Gladiadores

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-Aún deben de estar combatiendo los gladiadores -dije entornando los ojos para distinguir lo que ocurría en el circo.

-Alexandros tiene muy buena vista -dijo Olimpia-. ¿Qué ves?

-Sí, son gladiadores -dijo protegiéndose los ojos con una mano-. Tiene que haber habido ya varios combates porque veo charcos de sangre en la arena. Ahora hay tres combates a la vez: tres tracios contra tres galos.

-¿Cómo lo sabes? -preguntó Olimpia.

-Por sus armas. Los galos llevan largos escudos combados, espadas cortas, torques en el cuello y cascos con plumas. Los tracios pelean con escudos redondos, dagas largas y curvas, y cascos sin visera.

-Espartaco es tracio -dije- y sin duda Craso los eligió para que la multitud se desahogara con ellos. Si caen, no podrán esperar compasión de los espectadores.

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SAYLOR, Steven: El brazo de la justicia. Barcelona : Círculo de lectores, 1998.

Gladiador ...

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Joàn Abella.

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R.E.M. – Losing My Religion

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Nos quedamos así un buen rato, sin mirarnos en ningún momento a la cara. Pensé sin que ella hubiera dicho u hecho nada, que de su mano parecía brotar una corriente pura de dolor.

—Hay un disco —dijo ella, volviéndose hacia mí sin previo aviso— que escucho a menudo desde hace años. No estoy segura de que sea beneficioso escucharlo. Pero lo hago a pesar de todo.

Yo también me volví.

—¿Qué disco?

Out of time, de los R.E.M. ¿Lo conoces?

Pues claro que lo conozco. ¿Con quién te crees que hablas, monja?

No lo dije así. Me limité a hacer un gesto con la cabeza para decir que sí, lo conozco.

—Hay una canción…

Losing my religión.

Entornó los párpados y después dijo que sí.

—¿Sabes qué significa Losing my religión?

—Al pie de la letra, “perdiendo mi religión”. ¿Significa alguna otra cosa? —pregunté.

Losing my religion es una expresion coloquial. Significa algo así como ya no poder más.

La mire sorprendido. Me habría esperado todo de ella menos algo como aquello. Aún la estaba mirando sin saber qué decir cuando su rostro se acercó más y más hasta que ya no conseguí distinguir los rasgos.

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CAROFIGLIO, Gianrico. Con los ojos cerrados. Ediciones Urano, 2007.

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Arroz con leche

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Sarito insistió tanto y el caldo de papas olía tan bien que Monroy no pudo resistirse a la invitación. Almorzaron los tres, los dos ancianos y él, en el comedor, con profusión de bromas y queso tierno recién traído de Fuerteventura por el hijo de Paco Nieves, que iba allá por negocios dos veces a la semana.

El ex marinero terminaba ahora la segunda taza de arroz con leche, con un aire de fruición que ponía en su semblante la expresión de un niño.

—Ay, cómo me gusta verte comer, querido —dijo Sarito, poniéndole una mano en el hombro—. Si quieres más, hay más, ¿eh?

Monroy la miró con pánico.

—Sarito, me vas a reventar… Si ya estoy embostado.

Paco Nieves rió todo lo estruendosamente que sus pulmones se lo permitieron.

—Pero, mi niño, si no has comido nada… —insistió Sarito—. Ese cuerpo lo tienes que llenar.

—Sarito, te lo juro: no me cabe ya ni una peladilla. Ella enarboló una sonrisa mientras se levantaba.

—Bueno, un cafecito sí —propuso.

—Ah. Eso sí.

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RAVELO, Alexis. Solo los muertos. Las Palmas de Gran Canarias : Anroart, 2008

 

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Clifton Chenier and The Red Hot Louisiana Band – Jolie Blonde

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Invité a Annie a cenar y cocinamos unos bistecs en mi brasero japonés que después nos comimos debajo de la sombrilla, al anochecer. Al oeste, el horizonte estaba encendido por el reflejo de la puesta del sol. Las nubes se tornaron color púrpura y, finalmente, pudimos ver las luces de la ciudad en el cielo oscuro. A la mañana siguiente, hice cien abdominales, levanté unas pesas livianas durante una hora mientras escuchaba una y otra vez la antigua grabación original de La jolie blonde, de Iry LeJeune, preparé una lista de comestibles y, tras ello, le pedí al muchacho que vivía en la playa que prestara atención al teléfono mientras iba al banco y pedía prestados tres mil dólares con mi casa flotante como aval.

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BURKE, James Lee. La lluvia de neón. Barcelona : RBA, 2012

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Efecto del observador

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¿Qué me dice de él? ¿Sabe que ha sido descubierto?

—Rotundamente no, Herr director. Tengo la sensación de que se cree inmune a la detección. Sus actos indican cierta arrogancia. Y mis consolidadores son expertos en vigilancia encubierta. No sabe que lo estamos observando, estoy seguro.

—¿Ha oído hablar del «efecto del observador», Bädorf?

—La verdad es que no, Herr director.

—Es un concepto de la mecánica cuántica, surgido de la observación de las partículas subatómicas: la observación en sí misma modifica el comportamiento de la partícula observada. —El director examinó mucho rato la imagen de la pantalla—. Es fundamental que no sepa que andamos tras él. Y nadie, aparte de los integrantes del equipo de vigilancia, debe estar al corriente del asunto. ¿Se da cuenta, Bädorf, del peligro en el que nos ha puesto este individuo con sus actos? ¿Del peligro en el que ha puesto al proyecto entero?

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RUSSELL, Craig. Miedo a las aguas oscuras. Barcelona : Roca, 2014

Observer

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons, es de hartwig HKD

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Cab Caloway – Everybody That Comes to My Place Has to Eat

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El alquiler que la pobre mujer pagaba por el apartamento de Cerrone servía básicamente para financiar las facturas de lencería de las putas de Cerrone. Bosch sintió rabia, pero tuvo una idea. Los apartamentos Grandview eran el ideal último de California. El edificio, construido junto a unos grandes almacenes, permitía a sus inquilinos acceder directamente al centro comercial desde su apartamento, eliminando de este modo el que hasta este momento es el terreno propicio para toda la cultura e interacción del sur de California: el coche. Bosch aparcó en el garaje del centro comercial y accedió al vestíbulo exterior a través de la entrada trasera. Era todo de mármol italiano, con un gran piano en el centro que tocaba solo. Bosch reconoció la canción. Era un estándar de Cab Calloway: Everybody That Comes to My Place Has to Eat.

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CONNELLY, Michael. La rubia de hormigón. Barcelona: Roca bolsillo, 2011.

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Diez Negritos

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—¿Acaso me has visto leer alguna vez una novela policiaca? Es un género que odio.

—¡Pero sí que leíste…!

—¡Diez negritos! Me iba de viaje a Wyoming y mi padre pensó que era la mejor manera de prepararme para la mentalidad americana. La geografía nunca fue su fuerte.

—Al final —dijo Camille—, se parece algo a mí, que leo poco.

—Yo prefiero el cine… —dijo ella con una sonrisa felina.

—Lo sé —respondió él con una sonrisa filosófica.

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LEMAITRE, Pierre. Irène. Barcelona : Alfaguara, 2015

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