The Lass of Richmod Hill

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Amanece a las cuatro y arrían los botes de nuevo. Sumner va en el sexto con Cavendish, el camarero, el grumete y algunos de los falsos enfermos más persistentes. Hace dieciocho grados bajo cero, sopla una ligera brisa y el mar tiene el color y la consistencia del lodo de Londres. Sumner, que teme las lesiones por congelación, lleva su gorra de punto y una bufanda tejida. Sujeta un rifle entre las rodillas. Tras remar hacia el sureste media hora, divisan un trecho oscuro de focas a media distancia. Dejan el bote anclado en el hielo y desembarcan. Abre la marcha Cavendish, silbando The Lass of Richmond Hill, y los demás le siguen en una fila india algo desordenada. Cuando llegan a sesenta metros de las focas, se dispersan y empiezan a disparar. Matan tres focas adultas y acaban a golpes con seis crías, pero el resto del grupo escapa indemne. Cavendish escupe y vuelve a cargar su rifle; trepa hasta lo alto de una cresta de presión y otea el panorama.

—Por allí —grita a los demás,

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McGUIRE, Ian. La sangre helada. Roca editorial, 2016

Omega Seamaster

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El secretario general se miró el reloj. Mikael se fijó en que era un Omega Seamaster, poco práctico por lo mucho que pesaba. Te convierte en víctima de atraco en cualquier ciudad del tercer mundo. Si te lo dejas quitado más de veinticuatro horas se para, y luego hay que darle vueltas y más vueltas al botoncito para ponerlo en hora, pero si te olvidas de apretar el botoncito hacia dentro y luego te tiras de cabeza a tu piscina, el reloj se estropea y la reparación cuesta lo mismo que cuatro relojes de calidad nuevos. En definitiva: tenía que hacerse con uno fuera como fuese.

—Pero, como hemos dicho, estamos valorando a varios candidatos. Ser ministro de Justicia es un cargo de mucho peso, y no voy a ocultar que el camino es un poco más largo para alguien que no ha hecho carrera política.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La Imagen, con licencia Creative Commons es de Wikimedia Commons

Burning – ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

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Jandro, relajado, feliz, conducía con la música a todo volumen. Seguía escuchando a los mismos grupos que en los ochenta. «¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?, ¿qué clase de aventura has venido a buscar?», cantaban los Burning. De repente un taxista cambió de carril sin anunciarlo con el intermitente y Jandro tuvo que pegar un frenazo. Apagó la música y se concentró en el volante. No había bebido lo suficiente para emborracharse, pero pensó que si los paraban en un control de alcoholemia podía meter a su compadre en problemas. De repente le preguntó a Torca:

—Oye, ¿y tú qué hacías en un sitio como Burgos?

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PÉREZ, Leandro. Las cuatro torres. Planeta, 2014

Tortellini a la marinera

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—No te preocupes, Uli te ayudará. Es un experto en cocina italiana —añade Maña.

—¿Cómo un alemán puede ser experto en comida italiana? —le pregunta Adrianí.

Uli se echa a reír.

—En los restaurantes alemanes la cocina cierra a las diez, Adrianí —explica—. Los que quieren cenar más tarde, van a un griego o un italiano. Mis amigos y yo cenábamos siempre tarde, así que íbamos a menudo a restaurantes italianos. Así aprendí.

—Por eso se adaptó tan fácilmente a las costumbres griegas. Porque ya había aprendido a cenar tarde en Alemania —dice Maña—. Cuando vienen a visitarnos sus padres, nos quieren sentar a la mesa a las siete de la tarde. Un día les dije que, en Grecia, ni en los hospitales te dan de cenar a las siete.

—Pida tortellini a la marinera —me sugiere Uli—. Es un plato muy sabroso.

Acepto la sugerencia al tiempo que me santiguo mentalmente. Espero que esta cosa se pueda comer, porque, si no, me veré obligado a tragar hasta el último bocado para no ofenderlo. Mis temores demuestran carecer de fundamento, porque el plato está delicioso y, acompañado de las dos ensaladas que han pedido Katerina y Fanis para compartir, la cena es un auténtico manjar. Pienso que la salida de esta noche será la guinda del pastel y mañana volveré a encontrarme fatal.

