Lou Reed – Vicious

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 Arranqué, procurando no hacer ningún movimiento brusco, dando tiempo a que Willy nos siguiera con comodidad. Le pregunté a Andrade si le importaba que pusiera la radio.

—Haz lo que te salga de la pinga —contestó, poniéndose cómodo.

Estaban dando Vicious, de Lou Reed. Me divirtió mucho la coincidencia: conducir hacia la salida Sur de la ciudad llevando en la furgona al padre de la Patri y que sonara precisamente esa canción, Vicious, que habla de una tía viciosa que quiere que le den leña. Estuve a punto de hacer partícipe al poli de estos pensamientos, pero provocarle hubiera podido precipitar demasiado las cosas.

Continuamos avanzando por entre el tráfico de la autopista, escuchando rock hasta más allá de Telde. Creo recordar que pusieron el Young Americans de David Bowie y una de Frank Zappa, Apostrophe. Después, pasando Vecindario, justo cuando estaba comenzando Voodoo Longue, la señal se perdió y aquella banda fue invadida por una de esas emisoras del sudeste que dan música pachanguera.

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RAVELO, Alexis. La última tumba. Madrid : Edaf 2013

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Cien años de soledad

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El domingo una borrasca atlántica aparcó sobre Irlanda y estuvo lloviendo tan fuerte que podría haber sido el 12 de julio o cualquiera de esos otros días de fiesta en que Dios vierte su ira líquida sobre los unionistas que desfilan por las calles con sus sombreros de hongo y sus bandas. No salí de casa en todo el día. Estaba tan aburrido que casi me fui al Salón del Evangelio de Victoria Road donde se suponía que hablaban lenguas, danzaban con serpientes y después te invitaban a un trozo de pastel Dundee gratis. En vez de eso, me puse a oír música y a leer Cien años de soledad, que me habían mandado del club del libro. Era una buena novela, pero, como dijo aquel, tal vez setenta y cinco años de soledad hubieran sido suficientes.

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McKINTY, Adrian. Oigo sirenas en la calle. Alianza, 2013

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Ry Cooder – Teardrops Will Fall

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Me llevé el teléfono móvil al bolsillo. No más llamadas. Estábamos a última hora del viernes por la tarde. Era mejor que me olvidara del caso y lo retomara por la mañana. Todo podía esperar hasta entonces.

—Rojas, pon un poco de música. ¡Ha llegado el fin de semana, hombre! Rojas pulsó la tecla del reproductor de discos compactos en el salpicadero. Me había olvidado de qué disco había puesto la última vez, pero pronto identifiqué la canción como la versión que había hecho Ry Cooder de Teardrops Will Fall, aquel tema clásico de los años sesenta que aparecía en la recopilación de lo mejor del cantante. Era una buena canción, y muy apropiada. Una canción sobre el amor perdido y el abandono.

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CONNELLY, Michael. El quinto testigo. Barcelona : RBA, 2015

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Príapo

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El sendero adoquinado llevaba por jardines colgantes, unas veces en pendiente, otras con escalones, serpenteando a derecha e izquierda a medida que ascendía. Los terrenos a un lado y a otro estaban cubiertos por un manto de tonos grises y pardos invernales, la monotonía de los árboles y arbustos desnudos se mitigaba con estatuas de mármol o bronce aquí y allá. Un regio cisne, que podía ser Júpiter seduciendo a Leda, embellecía el pequeño estanque circular. Pasamos junto a un muro bajo, en donde había un niño esclavo sentado, quitándose una espina del pie; estaba pintado con colores tan vivos que lo habría confundido con uno de carne y hueso, de no ser porque andaba en cueros bajo aquel tibio sol. No vi dioses ni diosas en el jardín hasta que llegamos ante el socorrido Príapo, guardián y promotor de las cosas que crecen, que ocupaba una hornacina situada en un alto seto, sonriendo lascivamente y exhibiendo una erección casi tan grande como el resto de su cuerpo. La punta del falo de mármol se había vuelto suave y brillante por las constantes caricias de los que por allí pasaban.

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SAYLOR, Steven. Asesinato en la Vía Apia. Booket, 2007

La imagen es de la Wikipedia

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Paul McCartney & Stevie Wonder – Ebony & Ivory

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Tony se había desplazado hasta allí en un Land Rover de la poli, así que cogimos mi coche.

El trayecto del Ballygalley rural a la miseria gris de Larne era de diez minutos. Charlamos un poquito y Radio 1 puso Ebony & Ivory, una canción nueva de Paul McCartney y Stevie Wonder. Dj Mike Read la puso dos veces seguidas, lo que era un tanto cruel por su parte, porque estaba claro que era la peor canción al menos de la década, quizás de todo el siglo.

La RUC de Larne.

Con uno de los suyos abatido a tiros, la atmósfera era apocalíptica y cargada de negrura. Dimos nuestras condolencias al sargento de guardia y metimos unas pocas monedas de cobre en la hucha de las viudas y huérfanos dejándonos ver.

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McKINTY, Adrian. Oigo sirenas en la calle. Madrid : Alianza, 2013

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Empanada chilena

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—Cerca de aquí está La Utopía Estofada —comentó de pronto el profesor.

—¿La utopía estafada?

—Estofada. ¿Conoce ese restaurante?

—No.

—Es de Lenin P. Recabarren, un exiliado chileno de Valparaíso, como usted. Comida chilena tradicional y punto de encuentro de los nostálgicos setenteros. El local aquí es modesto, pero hay otro en Coyoacán, cerca de la casa de León Trotski, mucho más amplio y de mejor pelo: empanadas, machas a la parmesana, humitas, pastel de choclo, cazuela, pisco sour y buenos vinos. Recomendable.

Con ese nombre, pensó Cayetano, es fácil imaginar de qué pie cojeaban sus padres. ¿Quién, si no, bautizaba como Lenin o Stalin a su hijo en la década de los cuarenta? Sería bueno darse una vuelta por esos lodazales, pensó Cayetano, para ver qué se comentaba sobre Chile. Media hora más tarde, el taxi irrumpió en una calle estrecha, donde autos último modelo aparcados entorpecían el tráfico.

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AMPUERO, Roberto. Bahía de los misterios. Plaza y Janés, 2014

 

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Kool and the Gang – Soul Vibrations

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Jefferson se levantó y puso un álbum en el plato de su equipo compacto. Era el nuevo de Kool and the Gang, Music is the Message. Dejó caer la aguja en la canción titulada «Soul Vibrations». A medida que avanzaba, dijo:

—Este trozo de jam es alucinante. Jones no hizo ningún comentario. No le gustaban mucho ni la música ni los libros. Le gustaban las películas cuando tenía tiempo, las que tenían a tipos negros de protagonistas, pero principalmente se concentraba en su trabajo. Su meta era dejar tras de sí un nombre que la gente recordara. Eso sí que valía la pena. Tal vez fuera lo único. La única forma en que uno podía ganar. Porque al final todo el mundo se acababa yendo a dormir con los gusanos.

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PELECANOS, George. Lo que fue. Barcelona : El Aleph, 2013

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