Associates – Even Dogs in the Wild

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—Todavía crees que puedes con él, ¿verdad? —dijo Rebus.

Cafferty se detuvo sin darse la vuelta y levantó el dedo índice. Rebus sabía qué significaba aquel gesto.

«Todavía puedo librar una batalla…».

No lo dudó ni por un segundo.

Rebus se montó en el Saab y acarició a Brillo antes de arrancar. Vio cómo desaparecía la figura de Cafferty y luego cogió un CD del asiento del acompañante y lo puso en el reproductor. Había llegado por correo a primera hora de la mañana. El disco se titulaba The Affectionate Punch. Fue directo a la canción número siete y escuchó a Billy Mackenzie cantar sobre un niño, un niño asustado, ignorado, abandonado. Padres e hijos, pensó: Malcolm y Mitch Fox, Dennis y Joe Stark, Jordan Foyle y Bryan Holroyd. El teléfono lo avisó de que había recibido un mensaje. Era de Samantha. Había enviado la foto que le pidió, en la que aparecían él y Carrie. La contempló unos instantes y se la mostró a un perplejo Brillo. Luego subió el volumen de la radio, salió de la plaza de aparcamiento dando marcha atrás y volvió a la ciudad.

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RANKIN, Ian. Perros salvajes. RBA, 2016

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Ermita de San Juan de Arriaga

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—¡Joder, Kraken! No te pongas así. Nunca lo había pensado de esa manera.

—Sí, Lutxo. Sí que lo habías pensado, pero eres incapaz de ver más allá de tu maldita mesa de redacción. Hazme llegar esos sobres antes de que hable con el juez y os cierre el puñetero periódico.

Le di la espalda y abandoné el parque junto a la ermita juradera de San Juan de Arriaga donde, siglos atrás, la cofradía de Arriaga se reunía para defender sus intereses. El tiempo no había cambiado demasiado nuestras costumbres: vitorianos luchando contra vitorianos, alaveses matando a alaveses.

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GARCÍA SÁENZ DE URTURI, Eva. El silencio de la ciudad blanca. Planeta, 2016

La imagen, con licencia Creative Commons es de Wikimedia Commons.

 

Bobby Goldsboro – Honey

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Eso era preocupante. De las deudas sabía cómo salir: apretándose el cinturón, acudiendo menos a restaurantes, trasladándose más en trole y funicular que en taxi, negándose a darle aumento salarial al bueno de Suzuki. Las cuentas eran como las latas de refresco: se las podía ir pateando calle abajo por los adoquines, pero una carta del propietario del edificio, en cambio, era un bloque de hormigón. Siempre implicaba algo ineludible y definitivo. Expulsó el último aire tóxico de Santiago que le quedaba en los pulmones, se alzó el cuello de la chaqueta y sintonizó compungido la radio Oasis. Bobby Goldsboro cantaba «Honey».

—¿Y qué dice la carta? —masculló.

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AMPUERO, Roberto. Bahía de los misterios. Plaza y Janés, 2014

Milanesa

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Bebió otro trago y levantó la mirada hacia la ventana; los vidrios empañados apenas dejaban adivinar las siluetas de la gente que se apresuraba, envuelta en bufandas y sobretodos, para buscar un refugio. La llovizna congelada caía despacio, suspendida casi en el aire, descubriendo la cara helada y húmeda de un invierno que ese año se había presentado excesivamente riguroso en Buenos Aires. Eran las doce del mediodía y el bar Mickey de la calle Sarmiento, a pocos metros de Callao, se enturbiaba con el humo de los cigarrillos y las frituras de la cocina. En el sitio no cabía más que un estaño y una docena de mesas, ocupadas por hombres que se refugiaban, sin emoción alguna, de un clima que había decidido castigar al mundo. Algunos comían milanesas que desbordaban el plato, cubiertas por huevos fritos en un aceite de tan dudosa vigencia que ya ni fuerzas tenía para repartir su aroma. El lugar reproducía los mismos sonidos y los mismos gestos de todos los días; voces altas, risas, y un mozo que ordenaba nuevas milanesas mientras el lavaplatos, detrás del mostrador, se esforzaba con el agua y el jabón y lanzaba la loza a una pila que amenazaba con caerse.

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BUFANO, Sergio. Una bala para el comisario Valtierra. RBA, 2012

 

 

 

Iron Maiden – The Trooper

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Por el barrio de Carabanchel circula la leyenda del taxista roquero: se dice (se quiere creer) que existe un taxi en el que suenan a todo volumen las canciones de los Maiden, Megadeth, W.A.S.P., Motorhead y Anthrax: la tapicería es negra y del techo cuelgan murciélagos, esqueletos y Eddies: el taxista es un melenudo (pendientes, cicatrices, tatuajes, patillas) que conduce con chupa de cuero: el volante tiene forma de serpiente, la bola de la caja de cambios es una calavera y el claxon suena como los primeros acordes de «The Trooper».

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LLORENTE, David. Te quiero porque me das de comer. Alrevés, 2014.

Prometeo

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—Puede que tengas razón, Scott, pero podría ser peor, ¿sabes? El inglés del chico es bastante bueno.

—Lo sé. He estado leyendo lo que tuiteó antes del partido de su selección contra Argentina, en el Grupo F.

No estaba de acuerdo con Viktor en creer que eso fuera bueno. A veces, es mejor para el equipo que un jugador con un gran ego apenas sepa comunicarse con los demás. Hasta ese momento había resistido la tentación de hablar del destino del Prometeo mitológico. Castigado por Zeus por el crimen de robar el fuego y entregárselo al ser humano, lo encadenaron a una roca donde, durante el día, un águila le comía el hígado, que se le regeneraba por la noche porque, claro está, Prometeo era inmortal. Un castigo jodido.

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KERR, Philip. La mano de Dios. RBA, 2016

La imagen es de la Wikipedia.

Martha Wainwright – Far Away

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Era la una de la madrugada y Harry estaba en el salón escuchando a Martha Wainwright, que cantaba «Far away», «…whatever remains is yet to be found».

Estaba agotado. Encima de la mesa tenía el teléfono, el mechero y el papel de aluminio con la bola marrón. No la había tocado. Pero tenía que poder dormir, encontrar un ritmo, concederse un descanso. Tenía en la mano la fotografía de Rakel. El vestido azul. Cerró los ojos. Notaba su olor. Oía su voz. «¡Mira!» Rakel le apretó la mano fugazmente. Los rodeaban unas aguas negras y profundas, y Rakel flotaba, blanca, silenciosa, ingrávida sobre la superficie. El viento levantaba el velo de novia dejando al descubierto las plumas blanquísimas que había debajo. El cuello largo y delgado dibujaba una interrogación: ¿dónde? Ella salió de las aguas, un esqueleto negro de hierro, con ruedas que chirriaban quejumbrosas. Luego entró en la casa y se esfumó. Hasta que apareció otra vez en la segunda planta. Llevaba una cuerda al cuello y a su lado iba un hombre vestido con traje negro y una flor blanca en el ojal. Delante de ellos, de espaldas a Harry, había un pastor con la casulla blanca. Leía despacio. Entonces se dio la vuelta. Tenía la cara y las manos blancas. Por la nieve.

   Harry se despertó sobresaltado.

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NESBO, Jo. El leopardo. Barcelona : Random House, 2014