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MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017

Big Star – O My Soul

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El teléfono, los primeros compases de «O My Soul» de Big Star, interrumpió sus pensamientos. Por supuesto, había sido Bjørn quien se lo había bajado después de explicarle con mucha pasión la grandeza de esta banda setentera de los estados del Sur, además de quejarse de que el documental de Netflix le había privado de su labor misionera de muchos años: «Que les den, gran parte del placer que proporcionan las bandas desconocidas es precisamente eso, que son desconocidas». Bjørn tendría que madurar bastante para parecer adulto.

Contestó la llamada.

—Sí, Gunnar.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

Bobik

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—¡Bukarovski! —gritó Bukarovski al teléfono, y después continuó mirando a Porter con cara de pocos amigos—. Deje aquí los papeles y baje a las naves —le ordenó—. No es a ti —añadió, hablando por teléfono entre toses espasmódicas—. Dígale a Yura que le haga una prueba con un Kama cincuenta y que después me llame. El cincuenta, ¿estamos? Pevek, ¿se puede saber qué diablos ocurre ahora?… Eh, usted —le dijo a Porter— coja un bobik.

—¿Un bobik? —repitió Porter. Para él un bobik era un terrier.

—Pues ¡ahora te lo digo yo a ti! ¡Estoy harto de tus problemas, ya tengo suficiente con los míos! —gritaba el jefe al teléfono—. ¡Y también estoy harto de hablar de ellos! —Rebuscó en un manojo de llaves y le lanzó una a Porter—. Dale el libro —le dijo a la mujer que tenía sentada enfrente.

Porter miró la llave y el libro que le pasó la mujer. Ella le dijo dónde tenía que firmar: junto a un número. Firmó como N. D. Jodian y salió de la oficina dejando atrás el griterío.

Ya en la planta de abajo, cruzó el vestíbulo abriéndose paso entre la gente, y al llegar a la puerta le preguntó a un tipo:

—¿Dónde puedo conseguir un bobik?

—En la parte posterior del edificio, justo ahí detrás.

El número junto al que había firmado era el mismo que figuraba en la llave, una llave de coche. Dio la vuelta al edificio y encontró los vehículos, aparcados en una nave que tenía la puerta abierta. Había cuatro o cinco camionetas y varios todoterrenos. Allí no había nadie. Fue examinando los números de las matrículas y encontró su bobik: era uno de los todoterrenos, uno cerrado y fuerte, muy cuadrado y feo, como un tanque pequeño. Los neumáticos daban la impresión de estar medio desinflados. Rodeó el coche, presionándolos con el pie, y advirtió que todos los vehículos que había en la nave tenían los neumáticos a medio inflar. Resultaba evidente que era algo intencionado.

Se subió al todoterreno, buscó el contacto e introdujo la llave. El motor arrancó al momento, con un rugido áspero y grave. Allí dentro estaba oscuro y no veía el tablero de mandos. Manoteó con la palanca de cambios y consiguió que el coche se moviera y saliera de la nave en busca de más luz. Entonces vio que el tablero de mandos no mostraba nada, de hecho, no había tablero de mandos, tan sólo un velocímetro, un interruptor para los limpiaparabrisas y ya está. Tenía que haber otro para las luces, pero no logró encontrarlo. Sin embargo, el vehículo contaba con un sistema de calefacción muy potente y un motor muy sensible, que nada más acelerarlo reaccionaba emitiendo un ladrido que daba gusto. A eso se debería el sobrenombre. Enseguida se hizo con el «terrier» y consiguió que avanzase hasta la parte de delante del edificio. Un hombre estaba saliendo en aquel momento y Porter lo llamó por la ventanilla.

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DAVIDSON, Lionel. Bajo los montes de Kolima. Salamandra, 2016

La imagen es de la Wikipedia

Steve Miller Band – Quicksilver Girl

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Con un suspiro, Rebus la acompañó al salón.

—La trama se complica —dijo Clarke—. Dos vasos usados y olor a perfume en el aire viciado. —Se acercó al equipo de música y cogió un CD—. ¿Se largó ella cuando pusiste esto?

—Es la Steve Miller Band. Pon la número siete mientras busco una corbata.

Rebus se fue y Clarke hizo lo que le pedía. La canción se titulaba «Quicksilver Girl». El volumen estaba bajo, lo suficiente para una conversación de madrugada.

—Me gusta bastante —reconoció cuando volvió Rebus—. Son como unos Beach Boys más tranquilos. Pero los altavoces no funcionan bien.

—Ya lo sé.

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RANKIN, Ian. Perros salvajes. RBA, 2016