, si todo un inspector como Gervasio Álvarez se achantaba en la cocina delante de ella, yo, un pelado, un detective nostálgico, no iba a conseguir que se bajara del burro.

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CORREA, José Luis. El detective nostálgico. Alba, 2017

 

Tigres del Norte – Camelia, la Texana

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Algunos ya hacían fila y permanecían de pie o sentados en el suelo, mientras otros habían dejado sus mochilas y motetes, y aun bloques de construcción, en señal del sitio que les correspondía. Debajo de un frondoso mango de hojas lustrosas sembrado en la vereda, unos habían arrimado piedras para encender un fogón y calentaban café en una lata de leche condensada, y otros dormían sobre el cemento de la acera, abrigados con hojas de papel periódico o plásticos negros, de los mismos de embalar basura.

En un radio de baterías que sonaba quedamente, el locutor nocturno de La Picosa animaba a solicitar complacencias, y una radioescucha del barrio Campo Bruce pidió Camelia, la Texana, que empezó a escucharse de inmediato. Con el olor del café se esparcía el tufo de orines y ropa enmohecida, y desde la calle llegaba en oleadas la pestilencia de los promontorios de desperdicios.

Era una clientela de veteranos, al punto de matricular sus puestos en la fila con tanta confianza. Si Marcela había traspuesto aquel portón, alguno de ellos debió haberla visto, y ya el dato en mano, sólo era asunto de entrevistarse con esa reverenda Úrsula que decía Justin. De confirmarle ella que la muchacha se hallaba refugiada allí, asunto terminado. Le pasaría el dato a Mónica, y todos contentos.

—A lo mejor la desaparecida quiere purgar sus remordimientos de clase lavando los platos en la cocina de este refugio —dijo Lord Dixon.

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RAMÍREZ, Sergio. Ya nadie llora por mí. Madrid : Alfaguara, 2017

Ratoncito Pérez

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Mientras le abrochaba los cordones de las deportivas recordó una antigua adivinanza que treinta años antes le había contado su padre.

—¿Tú sabes cuál es el animal que tiene más dientes? —le preguntó muy serio.

—El león.

—No. —El cocodrilo. —No. —El tiburón.

—No.

—El lobo.

—No.

—¡Los perros! —exclamó, comenzando a impacientarse.

—No.

—¡Venga, dímelo!

—¡El ratoncito Pérez!

Alba frunció las cejas unos instantes, desconcertada, y luego, de pronto, soltó una risa ancha y feliz que a Julián Monasterio le pareció un prodigio.

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FUENTES, Eugenio. La Sangre de los Ángeles. Alba, 2001

La imagen, con licencia Creative Commos, es de Wikimedia Commons.