Mai tai

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1 ½ oz de ron blanco

1 oz de ron oscuro

½ oz de jugo limón

1 oz de jugo de toronja

1 oz de triple sec

1 cucharadita de falernum

2 gotas de angostura

Hielo

 Mézclelo en licuadora por medio minuto. Sírvalo en un vaso old fashion adornado con una rebanada de piña y una cereza.

El mai tai es la bebida que volvió famoso al restaurante Trader Vic en Oakland, California. Aunque la fecha de su apogeo es 1944, Don the Beachcomber reclama haberlo inventado en 1933. Las dos recetas son distintas y el sabor cambia. Aun así, el mai tai es otro símbolo de la cultura Tiki. En el Trader Vic se cuenta que cuando su dueño y famoso mixólogo Victor J. Bergeron lo elaboró una tarde para unos amigos de Tahití, uno de ellos al probarlo dijo «Maitai roa!» (¡Muy bueno!). Había nacido un clásico, como el Wooly Bully de Sam the Sham & The parahons.

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HAGHENBECK, F.G. Trago amargo. Roca editorial, 2009

Grace Kelly – Somewhere Over the Rainbow

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De camino al Edificio de Administración de la Policía paró en el Blue Whale para ver quién estaba tocando y quién vendría ese mes, y le sorprendió gratamente ver a Grace Kelly en el escenario con un cuarteto. Grace era una joven saxofonista de sonido poderoso. También cantaba. Bosch llevaba algunos de sus temas en el móvil y en ocasiones pensaba que Kelly estaba canalizando al difunto Frank Morgan, uno de sus saxofonistas favoritos. Pero nunca la había visto tocar en directo, así que pagó la entrada, pidió otra cerveza y se sentó al fondo de la sala, con el maletín en el suelo entre sus pies.

Disfrutó del concierto, sobre todo del juego entre Grace y su sección rítmica. Grace terminó con un solo que se clavó profundamente en el corazón de Bosch. La canción era Somewhere Over the Rainbow, y Grace sacó del saxo un sonido que ninguna voz humana podría igualar. Era quejumbroso y triste, pero venía acompañado de una ola innegable de esperanza subyacente. Hizo que Bosch pensara que todavía tenía alguna oportunidad, que podía todavía encontrar lo que estaba buscando, sin que importara el poco tiempo que le quedara.

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CONNELLY, Michael. La habitación en llamas. Alianza editorial, 2017

 

Ohaguro

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—No lo sabemos con seguridad. Partimos de las marcas que dejó en la víctima, óxido y restos de pintura negra.

—¡Ajá! —exclamó Smith—. Entonces tenemos que irnos a Japón.

—¿Ah, sí? —dijo Bratt acercándose el teléfono a la oreja.

—Tal vez hayas visto a mujeres japonesas con los dientes teñidos de negro. ¿No? Bueno. Pues se trata de una tradición llamada ohaguro. Quiere decir «la oscuridad tras la puesta de sol» y se inició en el periodo Heian, más o menos en el siglo VII después de Cristo. Y… eh… ¿sigo?

La mujer le indicó que sí moviendo la mano.

—Cuentan que en la Edad Media había un guerrero mongol del norte que hacía que sus soldados llevaran dentaduras de hierro pintadas de negro. Los dientes eran sobre todo para dar miedo, pero se podían usar en los combates cuerpo a cuerpo. Si estaban enzarzados de forma que no servían ni armas ni golpes ni patadas, los dientes podían utilizarse para desgarrar la garganta del enemigo.

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NESBO, Jo. La sed. Reservoir books, 2017

La imagen, con licencia Creative Commons, es de Wikimedia Commons.

 

 

Joan Manuel Serrat – No hago otra cosa que pensar en ti

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Abrí los ojos en la oscuridad. Por la herida de la cortina del cuarto sangraba el hilo de luz de una farola en la calle. Una chicharra me anunció que aún faltaban algunas horas para que amaneciera. Lo que no pudo pronosticar, por más que se empecinara, fue el día que estaba por amanecer. Fui incapaz de calcular el tiempo que había pasado desde el tiroteo. ¿De qué me extrañaba? A un cuerpo viejo y magullado, a un estado de ánimo deplorable solía acompañarlos una mente perdida y mustia. Los ojos me pesaban. Volví a cerrarlos como si el gesto pudiese protegerme de algo: del pánico, del Alzheimer, de la muerte.

Descubrí una grieta zigzagueante que cruzaba el techo desde la comisura de la lámpara hasta la ventana y me acordé de Serrat. ¿Cómo se titulaba la canción? Pensando en ti… Solo pienso en ti… No hago otra cosa que pensar en ti. Eso. No hago otra cosa que pensar en ti… Y no se me ocurre nada.

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CORREA, José Luis. El detective nostálgico. Alba, 2017

 

Mayiritsa

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Terminada la llamada, Adrianí vuelve a la cocina para buscar la mayiritsa y Maña la sigue con los huevos pintados y la ensalada. Mi mujer choca su huevo con el mío y me lo rompe, mientras que Uli rompe el de Maña.

—¿Qué esperabas de un alemán? —dice Maña riéndose—. Siempre tiene las de ganar.

—¿Sabéis cuál es la diferencia entre vosotros y nosotros, los alemanes, con respecto a la religión? —me pregunta Uli.

—Vete a saber. ¿Que nosotros somos ortodoxos y vosotros católicos o protestantes?

—Sois ortodoxos, efectivamente, es decir, de Oriente. Nosotros somos occidentales y nos lo tomamos todo muy en serio. En la iglesia tenemos que estar muy serios, con la cabeza inclinada, en silencio. Vosotros, por el contrario, os reís hasta cuando celebráis el entierro de Jesucristo, y también la Resurrección, por supuesto. Esto me gusta mucho. Porque inclinar la cabeza y no hablar en una celebración es de hipócritas. Vosotros, en cambio, disfrutáis de la fiesta sin tapujos.

Adrianí tiene razón, el chico se ha helenizado por completo, pienso mientras observo cómo ataca la mayiritsa.

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MÁRKARIS, Petros. Offshore. Tusquets, 2017

 

Mano Negra – Santa Maradona

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Después de la buena nueva, a Ribeyro poco pareció importarle el retraso. Torca pagó los cafés. Antes de regresar a Huertas, se le ocurrió una idea.

—¿Has oído hablar de la Carpeta Blanca?

Ramón Ribeyro no tenía ni idea.

—Nada, un rumor. Olvídalo.

El teléfono de Ribeyro facilitó la despedida. Al parecer, lo llamaban de la redacción. Como tono de llamada sonó el estribillo de Santa Maradona, de Mano Negra: «Fútbol, fútbol, fútbol». Demasiado ruidoso para Torca.

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PÉREZ, Leandro. Las cuatro torres. Planeta, 2014

El coño de Ibarrola

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—¿Dónde habíais quedado?

—En El coño. Quiero decir, en la escultura esa del agujero de General Loma, junto a la plaza de la Virgen Blanca.

—La mirada, Peio. Se llama La mirada —dije, con una sonrisa.

No había manera de que nadie en Vitoria lo llamase de otra forma. Era un bloque vertical de cinco metros y medio de mármol gris con un agujero desde el que se veía la estatua de la Virgen Blanca, y también mi portal.

GARCÍA SÁENZ DE URTURI, Eva. El silencio de la ciudad blanca. Planeta, 2016

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Vitoria, desde el "Coño"

La imagen, en Flickr y con licencia Creative Commons es de Álvaro Remesal Royo